Javier Alonso López - La resurrección

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¿Qué creencias había sobre el más allá en tiempos de Jesús? ¿Dónde fue enterrado? ¿Cómo era su tumba? ¿Hubo testigos del entierro? ¿Robaron el cuerpo los discípulos de Jesús? ¿O lo hicieron desaparecer sus enemigos del Sanedrín? ¿Pudo haber sido bajado de la cruz todavía vivo? ¿Qué papel tuvieron las mujeres en los acontecimientos del Domingo de Resurrección? Entre la muerte de Jesús de Nazaret y el primer testimonio escrito sobre su resurrección transcurren apenas veinte años, pero también uno de los procesos más sorprendentes de toda la historia de la humanidad: el nacimiento de la creencia en que un hombre muerto en la cruz había resucitado.Ante la imposibilidad científica de que un cuerpo muerto resucite, este libro descifra la maraña de informaciones dispersas como si se tratara de un caso reciente. Aquí se repasarán las principales teorías existentes y se ofrecerá una convincente visión de conjunto que explica el pilar básico y fundamental del cristianismo, porque, como afirma Pablo de Tarso, «Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe».

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Sin embargo, clara muestra de la debilidad del ser humano, este reino teocrático, nacido para luchar contra el helenismo de los extranjeros idólatras, acabó, con los años, devorado por esa misma cultura helenística que había combatido. Como cualquier otro reino de la época en el Mediterráneo oriental, Judea acabó gobernada por un monarca de cultura helenística, contó con una administración en lengua griega y con un sustrato de población helenística que impuso su forma de vida al conjunto de la sociedad, en especial en los centros urbanos.

Pero la influencia extranjera no acabó ahí. Durante el reinado de Simón Macabeo (142-134 a. C.), y a fin de contrarrestar la continua amenaza seléucida, los judíos acudieron al «primo de Zumosol» de la época en busca de protección: Roma. Fue un error del que los judíos se arrepentirían muy pronto, pues Roma lo interpretó (era habitual entre los descendientes de Rómulo) como una invitación para inmiscuirse en los asuntos ajenos. En 65 a. C. Pompeyo el Grande conquistó Jerusalén, sus soldados masacraron a miles de judíos y saquearon el Templo de Yahvé. El propio Pompeyo cometió una gran profanación al entrar en el sancta sanctorum del Templo, un lugar al que solo el Sumo Sacerdote tenía acceso una vez al año. Aquella profanación quedó marcada a fuego en el subconsciente colectivo de los judíos como la mayor afrenta sufrida jamás por su pueblo, y no volvieron a ver a los romanos como una potencia amiga.

A partir del 63 a. C., todo aquel que gobernó en Israel lo hizo bajo la protección de las legiones romanas. Tras la muerte de Hircano, último sumo sacerdote descendiente de los Macabeos, se apoderó del trono Herodes el Grande. Herodes era natural de Idumea, la región que, en la actualidad, ocupa una parte del estado de Israel, desde Belén hacia el sur, pero que en aquella época no se consideraba parte integrante del verdadero Israel. Idumea había sido conquistada y judaizada a la fuerza pocos años antes, y los judíos de pura cepa consideraban extranjeros a los idumeos o, en el mejor de los casos, judíos de «segunda división». Para legitimar su aspiración al trono de Judea, Herodes se casó con la princesa Mariamne, nieta del último Macabeo, Hircano.

Herodes el Grande, que reinó bajo la protección de Roma entre los años 37 y 4 a. C., fue un personaje ambiguo, despreciado u odiado por casi todos, pero que consiguió mantener un equilibrio entre su cultura helenística, su fidelidad hacia los romanos y sus obligaciones respecto a sus súbditos judíos. Herodes se mantuvo casi siempre en una posición intermedia que, aunque no contentaba plenamente a nadie, dejaba suficientemente satisfechos a todos. Intentó ganarse el favor de sus súbditos judíos transformando el Templo de Yahvé en Jerusalén en un gran complejo cultural de claro corte helenístico, pero que respetaba escrupulosamente todas las prescripciones judías. De este modo un extranjero dio a los judíos lo que ningún rey judío heredero de los Macabeos les había dado: un templo del que sentirse orgullosos. Este es el templo en el que tuvieron lugar varias escenas durante los últimos días de vida de Jesús, y donde se encontraba la cortina del sancta sanctorum que se rasgó en el momento de su muerte en la cruz.

En el año 4 a. C. murió Herodes, y el emperador Augusto permitió que el reino se dividiese entre tres de sus hijos. El núcleo original del reino de Judea, incluida Jerusalén, recayó sobre Arquelao; otro hijo, Herodes Antipas, recibió Galilea y Perea (en la actual Jordania), y un tercero, Herodes Filipo, obtuvo la Batanea, la Traconítide y la Auranítide, que se corresponden con los actuales Altos del Golán y parte del territorio de Siria.

Arquelao resultó ser un gobernante estúpido y torpe que heredó el carácter excesivo de su padre pero ni un ápice de su inteligencia política. Su crueldad gratuita y su escaso respeto por la ley judía irritaron a sus súbditos más allá de cualquier límite tolerable, y así, apenas diez años después de su llegada al poder, en 6 d. C., Augusto lo destituyó, y Judea se convirtió en territorio provincial romano bajo la responsabilidad de un gobernador con sede en Cesarea Marítima, una ciudad costera de carácter exclusivamente romano al norte de la actual Tel Aviv.

En consecuencia, para el momento de la predicación y pasión de Jesús de Nazaret, el territorio estaba dividido en una zona, Judea, bajo jurisdicción directa de Roma, y otras dos gobernadas por hijos de Herodes el Grande. Esta circunstancia se observa perfectamente en los relatos de la Pasión. Puesto que los hechos tuvieron lugar en Jerusalén, la máxima autoridad tras la destitución de Arquelao unos veinte años antes era el procurador romano, Poncio Pilato. Sin embargo, dado que Jesús era galileo, era súbdito de uno de los hijos de Herodes, en concreto de Antipas. Pilato y Antipas coinciden en Jerusalén y ambos participan en el juicio a Jesús porque en aquel momento se celebraba la Pascua, una fiesta religiosa en la que todos los judíos peregrinaban a Jerusalén. Herodes Antipas se encontraba allí como peregrino, pero fuera de su jurisdicción.

Así pues, durante todo el milenio anterior a nuestra era, los judíos estuvieron en permanente contacto con pueblos vecinos, la mayor parte de las veces invasores, que, pese a su carácter de enemigos, dejaron su impronta en el pensamiento de este pueblo, modelando y modificando algunos aspectos culturales, políticos y religiosos de los judíos. En este sentido, las creencias relacionadas con la muerte, el más allá y la resurrección no fueron una excepción.

Para tratar el tema de la resurrección de Jesús, parece necesario, por lo tanto, conocer cuáles eran las creencias relativas a la resurrección entre los judíos. Para ello, se estudiarán las creencias divididas en los dos grandes períodos en los que se divide la historia del pueblo judío antiguo.

El primer período se denomina del Primer Templo, y se corresponde con la época del mítico Templo de Yahvé que, según los libros del Antiguo Testamento, construyó Salomón aproximadamente en el siglo x a. C. y que fue destruido por Nabucodonosor en 586 a. C., dando origen al destierro en Babilonia.

A la vuelta del destierro de Babilonia, se llevó a cabo aproximadamente en 515 a. C. la reconstrucción del destruido santuario de Yahvé. A partir de este momento se habla del período del Segundo Templo, que en origen fue una reconstrucción más modesta que el original y que, siglos más tarde, tal como se ha mencionado, sufrió una ampliación notable en tiempos de Herodes el Grande (37-4 a. C.). El Segundo Templo es la época de las sucesivas dominaciones e injerencias de persas, reinos helenísticos y romanos en Judea-Palestina.

Las creencias de ultratumba antes del destierro en Babilonia (hasta 586 a. C.)

Para conocer las creencias del judaísmo en esta época referentes a la muerte, la vida en el más allá y la resurrección, hay que acudir, prácticamente como única fuente fiable, a los diferentes libros de la Biblia hebrea que conforman nuestro Antiguo Testamento. Los datos arqueológicos y extrabíblicos son escasos, y no resultan de especial ayuda, al menos en lo referente a esta cuestión.

¿Por qué morimos?

La muerte, tal como explica el mito de la creación en los capítulos 2 y 3 del libro del Génesis, se concibió desde el primer momento como un castigo. Tras la creación de Adán y Eva, la muerte no parecía desempeñar función alguna en su relajada existencia, más allá de su vinculación a la prohibición divina de probar el fruto del único árbol que les estaba vedado, pues «el día que comas de él morirás sin remedio». Tras infringir la prohibición, Dios le explicó a Adán su destino: «polvo eres y en polvo te convertirás».

Esta percepción del pecado original como causa de la muerte permaneció inmutable durante toda la historia judía. «De la mujer procede el principio del pecado, y por ella morimos todos», decía el libro del Eclesiástico, y acabó convirtiéndose en creencia cristiana, tal como establecía Pablo de Tarso en su epístola a los Romanos: «…a través del hombre entró el pecado en el mundo, y a través del pecado, la muerte».

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