Javier Alonso López - La resurrección

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¿Qué creencias había sobre el más allá en tiempos de Jesús? ¿Dónde fue enterrado? ¿Cómo era su tumba? ¿Hubo testigos del entierro? ¿Robaron el cuerpo los discípulos de Jesús? ¿O lo hicieron desaparecer sus enemigos del Sanedrín? ¿Pudo haber sido bajado de la cruz todavía vivo? ¿Qué papel tuvieron las mujeres en los acontecimientos del Domingo de Resurrección? Entre la muerte de Jesús de Nazaret y el primer testimonio escrito sobre su resurrección transcurren apenas veinte años, pero también uno de los procesos más sorprendentes de toda la historia de la humanidad: el nacimiento de la creencia en que un hombre muerto en la cruz había resucitado.Ante la imposibilidad científica de que un cuerpo muerto resucite, este libro descifra la maraña de informaciones dispersas como si se tratara de un caso reciente. Aquí se repasarán las principales teorías existentes y se ofrecerá una convincente visión de conjunto que explica el pilar básico y fundamental del cristianismo, porque, como afirma Pablo de Tarso, «Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe».

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En resumen, aunque la creencia general dentro del judaísmo anterior al destierro en Babilonia era que la muerte era el final de un proceso y que todas las almas acababan en el olvido eterno del šeol, se conocen varios casos en los que la muerte es superada de una forma u otra. Son unas pocas excepciones, pero abren una rendija a la esperanza por la que se abrirán paso nuevas ideas en los siglos posteriores.

La vida de ultratumba y la resurrección en el judaísmo entre la vuelta del destierro y la época de surgimiento del cristianismo (586 a. C.-siglo i d. C.)

En 586 a. C., Nabucodonosor II conquistó el reino de Judá, su capital Jerusalén, y destruyó el Templo de Yahvé. La pesadilla culminó con la deportación y exilio en Babilonia de gran parte de la élite judía del país, para evitar que liderase una posible revuelta contra los conquistadores.

Tras varios siglos de independencia, aunque fuese a la sombra de las grandes potencias regionales, los judíos sufrieron como un trauma la pérdida de su reino y su Templo de Yahvé. Indudablemente, algo habían hecho mal para que su dios nacional hubiera permitido aquel desastre. Se forjó la creencia de que el destierro era una prueba que Yahvé ponía a su pueblo. Si los judíos permanecían fieles a Yahvé en esas circunstancias tan adversas, este obraría el milagro, un mesías anunciaría el fin de la opresión extranjera y el comienzo de los últimos días en los que el pueblo judío recuperaría su independencia. De hecho, la caída de Babilonia ante los persas y el Edicto del rey persa Ciro en 538 a. C. que permitía a los judíos regresar a su hogar nacional y reconstruir su templo, aunque fuese bajo tutela persa, se interpretó según este esquema, y hubo quien incluso vio en Ciro al esperado mesías.

Así afirma Yahvé a su ungido Ciro, a quien he cogido por su diestra para sojuzgar delante de él a las naciones y desceñir los lomos de los reyes: «Yo avanzaré delante de ti y allanaré las montañas, quebraré los batientes de bronce y destrozaré férreos cerrojos». (Isaías 45, 1-2)

Como complemento a esta visión, se conformó la imagen de la «muerte» de Israel y sus huesos machacados por los babilonios. Sin embargo, Yahvé devolvería la vida a esos huesos secos, es decir, «resucitaría» al pueblo de Israel. El profeta Ezequiel es el encargado de expresarlo en un texto un poco largo, pero fundamental para la formación de la creencia en la resurrección corporal:

La mano de Yahvé vino sobre mí, y me llevó en el Espíritu de Yahvé, y me puso en medio de un valle que estaba lleno de huesos. Y me hizo pasar cerca de ellos por todo en derredor; y he aquí que eran muchísimos sobre la faz del campo, y por cierto secos en gran manera. Y me dijo: Hijo de hombre, ¿vivirán estos huesos? Y dije: Señor Yahvé, tú lo sabes. Me dijo entonces: Profetiza sobre estos huesos, y diles: Huesos secos, oíd palabra de Yahvé. Así ha dicho Yahvé el Señor a estos huesos: He aquí, yo hago entrar espíritu en vosotros, y viviréis. Y pondré tendones sobre vosotros, y haré subir sobre vosotros carne, y os cubriré de piel, y pondré en vosotros espíritu, y viviréis; y sabréis que yo soy Yahvé. Profeticé, pues, como me fue mandado; y hubo un ruido mientras yo profetizaba, y he aquí un temblor; y los huesos se juntaron cada hueso con su hueso. Y miré, y he aquí tendones sobre ellos, y la carne subió, y la piel cubrió por encima de ellos; pero no había en ellos espíritu. Y me dijo: Profetiza al espíritu, profetiza, hijo de hombre, y di al espíritu: Así ha dicho Yahvé el Señor: Espíritu, ven de los cuatro vientos, y sopla sobre estos muertos, y vivirán. Y profeticé como me había mandado, y entró espíritu en ellos, y vivieron, y estuvieron sobre sus pies; un ejército grande en extremo. Me dijo luego: Hijo de hombre, todos estos huesos son la casa de Israel. He aquí, ellos dicen: Nuestros huesos se secaron, y pereció nuestra esperanza, y somos del todo destruidos. Por tanto, profetiza, y diles: Así ha dicho Yahvé el Señor: He aquí que yo abro vuestros sepulcros, pueblo mío, y os haré subir de vuestras sepulturas, y os traeré a la tierra de Israel. Y sabréis que yo soy Yahvé, cuando abra vuestros sepulcros, y os saque de vuestras sepulturas, pueblo mío. Y pondré mi Espíritu en vosotros, y viviréis, y os haré reposar sobre vuestra tierra; y sabréis que yo, Yahvé, hablé, y lo hice, dice Yahvé. (Ezequiel 37, 1-14)

Rediseño del šeol

Paralelamente a la resurrección colectiva de Israel, a partir del regreso del destierro aparecen indicios de que la resurrección comenzaba a ser contemplada como un anhelo individual, una forma de escapar del lúgubre destino del šeol. Y no solo eso: se establecía una distinción entre justos y pecadores, buenos y malos, que recibirían un trato diferente tras la muerte. El šeol quedaba como lugar para los malvados, mientras que los justos serían transportados a un lugar mejor:

Pero Elohim rescatará mi alma, del poder del šeol, ciertamente, me tomará. (Salmos 49, 16)

Mientras que los pecadores, los enemigos de Dios, no gozarían de esa gracia. En el siglo ii a. C. el libro de Daniel ya establecía claramente esta separación y destinos diferentes:

Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, estos para la vida eterna, aquellos para oprobio, para eterna ignominia. (Daniel 12, 2)

La razón de esta transformación es evidente. La experiencia humana dictaba que aquel esquema de vida virtuosa = vida larga y vida de pecado = castigo y muerte no se cumplía siempre, ni siquiera con cierta frecuencia, lo que causaba cierto escándalo entre los piadosos:

Eres demasiado justo, Yahvé, para que discuta contigo; sin embargo, te formularé demandas: ¿Por qué prospera la conducta de los impíos y viven en paz todos los que cometen traición? Tú los has plantado y hasta han arraigado; progresan, incluso dan fruto. (Jeremías 12, 1-2)

Pero en el judaísmo seguía imperando la postura mayoritaria de confianza en la justicia inmediata y terrenal de Dios. Así pues, para este momento había dos corrientes de opinión dentro del judaísmo:

1) La «oficial», seguidora de Deuteronomio 30, 16-20 (véase más arriba), que sostenía que Dios trataría a cada uno según su conducta en esta vida, sin aplazar el premio o el castigo, y que el šeol era igual para todos.

2) La «alternativa», que constataba cómo los impíos progresaban en la vida terrena y, por tanto, creía que el premio o castigo por la conducta de cada uno se aplazaría al más allá, con la consiguiente esperanza en una vida futura y resurrección de mejor calidad.

Este equilibro se inclinará mayoritariamente en favor de la segunda opción a partir de la revuelta de los Macabeos (167 a. C.) con la aparición de un nuevo fenómeno sin demasiados precedentes en la historia judía: el martirio.

Los mártires de Yahvé

Desde 200 a. C. Judea formaba parte del imperio seléucida, uno de los reinos herederos de la gran aventura de Alejandro Magno que había dejado todo el Mediterráneo oriental en manos griegas. El libro bíblico de los Macabeos cuenta cómo, en 168 a. C., el rey seléucida Antíoco IV decidió que todos los súbditos de su enorme imperio gozasen de los mismos privilegios, pero también que abandonasen sus creencias religiosas particulares para abrazar la religión griega oficial. Antíoco no era Alejandro, y no supo ver la diferencia entre ofrecer un marco de convivencia común basado en la aceptación de unos acuerdos mínimos y la imposición de unas creencias y normas por la fuerza. A pesar de que algunos judíos se adhirieron a sus reformas, renunciando así a sus propias tradiciones, Palestina se convirtió en un polvorín. La prohibición de la religión judía, las prácticas idólatras que proliferaban en la tierra de Yahvé y, por último, la profanación del Templo de Jerusalén, fueron los detonantes de una gran revuelta popular.

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