Gerardo López Laguna - Los libertadores
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-Sire, hemos registrado este poblacho y no hemos encontrado a nadie. Sólo algunos perros.
El Sire miró a Abdelá de arriba abajo sin disimular su desprecio. Se quedó observando un momento el atuendo del viejo y luego fijó los ojos en el Corán. Al Sire le vino a la mente la escena vivida unas horas antes cuando sus hombres le trajeron a Bo: cómo, al levantarle la cabeza con su arma por debajo de la barbilla, le vio la cruz que el chico tenía colgada del cuello. Le vino esto a la cabeza, rememoró en un segundo el desprecio que había sentido por aquel muchacho y que ahora volvía a sentir ante Abdelá. Como si contestara al soldado que le acababa de dar el parte del registro, el Sire dijo en voz alta:
-... Sí, perros. Perros cristianos, perros musulmanes... no sé qué es peor.
Abdelá había permanecido en silencio ante la presencia del Sire. Sus labios no se movían ya mientras sostenía, sin altivez, la mirada del mercenario. Pero ahora habló:
-Alá nunca se equivoca. Alá no se ha equivocado al crearte. Pero lo hizo para que le sirvieras y para que fueras compasivo y misericordioso como Él es. Alá está mirando ahora mismo tu corazón porque Él lo ve todo. Y tú todavía puedes arrepentirte y pedirle perdón...
El Sire escuchaba. Parecía interesarle pero en realidad le divertían de alguna manera las palabras del viejo que tenía ante sí y que no daba muestras de temor. Al instante intervino Braco:
-Sire, sólo tenemos a esos dos chicos. Parecen fuertes. Este viejo... mírale, no aguantaría un día en las minas o en las fundiciones. Este no duraría más que unas horas en los arrozales. Ni siquiera lo querrían para los campos de bio-combustible...
Abdelá comprendió lo que quería decir ese hombre y dirigiéndose a ellos les dijo:
-Alá es el dueño de mi vida... y también es dueño de la vuestra.
Estas palabras enfurecieron al Sire pero no dejó que su ira emergiera. Con el rostro impávido, petrificado en la mirada de desprecio que había dirigido a Abdelá, se giró mientras decía a Braco con serenidad en el habla:
-Mátale.
Luego dio unos pasos y dijo a los soldados que iban a pie:
-Vosotros, quemad todo esto.
Y con una mano señalaba sin mirar a las casas de la aldea. Braco no se descolgó el arma que llevaba a la espalda sino que desenfundó una pistola situada en su cintura, en una cartuchera lateral, y sin mediar palabra le dio un tiro en el pecho a Abdelá. El viejo jefe del Aduar cayó hacia atrás, pero los que estaban cerca todavía pudieron oír las palabras que a duras penas salían de su boca:
-...Que Alá os perdone...
Murió de inmediato. Sus nietos Abú y Hafed, atados y custodiados muy cerca, habían escuchado todo lo que su abuelo había dicho. En sus corazones había en ese momento una mezcla de sentimientos que luchaban entre sí para ver quien era el que prevalecía: por un lado el miedo, miedo por todo lo que estaba ocurriendo y miedo por lo que sería de ellos; por otro el dolor... Habían visto morir asesinadas a varias personas de su aldea y, sobre todo, a su querido y respetado abuelo. Por último, un sentimiento poderoso que les ayudaría posteriormente: admiración por Abdelá, una profunda admiración por su abuelo, por lo que había dicho, por su fe, por su forma de morir... y también admiración por la misericordia que había mostrado con los asesinos al decirles que podían pedir perdón a Alá.
Los dos chicos estaban ensimismados en ese caos de sensaciones que batallaba en su interior. Observaban con sufrimiento en la mirada el cadáver de su abuelo cuando de improviso recibieron sendos empujones. Eran dos soldados que les ponían en marcha mientras varios de sus compañeros se dirigían a las casas con intención destructora. El Sire, Braco y los otros jinetes enfilaban el camino por el que habían llegado a la aldea, les seguían andando varios soldados y, entre ellos, Abú y Hafed con las manos atadas a la espalda.
Al pie de la colina, al lado del trigal esperaban los otros. Los soldados se habían ido acomodando en el suelo con la precaución de que varios de ellos no dieran la espalda a los alrededores del lugar en que el camión aguardaba para ir llenando la jaula de piezas humanas. Algunos de los mercenarios mascaban algo que habían sacado de sus bolsillos, otros se aburrían volviendo la cabeza aquí o allá. Algún otro jugueteaba con su arma. Uno de los que portaba arco y flechas se afanaba en tensar el cable de su arco. Todos parecían hastiados... de la vida.
En el camión el silencio seguía siendo absoluto. La mayoría de los prisioneros tenía la cabeza gacha, entre las rodillas o apoyada en ellas. Sólo un soldado permanecía en pie; era el joven díscolo y apaleado. Habiendo visto actuar otras veces al Sire, sospechaba que su acción iba a tener más consecuencias, pero ahora no pensaba en eso. Estaba apoyado en la jaula de las piezas humanas, con los brazos y la frente pegados al metal y observando el interior. Sus ojos estaban clavados en Bo. Éste, con la cabeza hacia abajo, había notado esa mirada persistente. De cuando en cuando levantaba la cabeza y cruzaba fugazmente sus ojos con los del soldado para de inmediato volver la vista hacia el suelo de la jaula. Bo no sabía porqué, pero la actitud del soldado no le intranquilizaba...
Cuando todos oyeron los disparos que sonaban desde más allá, desde el lugar al que se había dirigido el Sire con parte de los hombres, los prisioneros alzaron sus cabezas unos momentos con ansiedad y temor. Más tarde oyeron algunos disparos sueltos y distanciados y, cada vez, en la jaula se producía el mismo movimiento inquieto. Los soldados, sin embargo, no prestaban atención, salvo el joven soldado, que volvió su rostro un momento hacia el camino de la colina. Luego siguió mirando a Bo y cuando se oyeron los últimos disparos no se movió siquiera.
Después de un rato en que no se volvieron a oír signos de actividad armada y en que sólo se podían escuchar los sonidos que produce la naturaleza, otra cosa llamó la atención de todos, aunque sólo unos segundos: más allá de la colina, por el horizonte de ésta, veían subir al cielo varias columnas de humo. El Aduar Al-Tahat estaba ardiendo; todas las casas, los carros, los corrales... algunas dependencias de las que los soldados no tenían interés en saber qué eran o a qué se destinaban, entre ellas la pequeña mezquita... todo estaba ardiendo. Sólo se salvaron un par de ovejas que los mercenarios habían sacado de un corral y que ahora llevaban por el camino atadas por el cuello. Cuando llegaran al lugar en que esperaba el camión y los carros, se dirigirían a los responsables de estas carretas de provisiones para que cargaran allí los dos trofeos destinados a alegrar alguna de las comidas de los mercenarios. El Sire, en circunstancias como aquellas en las que estaba costando lo suyo llenar la jaula de prisioneros, no les permitía grandes saqueos porque eso entorpecería su marcha. Así pues se conformaron con llevar sólo a esas dos ovejas... y, como otras veces, hicieron alarde de su crueldad incendiando los corrales sin liberar antes a los animales que moraban en ellos...
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