—¿Usted cree que desde allí arriba, desde el cielo, se verá algo tan pequeño? —preguntó su hermano asimismo con una sonrisa.
—Nunca se sabe, chicos, nunca se sabe —suspiró Páter—. Sea como sea, hablaba por hablar. Quienes podáis o consideréis oportuno se la enseñáis a vuestros padres, el resto a quien creáis conveniente o la guardáis bajo veinte llaves como dice la leyenda. Se acabó la clase por hoy.
Se acabó aquella clase y le siguieron otras muchas, como siguió la vida en la villa de Arlot, y alguno de los sucesos tuvieron honda resonancia en la de quien ya había dejado de responder como el hijo de la viuda. Precisamente esta, la madre del rebautizado Arlot, llevaba meses dudando si aceptar la propuesta de un herrero, un hombre a su vez viudo diez años mayor que ella, que gozaba del respeto general entre las gentes del castillo, lugar en el que trabajaba y en el que lo había conocido. Temía herir a su hijo en el caso de aceptar, ya que tenía plena consciencia de que el recuerdo de su padre y su muerte continuaban en él tan vivos como el primer día. Nunca hablaba de ello, pero estaba claro que seguía sin superar lo sucedido, ni la ausencia ni el sentimiento de culpabilidad. Pero el herrero, un hombre noble y afectuoso, insistía y por fin, una tarde, tras la cena y aprovechando el momento en que solían sentarse a la puerta de la cabaña para compartir lo sucedido durante la jornada, se armó de valor y empezó a tratar el tema, mencionando las cualidades del herrero, en especial su honestidad.
—Es un hombre muy serio y respetado. Sería un buen marido y un buen padre, sin duda —deslizó.
Arlot intuyó sin demasiados esfuerzos, tan claro estaba, que trataba de conseguir su aprobación, pues el tono con el que hablaba, entre esperanzado y preocupado, revelaba intencionalidades. Y tal como ella esperaba, sabiendo de la generosidad de su hijo, la posibilidad de que otro hombre llenara el vacío dejado por su padre no le indignó, y el dolor que pudiera causarle lo escondió en uno de los silencios a los que tan inclinado era. Eso al principio, porque de inmediato procuró y consiguió comprender. Lo hizo oyendo a su madre narrarle, progresivamente azorada, la historia de los encuentros con el herrero en los momentos dedicados a la comida en el patio del castillo, y la amistad que se había derivado de ellos. ¿Cuántos años hacía desde la última vez que había visto a su padre?, se preguntaba él. ¿Seis? No, ya siete. Lo recordaba alzando un brazo en señal de despedida, advirtiéndole que no se acercara al bosque, que no se demorara demasiado. ¡Sé sensato! Esas fueron las últimas palabras que oyó de su boca, las que a la postre significaron su despedida, el consejo final. Sé sensato, y él desobedeció, desobedeció hasta el punto de provocar su muerte, la pérdida del hombre que más admiraba y quería. Murió por mi culpa, una idea que se había venido repitiendo a lo largo de los años hasta grabársela a fuego en la mente. Por mi culpa, pensó una vez más con la mirada puesta en aquella mujer que parecía encogerse con cada frase de elogio al herrero, con cada palabra acerca del futuro. Nunca hasta ese momento se había sentido tan culpable y había odiado tanto al asesino de su padre. Viéndola esperanzada en un futuro mejor, de mayor felicidad, se sintió desmoralizado una vez más. Y ya iban demasiadas. Su desobediencia también le había condenado a ella a la soledad. ¡Sé sensato! No lo había sido y había hecho que su madre perdiera a su marido. Por ello, viendo que a ella ya le faltaban las justificaciones y seguía sin atreverse a llegar al fondo del asunto, le tomó una mano, aspiró a fondo el aire tibio del atardecer y señaló, sin una intención concreta, al sol medio oculto tras las montañas del horizonte, ahora rojizas.
—Por lo que dices es un buen hombre y no hay demasiados que yo sepa —dijo, como si trataran un tema menor, un rumor de los muchos que saltaban de hogar en hogar a diario.
—Es un excelente hombre —se apresuró a matizar ella.
—Y sería un buen…, un excelente marido.
—Sin duda.
Arlot contempló aquella mano que tenía cogida, tan pequeña, ¿tan grande se había hecho la suya?, en la que se dibujaba la dureza del trabajo diario y la apretó suavemente.
—La gente honesta y seria es de admirar, por eso estoy convencido de que para mí sería un buen amigo.
La madre enrojeció.
—Más que eso —dijo finalmente sin atreverse a pronunciar la palabra padre—. Sí, estoy segura de que os querréis y seréis grandes amigos. En ciertos aspectos os parecéis mucho. En la honradez, por ejemplo. —Rió—. Y en la discreción. Ah, y también le cuesta mucho sonreír.
Al cabo de unas semanas se celebró la boda en la ermita de Piedras Santas, nombre que se le daba a una capilla situada a una legua de la aldea, en el centro de un pequeño valle rodeado de encinas. El nombre tenía su origen en uno de los muchos milagros de la Virgen. Unos niños se perdieron por los bosques envueltos por el frío, la nieve y cabe suponer que por el viento y los aullidos de los lobos. Los niños, hijos de un matrimonio de campesinos al servicio del señor feudal del momento, habían huido de su cabaña tras la muerte de sus padres, incapaces en su pobreza de pagar los impuestos exigidos y condenados por ello a título ejemplarizante. Trastornados ante el abandono, los huérfanos se lanzaron a los caminos tan aterrados como desorientados. De esa forma alcanzaron el valle de las encinas con la luna brillando en lo alto y la oscuridad reinando entre los árboles. Improvisaron un refugio con ramas y se acurrucaron en su interior abrazados, intentando combatir el frío. Poco freno fueron aquellas paredes mal trenzadas para conseguirlo. Así, próximo el amanecer, el entumecimiento de sus cuerpos aumentó, llegó la semiinconsciencia y se anunció el final de unas vidas injustamente breves. En ese momento, contaban entusiasmados los vecinos de la villa de Arlot siguiendo las tradiciones orales, la Virgen hizo acto de presencia, y con ella un número indeterminado de ángeles, los cuales siguiendo sus indicaciones construyeron una ermita de gruesos muros. Hay quien añade que a continuación encendieron un pequeño fuego y presentaron una cesta con alimentos. Y los más osados o más imaginativos, completan la escena asegurando que al día siguiente, cuando los dos niños se asomaron al exterior, encontraron un carro recubierto de lonas con un hermoso caballo percherón al frente. En el interior varias pieles para abrigarse. Ese mismo carro les condujo hacia un lugar en donde vivieron felices el resto de su vida.
IV
Tras la boda, la nueva familia consideró trasladarse a la vivienda que ocupaba el herrero en el castillo. Consultado, Arlot insistió en permanecer en la casa en que había vivido con su madre hasta entonces. Los muros del castillo, no siendo espectaculares si se consideraba el tamaño de otros de importancia similar, simbolizaban para él poner barreras con sus amigos a excepción de Vento, unos amigos que en aquellos momentos habían aumentado con la incorporación de Yamen, el hijo de una viuda acusada por los vecinos sotto voce de bruja por sus conocimientos sobre plantas y ungüentos. Cedieron a sus deseos su madre y el herrero valorando la libertad que tendrían para llevar una vida alejada de los rigores del castillo. Aun así, no se libró él de pasar parte del día tras las murallas, pues empezó a ayudar en la herrería a su padrastro. Más allá del puente levadizo se encontró con un espacio cerrado, maloliente y con demasiada gente moviéndose entre animales y carros sobre un suelo que variaba del barro al polvo con rapidez según dictaran las nubes y el viento. En aquel mundo no existía otro horizonte que unas murallas húmedas y oscuras cubiertas de verdín. Con todo la peor parte se la llevaban los soldados. Él sabía de su espíritu grosero y bravucón, de su poca afición a la limpieza, de su brusquedad en el trato con los aldeanos, de forma que llegaba advertido, pero la realidad superó las expectativas. Aquellos hombres solo recuperaban un relativo civismo en presencia de algún principal. Poco dado por carácter a soportar humillaciones, su madre y su padrastro habían valorado la conveniencia de que trabajara en la herrería ante las reacciones que pudiese tener en caso de una provocación, lo que daban por descontado. Por tal motivo, le advertía ella cada día al despedirse al respecto, le pedía paciencia, sentido común. ¡Sé sensato! Las dos palabras resonaban en la mente de Arlot. Ante el recuerdo callaba él y su silencio acrecentaba los temores de la buena mujer. Temía por el carácter de su hijo. El herrero, por su parte, poco dado a expresar sentimientos, se limitaba a controlarle en silencio apenas atravesaban el puente.
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