Javier Alonso López - La resurrección

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¿Qué creencias había sobre el más allá en tiempos de Jesús? ¿Dónde fue enterrado? ¿Cómo era su tumba? ¿Hubo testigos del entierro? ¿Robaron el cuerpo los discípulos de Jesús? ¿O lo hicieron desaparecer sus enemigos del Sanedrín? ¿Pudo haber sido bajado de la cruz todavía vivo? ¿Qué papel tuvieron las mujeres en los acontecimientos del Domingo de Resurrección? Entre la muerte de Jesús de Nazaret y el primer testimonio escrito sobre su resurrección transcurren apenas veinte años, pero también uno de los procesos más sorprendentes de toda la historia de la humanidad: el nacimiento de la creencia en que un hombre muerto en la cruz había resucitado.Ante la imposibilidad científica de que un cuerpo muerto resucite, este libro descifra la maraña de informaciones dispersas como si se tratara de un caso reciente. Aquí se repasarán las principales teorías existentes y se ofrecerá una convincente visión de conjunto que explica el pilar básico y fundamental del cristianismo, porque, como afirma Pablo de Tarso, «Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe».

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Si hay castigo, hay un juicio, y unas reglas que respetar

Efectivamente, desde los primeros capítulos del Génesis encontramos la idea de un juicio divino, que consiste en la decisión final de Dios, como juez del mundo, respecto al destino de los hombres y las naciones de acuerdo a sus méritos y deméritos. La justicia y la rectitud son ideas centrales en el judaísmo y también atributos fundamentales de Dios. El redactor de Génesis pone en boca del propio Yahvé estas palabras respecto a la rectitud del primer judío, Abraham:

Porque yo le conozco y sé que mandará a sus hijos y a su descendencia que guarden el camino de Yahvé, practicando la justicia y el derecho, de modo que pueda concederle Yahvé a Abraham lo que le tiene apalabrado. (Génesis 18, 19)

Es decir, si el judío practica la justicia y el derecho, Yahvé le premiará, de donde se infiere que, al contrario, cualquier acción malvada recibirá su castigo correspondiente. Aparece, por tanto, el concepto de retribución divina, según el cual todo lo bueno o malo que le sucede al hombre es el resultado de un juicio divino conforme a sus acciones. Hay que llamar la atención aquí en el hecho de que este premio o castigo se recibe en la propia vida terrena, sin aplazarse su ejecución a una vida futura en la que, en este momento, no se creía. Apenas unos versículos más tarde, es Abraham quien expresa esta convicción al referirse al destino de los habitantes de Sodoma y Gomorra. Hay una justicia de Dios y hay una fe del creyente en esa justicia:

Tú no puedes hacer tal cosa: dejar morir al justo con el malvado, y que corran parejos el uno con el otro. Tú no puedes. El juez de toda la tierra ¿va a fallar una injusticia? (Génesis 18, 25)

Sin duda, el ejemplo más conocido de juicio divino es el Diluvio. Yahvé decide exterminar a la humanidad porque su conducta no es adecuada.

Viendo Yahvé que la maldad del hombre cundía en la tierra, y que todos los pensamientos que ideaba su corazón eran puro mal de continuo, le pesó a Yahvé haber hecho al hombre en la tierra, y se indignó en su corazón. Y dijo Yahvé: «Voy a exterminar de sobre la haz del suelo al hombre que he creado, desde el hombre hasta los ganados, las sierpes, y hasta las aves del cielo porque me pesa haberlos hecho». (Génesis 6, 5-7)

Lo curioso del episodio del Diluvio es que en este momento, desde la cronología interna del texto bíblico, los hombres todavía no contaban con una ley que sirviese como guía y vara de medir de su rectitud o impiedad. De hecho, fue justo después del Diluvio cuando Yahvé dictó sus primeras normas a los hombres. Pero, igual que Adán y Eva habían desobedecido un mandato concreto, también era evidente que la humanidad no había seguido los designios de la divinidad.

En cualquier caso, incluso antes de las promulgaciones de la primera ley tras el Diluvio y de la ley suprema del Sinaí en tiempos de Moisés, lo que se percibe en los textos judíos es que Dios juzga al ser humano por su rectitud o pecado, y le premia o castiga en consecuencia. ¿Cómo lo hace? En el caso de los justos, su premio será una vida larga, como ocurre en el caso de los personajes anteriores al Diluvio, con el récord absoluto en poder de Matusalén, con 969 años de vida. Para los pecadores, la pena consistía en la reducción drástica (e inmediata) de sus días de vida.

En resumen, la muerte es la herramienta suprema con la que cuenta Dios para juzgar a la humanidad de acuerdo con la ecuación buen comportamiento = vida larga; mal comportamiento = vida breve. Podemos encontrar esta fórmula verbalizada en el libro del Deuteronomio:

Si escuchas la ley de Yahvé, tu Dios, lo que hoy te ordeno, amando a Yahvé, Dios tuyo, caminando por sus vías, guardando sus preceptos, leyes y decretos, vivirás y te multiplicarás […]. Pero si tu corazón se vuelve y no escucha y te dejas seducir […] os declaro que pereceréis sin remisión, no prologaréis vuestros días […]. Pongo hoy por testigos contra vosotros el cielo y la tierra; os he expuesto la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida. (Deuteronomio 30, 16-20)

¿Qué ocurre cuando muere un ser humano?

La siguiente pregunta que nos planteamos es: para los judíos de la época del Primer Templo, ¿qué ocurría con los muertos? ¿Adónde iban? ¿Había un lugar o varios diferentes según la condición del muerto?

Evidentemente, tarde o temprano todos los seres humanos pasaban por el trance de la muerte y, tal como Dios le había anunciado a Adán, regresaban al polvo:

No existe ventaja del hombre sobre la bestia, pues todo es vanidad. Todo camina a un mismo paradero. Todo procede del polvo y todo retorna al polvo. (Eclesiastés 3, 19-20)

El destino que esperaba a todos los humanos tras su muerte era el šeol, una morada subterránea similar al Hades de la religión griega, donde moraban los difuntos, sin separación de cuerpo y alma, y sin distinción entre pecadores y bienhechores. Era, sencillamente, el estado siguiente a la vida y, a juzgar, por ejemplo, por las expresiones lastimeras de Jacob:

Todos sus hijos y todas sus hijas se aprestaron a consolarle, pero él rehusó consolarse y dijo: ¡Bajaré a donde mi hijo en duelo, al šeol! (Génesis 37, 35)

los judíos tenían de este lugar un concepto tan negativo como los griegos.

¡Hijo mío! ¿Cómo has bajado en vida a esta oscuridad tenebrosa? Difícil es que los vivientes puedan contemplar estos lugares, separados como están por grandes ríos, por impetuosas corrientes y, principalmente, por el Océano, que no se puede atravesar a pie sino en una nave bien construida. […]

¡Ay de mí, hijo mío, el más desgraciado de todos los hombres! No te engaña Perséfone, hija de Zeus, sino que esta es la condición de los mortales cuando fallecen: los nervios ya no mantienen unidos la carne y los huesos, pues los consume la viva fuerza de las ardientes llamas tan pronto como la vida desampara la blanca osamenta, y el alma se va volando como un sueño. (Odisea XI)

Aunque perteneciente a un período posterior de la historia de Israel, el libro de Job (ca. 400 a. C.) nos ofrece esta misma idea sobre el destino que esperaba a todos después de la muerte:

Mi carne se ha revestido de gusanos y costras terrosas, mi piel se ha agrietado y supura. Mis días han transcurrido más raudos que lanzadera y han cesado por falta de hilo. ¡Acuérdate de que mi vida es viento, mi ojo no tornará a ver la dicha! ¡No me divisará más el ojo del que me veía, tus ojos [se fijarán] en mí y ya no existiré! Una nube se disipa y se va, así quien baja al šeol no sube. No volverá más a su casa, ni le verá de nuevo su lugar. (Job 7, 5-10)

Para Job, el šeol era un lugar del que no se regresaba, lugar tenebroso («antes de que me vaya, para no volver, a la tierra de tinieblas y sombra, tierra de negrura como oscuridad, sombra y desórdenes, y donde la claridad misma es cual la oscuridad», señala Job más adelante), un lugar que se encontraba en un plano inferior («más profundo que el šeol»). Queda claro, en cualquier caso, que, en este momento de la historia del pensamiento judío, no existía una creencia en la resurrección de los muertos ni en un destino diferente para los justos y los malvados.

Así pues, ya que el šeol no hacía diferencias entre justos e impíos, lo que debía hacer un ser humano era vivir una vida acorde con los mandamientos divinos para que, de ese modo, Dios le premiase con una vida larga y próspera.

Ve, come con alegría tu pan y bebe con buen ánimo tu vino porque hace tiempo se complace Dios en tus obras. Que siempre sean blancos tus vestidos y el aceite no falte sobre tu cabeza. Goza de la vida con la mujer que amas todos los días de tu vana vida que Dios te ha concedido bajo el sol, todos tus días de vanidad, pues es tu porción en la vida y en el trabajo en que te esfuerzas bajo el sol. Todo lo que encuentres a mano, hazlo según tus fuerzas, porque no hay obra, ni razón, ni ciencia, ni sabiduría, en el šeol, adonde te encaminas. (Eclesiastés 9, 7-10)

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