–Es que no quiero olvidar...
Si se borran tus recuerdos, te quedas sin nada, eres nadie. Sé que no te gusta que le hable mal a mi abuela, pero ya no quiero que nadie más me diga lo bueno que sería que rescatara solo los lindos momentos de los últimos meses, pero que deseche los otros.
–No digo que te olvides de tus amigos... Olvídate de las cosas que no salieron bien, que te hace mal recordarlas a cada momento.
–¡¿Me estás pidiendo que me olvide de las fatalidades que tuvimos que vivir?!
–Diecisiete años son muy pocos para tanto resentimiento. –Salió del canil y puso su mano con olor a perro sobre mi mejilla–. Emita, a veces las cosas no resultan como uno quisiera y es difícil, muy difícil, continuar el camino de la vida. Pero no tenemos alternativa, Dios sabe por qué hace las cosas.
–¡Si escucho de nuevo que Dios sabe por qué hace las cosas, te juro que voy a vomitar! ¡Esto no tiene nada que ver con Dios!
–No digas esas cosas, que Dios te va a castigar...
–¡No quiero escuchar más de Dios! ¿Cómo me va a castigar? ¡Dios no existe, entiéndelo de una buena vez, no existe! –la interrumpí y salí corriendo a encerrarme en el dormitorio para escribirte, porque en ese momento necesitaba poder llamarte y escuchar tu voz, incluso tus regaños por ser tan pesada con la Normi. Mi abuela quedó estupefacta, nunca le había hablado de esa manera.
Ya sé que me dirás: “ella te adora y además es vieja, ubícate”. Creo que tienes razón, así que cuando estaba comenzando a atardecer, me ubiqué.
–Perdóname, Normi –le dije al entrar a la cocina mientras mi abuela escribía en un cuaderno.
–Está bien, pero que no se repita... –Me quedó mirando con sus ojitos vidriados–. Ven –me dijo apuntando con una mano a la silla junto a ella–. Yo te quiero cuidar, te quiero acompañar, quiero estar contigo.
–Lo sé.
–Deja que el campo te apacigüe y que los perros te den su amor... Te hará bien... No sé si escribirles a todas las autoridades sea la solución, pero si lo quieres hacer, yo te respeto... –Me miró con ternura–. Pero por ahora, ¿me puedes ayudar con los rescatados?
¿Recuerdas que la Normi llegó con seis perros a instalarse en la parcela? Ocurrió cuando todos los viejitos que vivían cerca de la Plaza Egaña, en el pasaje con ínfulas de condominio, vendieron sus casas a una inmobiliaria que tenía un proyecto de edificios y locales comerciales. Hasta tu abuelita terminó entusiasmada contando billetes, y a ti y a tu mamá no les quedó más alternativa que mudarse a un departamento, cosa impensada en otros tiempos. Ahora, cuando paso por la esquina de Américo Vespucio con Irarrázaval, me da pena ver las grúas de la construcción de esa enorme mole que está ocupando los mismos espacios por donde antes andábamos en bicicleta. Y que destruirá la pieza de servicio, al fondo del patio de mi abuela, donde planeábamos cómo salir de más de un lío en los que nos habíamos metido. Los perros, acostumbrados a vivir en espacios reducidos, casi enloquecieron al tener a su disposición tanto terreno y una infinidad de árboles y recovecos para ocultarse de mi abuela. Mi pobre abuela en un principio se desesperaba cada vez que al pasar lista le faltaba uno de sus regalones.
Ahora ya tiene veintitrés perros, aunque mamá y mi tía Paula juran que son solo diez porque, cada vez que ellas vienen, la Normi esconde el resto de la manada en un sector que tiene cercado al fondo de la parcela y que parece ser parte del terreno del vecino. A pesar de la reducción del número de canes que simula tener mi abuela, mi mamá y mi tía siguen opinando que está un poco loca por su estilo de vida ermitaño y la causa animalista.
–¿Me vas a ayudar? –insistió.
–Obvio que sí –le dije, casi en el instante en que comenzamos a escuchar unos gemidos.
Al mirar por la ventana hacia el patio, nos dimos cuenta de que todos los perros corrían hacia el canil, rodeándolo con nerviosismo, mientras las ráfagas de viento que se habían levantado sacudían con fuerza las copas de los árboles. El tan apreciado silencio campestre se convirtió de pronto en un alboroto de aullidos, acompañados por el repicar de las campanas de viento que tú le regalaste y que la Normi colgó en los aleros de la casa.
–¡Apúrate, ponte el traje de agua, que se va a largar a llover! –Mi abuela sacó del baúl ubicado en la puerta de salida de la cocina las botas de agua y dos trajes de hule amarillo.
Estoy acostumbrada a disfrutar, sola o con mis amigos, de los cielos estrellados y las brisas cálidas del verano. Sin embargo, jamás había visto el cielo tan negro y las nubes tan bajas, tanto que parecía que flotábamos en medio de ellas mientras caminábamos rumbo al canil, iluminando el sendero con las linternas.
–¡Apúrate! –el grito de mi abuela fue acallado por el bramido del viento.
Los focos exteriores de la casa apenas alcanzaban a iluminar el canil en donde Mamita, inquieta y gimiendo, caminaba semiagachada de un lugar a otro, como buscando donde escarbar. El destello de un relámpago iluminó el cerro y al cabo de pocos segundos el estruendo ensordecedor de un trueno espantó a los perros que, sin importar su tamaño o lo feroces que parecieran, corrieron a refugiarse lejos de nosotras.
Primero fue una gota, luego otra y otra, y de la nada el cielo se nos quería caer encima. El terreno se tornó resbaladizo y más de una vez aterricé sobre las piedras y el barro. Te hubieras reído mucho de mi facha completamente mojada y salpicada de lodo.
–¡No puede parir! –advirtió la Normi, mientras, agachada junto a la perra, le tocaba el vientre, la cabeza y las patitas. Podía ver la desesperación en su cara–. Vamos, Ema, tenemos que llevarla a la casa.
Varias veces caímos al suelo fangoso antes de conseguir llevar a Mamita hasta la cocina. La ubicamos sobre una manta junto a la estufa de parafina, de esas que funcionan con electricidad y que tú nos aconsejaste reemplazar por una a leña, porque de seguro se cortaría la luz cuando más se la necesitara. Pues bien, Milo, debo decirte que tuviste razón.
–¡¿Qué hacemos?!
La perra nos miraba con semblante de pena, y yo comenzaba a desesperarme.
–¡No sé! Supongo que tendría que llamar a un veterinario. –Mi abuela caminaba de un lado a otro con el teléfono celular en la mano, marcando números que nadie contestaba.
–¡Pero, Normi! No se puede pretender tener un refugio de perros, sin saber qué hacer en estos casos –le reclamé.
–¡Te estás pareciendo cada día más a tu madre! ¿Acaso querías que dejáramos morir a la pobre Mamita en la calle? –me regañó mientras seguía llamando sin resultados.
De pronto, la perra pareció concentrarse y, como por milagro, poco a poco comenzó a emerger un perrito envuelto en una membrana gelatinosa.
–¡Nació uno, Normi, nació el primero! –grité con una felicidad que hacía mucho tiempo no sentía.
Al primer cachorrito decidimos llamarlo Apagón, porque apenas se asomó al mundo la luz eléctrica nos abandonó y tuvimos que continuar iluminando el parto con linternas. Fueron nueve los perritos que uno a uno llegaron a engrosar la lista de refugiados. Mi abuela, siempre tan diligente, tomó su cuaderno para ir anotando la fecha y hora del nacimiento, el sexo y el nombre de cada miembro de tan destacada camada.
–No se te ocurra contarle a tu tía Paula ni a tu mamá que ahora tengo treinta y dos perritos, porque si se enteran me internarán por loca –me dijo con la seriedad de una orden militar, aunque no era necesario que lo hiciera, pues me he dado cuenta de que los adultos comienzan a tratar a sus padres ya viejos como si fuesen niños que no saben lo que hacen.
–Tranquila, Normi, será un secreto de las dos –le respondí, mirando embobada cómo los cachorritos buscaban y se aferraban a las tetillas de su madre.
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