—Pues aquí lo tienes, ¿vale? Hala, presentaciones hechas.
Luego se acercó a la mujer para interesarse por lo que cocinaba. De pronto, como si recordara algo sin importancia, añadió:
—Es el hijo del secretario del señor, te quería conocer. En el castillo no hay demasiados niños de vuestra edad, se llama Vento y… —frunció el ceño, dudando—, es muy simpático, un gran jinete y, por cierto, no habla. No es sordomudo, simplemente no habla. Oír oye, ¿verdad?
Vento, confirmando presentación e información, asintió y lanzó a su nuevo amigo una sonrisa deslumbrante.
III
Los siguientes cuatro años transcurrieron de puntillas, embarcados madre e hijo en una tranquila rutina. Este y sus dos amigos, en las puertas de la adolescencia dos de ellos y uno en su plenitud, se dedicaban a sus trabajos y forjaban una amistad que se había consolidado hasta el punto de hacerse popular entre los vecinos. Les llamaban la partida del trébol. Entre sus distracciones estaba la de invitar a propios y a extraños a batirse con cualquiera de ellos en un juego llamado de las varas, una especie de combate con largos bastones. Los combatientes, dos o más, pies fijos en el suelo, sin desplazarlos en ningún sentido, debían derribar al adversario por cualquier método excepto golpear en la cabeza. Pronto quienes les conocían declinaron el enfrentamiento, y quienes no, acababan en el suelo o irritados. Por fin Páter, previendo conflictos, decidió intervenir y les hizo comprender que a nadie le gusta ser humillado, y menos por unos adolescentes. A cambio les propuso iniciarlos en el uso de la espada, siempre que se limitaran a practicar entre sí sin involucrar a ningún vecino o viajero en el asunto. Aceptaron encantados ellos y consiguió él unas de madera con el tamaño y peso adecuado. A la condición anterior añadió otra. A la clase de uso de la espada seguiría otra bien diferente, la de escritura y lectura. ¿Leer y escribir?, se dijeron sorprendidos. ¿Nosotros? Ante la sorpresa del sacerdote, que preveía ciertas resistencias, aceptaron encantados. En consecuencia, se iniciaron ambas y en ambas los tres chicos mostraron tal entusiasmo que el sacerdote pronto no cabía en sí de gozo. Fue en esas clases en donde conocieron al hijo de un viudo, molinero de profesión y arisco de carácter, que se hacía llamar Triste, un extraño nombre para un chico espigado de mirada que hacía honor a su apodo, y a dos gemelos, Carlo y Marlo, unos huérfanos que cuidaban uno de los rebaños del marqués y que, a pesar de su poca edad, tenían fama de ser los mejores arqueros de la zona. La conexión entre los seis resultó ser inmediata y, poco a poco, lo de la partida del trébol se fue olvidando.
Yúvol, Vento, Triste, Carlo, Marlo y el hijo de viuda. Desde su llegada a la villa con tal nombre se le conocía en la villa, y dentro del grupo como Amigo. Nada de un nombre cristiano, concreto, solo hijo de la viuda o Amigo. ¿El motivo? La historia formalmente resultaba simple, no tanto el fondo. Por supuesto al nacer le pusieron un nombre, en su caso el de su padre, no importa cuál, nombre que, desde la muerte de este a manos de Diablo, él se había negado a emplear. Al principio porque al oírlo y, en especial al pronunciarlo, el recuerdo y el sentimiento de culpabilidad, le angustiaban con tal virulencia que su madre debía acudir en auxilio de sus desconsuelos. Más tarde evitarlo se convirtió en una norma que algo tenía de desafío. Si le preguntaban, se limitaba a encogerse de hombros, indiferente a la incomodidad que su actitud despertaba, e incluso a las burlas que recibía. En ocasiones respondía con soy el hijo de la viuda, qué más da, a quién le importa e incluso puedes llamarme como te plazca. Así hasta que llegó un día en que, en una de las clases de escritura que seguían a las prácticas con la espada, Páter invitó a sus tres discípulos a escoger una firma alegando que ello les otorgaría una mayor distinción, distinción que por otra parte se habían ganado con sus progresos. La idea, no por buscar la distinción a la que Páter se refería, sino por planteársela como un juego, fue bien recibida y se pusieron a ello de inmediato. El sacerdote les hacía indicaciones respecto a las características que debía tener una firma, y aconsejaba sobre el trazado de las letras, eso en apariencia, pues en realidad había concebido un plan antes dirigido a los nombres que a sus grafías. No consideraba aceptable que un cristiano careciera de nombre y quería ponerle remedio. Por ello empezó preguntándole al hijo de la viuda, o a Amigo, con qué nombre estamparía su firma. Dudó este y sonrió aquel.
—Niño ya no te vale, ¿verdad? —empezó—. Has crecido demasiado. ¿Hijo de la viuda te parece apropiado? Tal vez habría que pensar en algo más concreto. Por desgracia hijos de viudas hay muchos.
El ya adolescente aceptó la reflexión por lógica y, tras pensarlo durante unos segundos propuso:
—¿Amigo? Es una posibilidad aunque no sea el nombre de ningún santo, tampoco es una obligación.
Consultó con sus compañeros, y amigos, que permanecieron en silencio y a la espera. Se trataba de una decisión personal y la respetarían fuese cual fuese. Repitió la sonrisa el clérigo.
—¿Amigo? Como firma suena extraño, ¿no? Mucha gente entre sí se llama amigo, es decir, utilidad no tiene demasiada. En realidad, es un poco como lo del hijo de la viuda, o peor ya que está aún más extendido. No creo que con ello avanzásemos, pero, en fin, si ese es tu deseo, sea.
Sin convencimiento, el hijo de la viuda se puso en ello. Mientras tanto, el resto valoraban sus firmas con mayor o menor grado de conformidad. Páter les iba felicitando manteniéndose pendiente al mismo tiempo del hijo de la viuda, que se mantenía con la pluma suspendida sobre el papel.
—¿Decías que quieres llamarte Amigo? —invitó—. De acuerdo, es tu decisión, adelante. La primera, la a.
Todos sabían que Amigo no suponía ninguna solución, incluso él. Aun así, no encontrando alternativa, asintió y empezó a escribir. Apareció en el papel una A y la duda que llegó a continuación alejó la pluma un centímetro. Este es el momento, se dijo el sacerdote.
—Por cierto, el otro día me surgió una duda. ¿Cuánto hace que llegaste con tu madre a la villa de Arlot?
El chico alzó la vista y la fijó en aquellos ojos, claros y serios por lo común, ahora con un brillo malicioso.
—Hace unos seis años —respondió.
—Ah, fíjate que yo hubiese dicho hasta siete. Seis años en Villa de…, ¡qué barbaridad!
El ya adolescente apretó los labios.
—Entiendo lo que me quiere decir —dijo—, y me parece bien. Este lugar nos acogió y llevar su nombre sí, me parece bien.
Bajó la pluma hasta rozar el papel. Ya había trazado una A le siguió una erre, luego una ele, y una o y finalmente una te. Arlot.
—¿Y has pensado en alguna rúbrica? Tus amigos han sido muy imaginativos. Vento ha dibujado una especie de pájaro y Carlo y Marlo una especie de arco rodeando las letras.
—Con las letras bastará, Páter.
—Pues ya tenéis firma, os felicito —concluyó el sacerdote demasiado ceremonioso para resultar creíble—. No creo que haya en toda la villa veinte personas que puedan decir lo mismo. Ya podéis enseñárselas a vuestros padres, se sentirán orgullosos de vosotros.
Triste tomó la hoja y contempló la firma, cuya última letra se retorcía en un gancho, ladeando la cabeza.
—El mío no lo creo —dijo pasando con cuidado un dedo sobre la tinta para comprobar que se había secado—. Bien, no es que no lo crea, estoy seguro. La verdad es que ni se me ocurriría hacerlo. Ni siquiera se ha enterado de que sé leer y escribir. Diría que es otra de mis estupideces.
—Y los nuestros andan algo lejos para llevarse una alegría —siguió Carlo con una sonrisa de resignación.
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