Javier Alonso López - La resurrección

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¿Qué creencias había sobre el más allá en tiempos de Jesús? ¿Dónde fue enterrado? ¿Cómo era su tumba? ¿Hubo testigos del entierro? ¿Robaron el cuerpo los discípulos de Jesús? ¿O lo hicieron desaparecer sus enemigos del Sanedrín? ¿Pudo haber sido bajado de la cruz todavía vivo? ¿Qué papel tuvieron las mujeres en los acontecimientos del Domingo de Resurrección? Entre la muerte de Jesús de Nazaret y el primer testimonio escrito sobre su resurrección transcurren apenas veinte años, pero también uno de los procesos más sorprendentes de toda la historia de la humanidad: el nacimiento de la creencia en que un hombre muerto en la cruz había resucitado.Ante la imposibilidad científica de que un cuerpo muerto resucite, este libro descifra la maraña de informaciones dispersas como si se tratara de un caso reciente. Aquí se repasarán las principales teorías existentes y se ofrecerá una convincente visión de conjunto que explica el pilar básico y fundamental del cristianismo, porque, como afirma Pablo de Tarso, «Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe».

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¿Se puede escapar del šeol? Casos de resurrección y asunción

Parece evidente por la afirmación del profeta Job («quien baja al šeol no sube. No volverá más a su casa, ni le verá de nuevo su lugar»), que no hay posibilidad de eludir el destino que aguarda a todos los seres humanos.

Sin embargo, la tradición judía nos informa de varios casos de personas que escaparon del šeol y de dos modos diferentes: auténtica resurrección o por asunción gracias a la intervención divina.

Por algunas fuentes judías de época más reciente, sabemos que, desde muy antiguo, existía una creencia según la cual el alma del difunto mostraba cierta querencia a permanecer en el mundo y tardaba tres días en llegar al šeol. De ese modo, existía la posibilidad de evitar su paso definitivo a esa nueva dimensión. Visto así, resucitar a un muerto era el último recurso de un sanador. En el libro de los Reyes del Antiguo Testamento tenemos dos ejemplos de resurrección de este tipo.

El primero tiene como protagonista al profeta Elías. Estaba el hombre santo en Sarepta, ciudad fenicia cercana a Sidón, en el actual Líbano, alojado en casa de una viuda, cuando el hijo de la mujer enfermó gravemente y murió. La viuda, sospechando que había alguna relación entre la visita del extranjero y el fallecimiento de su hijo, acusó a Elías de ser el responsable de su pérdida:

¿Qué hay entre tú y yo, hombre de Dios? ¿Has venido a mi casa a recordar mi culpa y matarme a mi hijo? Elías respondió: ¡Dame a tu hijo! Y, tomándolo de su regazo, se lo llevó a la habitación de arriba, donde él dormía, y lo acostó en la cama. Después clamó a Yahvé: «¡Yahvé, Dios mío, ¿también a esta viuda que me hospeda en su casa la vas a castigar haciéndole morir al hijo?!» Luego se tumbó tres veces sobre el niño, suplicando a Yahvé: «¡Yahvé, Dios mío, que vuelva el alma de este niño a su interior!» Yahvé escuchó la súplica de Elías, volvió el alma al interior del niño y revivió. (1 Reyes 17, 18-22)

El segundo ejemplo de resurrección también tiene como protagonistas a un niño y a un profeta, en este caso Eliseo, discípulo de Elías. La estructura es similar. El profeta había sido recibido en su casa por una mujer, ahora una sunamita, habitante de Sunem, un pueblo entre Samaria y el monte Carmelo. Las visitas se hicieron tan frecuentes que la sunamita y su marido acabaron por prepararle una habitación al profeta para que se quedase siempre que pasase por allí. Agradecido, Eliseo les prometió que tendrían por fin la descendencia que se les estaba negando. Efectivamente, la mujer acabó dando a luz a un niño. Tiempo después, el niño enfermó y acabó muriendo. La sunamita pidió ayuda a Eliseo, que acudió a la casa donde aún yacía el cadáver del crío:

Eliseo entró en la casa y encontró al niño muerto tumbado en su cama. Entró, cerró la puerta y oró a Yahvé. Luego, se subió a la cama y se echó sobre el niño, poniendo su boca sobre la boca de él, sus ojos con los suyos, sus manos con las suyas; y permaneció inclinado sobre él, de modo que el cuerpo del niño fue entrando en calor. Después se retiró y paseó por la habitación, de acá para allá; subió de nuevo a la cama y se inclinó sobre el niño; el niño estornudó hasta siete veces y abrió los ojos. Eliseo llamó a Guejazí, y le dijo: «Llama a nuestra sunamita». La llamó, y ella vino, y Eliseo le dijo: «Toma a tu hijo». (2 Reyes 4, 32-36)

Las dos resurrecciones siguen un patrón similar: el profeta se pone en contacto con el cuerpo del niño muerto; en realidad, parece identificarse con él al colocarse encima, imitar su postura y poner ojos con ojos, manos con manos, boca con boca. De este modo, en los primeros momentos después de la muerte, los dos niños consiguen librarse, al menos de momento, de su destino en el šeol.

Hay otro caso más de resurrección en el que también está involucrado el profeta Eliseo, aunque ocurrió después de su muerte. Unos hombres arrojaron un cadáver dentro de la tumba de Eliseo, y en cuanto el cadáver entró en contacto con los huesos del profeta, resucitó. La noticia la ofrecen dos fuentes, el segundo libro de los Reyes e igualmente, con variantes menores, el historiador Flavio Josefo, en sus Antigüedades de los judíos.

La segunda forma de escapar de la muerte consiste en que un ser humano concreto sea elevado o transportado por Dios a un plano superior en el que quedará a salvo del destino común a toda la humanidad.

En la Biblia hebrea, identificada básicamente con el Antiguo Testamento cristiano, hay dos ejemplos de asunciones. El primero es el del patriarca Enoc, padre del campeón de longevidad Matusalén. El texto del libro del Génesis dice sencillamente que «Enoc caminó en compañía de Elohim; luego desapareció, porque Elohim lo tomó consigo». Siguiendo la idea de que la muerte era un castigo como consecuencia de los pecados, resulta lógico que la interpretación de este pasaje en otros libros judíos fuese que Enoc mereció ese destino por su comportamiento excepcionalmente justo. El libro del Eclesiástico dice que «Enoc agradó al Señor y fue trasladado, ejemplo de conversión para las generaciones», y el de la Sabiduría confirma la idea: «Por ser agradable a Dios fue amado, viviendo entre pecadores fue trasladado». Queda abierta la cuestión de cuál fue el destino de Enoc. Dentro de la literatura apócrifa[3], el libro de los Jubileos aseguraba que había sido llevado al Jardín del Edén, el Libro Primero de Enoc lo situaba en «un lugar muy lejano» y el Targum Pseudo-Jonatán lo hacía elevarse hasta el firmamento.

Hay un segundo caso de elevación más conocido, el del profeta Elías, que, según el segundo libro de los Reyes, fue arrebatado por un carro de fuego. No hay textos que declaren explícitamente que Elías contaba con un favor tan especial por parte de Dios como para hacerle merecedor de un honor reservado anteriormente solo a Enoc. De todas formas, sus hechos hablan por él, y fue considerado en su tiempo, y también por la posteridad, como uno de los mayores profetas, especialmente por el celo con el que defendió a Yahvé.

No especula la tradición judía sobre el lugar al que fue a parar Elías, sino que le concede un papel protagonista en las creencias referentes al fin del mundo. Algunos pasajes de las Escrituras parecían sugerir la llegada de un profeta que anunciaría el advenimiento de los últimos tiempos, y que inauguraría una nueva época, mesiánica, en la que Israel derrotaría a las naciones de los impíos. Este profeta sería, además, precursor del Mesías, reuniría al pueblo disperso y anunciaría los hechos que ocurrirían cuando llegara el fin del mundo. Dadas estas creencias, y el hecho de que Elías hubiese sido arrebatado por Dios, se fue conformando la idea de que este profeta sería precisamente Elías, tal como acaba afirmando explícitamente el profeta Malaquías: «He aquí que yo os enviaré al profeta Elías antes de que llegue el Día de Yahvé grande y terrible».

Esta convicción perduró durante siglos, y así, en tiempos de Jesús, los evangelistas nos presentan varios episodios en este sentido. En algunos se identifica a Elías tanto con Juan el Bautista como con el propio Jesús. Pero sin duda el pasaje más interesante en este sentido es la Transfiguración, en donde, a ambos lados de Jesús, se aparecen Moisés y, por supuesto, Elías, como señal de que el fin de los tiempos está cerca[4].

Aunque en el cristianismo actual ha perdido fuerza la figura y el simbolismo de Elías, en el judaísmo pervive como un recordatorio constante de que, en cualquier momento, puede producirse la llegada del esperado Mesías y el comienzo del fin del mundo. Así, en cualquier cena de Pascua judía que se precie se dejará una silla vacía en honor del profeta, y lo mismo ocurre en las ceremonias de circuncisión. La creencia popular dice que, desde esta silla de Elías, el profeta contempla cómo el pueblo judío continúa cumpliendo los mandamientos de la Ley de Dios.

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