Eso se dijeron al tiempo que reconocían lo absurdo de hablar de aquella forma de un conjunto de árboles, arbustos y flores de otoño. Intuyo que esta vez sí que lo hemos logrado, dijo el hombre. Su mujer sonrió, estaba de acuerdo. A pesar de lo desapacible del día, un lugar tan hermoso no podía esconder amenazas ni nuevas decepciones. Sabían que se encontraban lejos de su señorío de origen, y los primeros fríos se anunciaban blanqueando las cimas de los montes que cerraban el horizonte. No importaba. Avanzaban con lentitud contra un viento racheado que les alborotaba ropas y cabello. No importaba. El cielo, sombrío y bajo, mostraba un talante poco dado a la compasión y demasiado a la indiferencia sobre lo que les ocurriera. No importaba. Tampoco lo que les hacía sentirse frágiles, algo a lo que se habían acostumbrado, con lo que trataban de convivir con naturalidad si pensaban en ellos, y con amargura cuando lo hacían en el niño. Con la noche desplegándose entre los árboles llegaron junto a un gran peñasco que se levantaba en uno de los márgenes del camino. Aquí debe ser, no hay duda, apuntó ella. Es tal como nos explicaron, exclamó él mientras saltaba del carro y detenía la cansina marcha del buey. Hombre y mujer buscaron animarse cruzando un gesto de coraje, conscientes de que no tendrían muchas oportunidades más de sobrevivir en el caso de que el proyecto les fallara. Si el invierno les atrapaba en descampado, estaban acabados.
Días antes habían pernoctado en una cabaña. Los granjeros, a pesar de su aspecto huraño, conmovidos por el desamparo en que se les veía y por la ternura que despertaba el niño, de apenas un año, les atendieron en la medida de sus posibilidades. Tras la cena, se entabló una conversación en la que el campesino les preguntó, sin demasiadas esperanzas, si conocían algún lugar en donde les aceptarían para trabajar, sin castigos, y les proporcionarían un techo para pasar el invierno. Al principio los granjeros vacilaron, pero, tras intercambiar una mirada, el hombre acabó indicándoles, con muchas prevenciones y cierta brusquedad, que si se adentraban en un robledal a no demasiadas leguas de allí, hacia el sur, encontrarían un gran peñasco y a su derecha lo que en su día fueron fértiles huertos. Atravesando esos huertos llegaréis a una cabaña, ahora abandonada y supongo que en no muy buenas condiciones. ¿Abandonada?, preguntaron sorprendidos. La simple idea de tener un refugio y campos les sorprendía, tanto que olvidaban el porqué se encontraban en aquella situación. ¿Ha habido una epidemia? Los granjeros volvieron a mirarse, ahora con preocupación y abatimiento. No se trata de enfermedades, respondió la mujer arrugando los labios, quienes la ocupaban se marcharon hará dos años. Su marido asintió con gravedad y añadió: Se convirtieron en fugitivos, como ustedes. ¿Por qué?, preguntó el campesino. Porque no resistieron lo que ocurre en Aquilania. ¿No resistieron?, preguntaron los viajeros, temerosos de revivir el pasado, de que sus sacrificios solo hubiesen servido para devolverles al punto de partida. El miedo es un arma terrible, respondió la granjera con sequedad. Humilla, transforma y embrutece al ser humano, al ser humano y hasta a los animales. En su caso hicieron bien en marcharse, apostilló su marido, y no son los primeros que lo han hecho. Claro que no todos consiguen salir de esas tierras. Entonces les revelaron lo que sucedía en aquel lugar, y lo hicieron de una forma parcial, confusa, entremezclando realidades, rumores y fantasías. Al fin consiguieron comprender que Aquilania estaba gobernada por un duque enajenado, malvado, y que las víctimas se empezaban a contar por decenas. Esa fue la idea que quedó y por las razones que fuesen no demandaron mayores aclaraciones.
Aquel relato había colocado al matrimonio ante una delicada decisión, y llegar a un acuerdo les llevaría gran parte de la noche. Establecerse en un lugar que conllevaba riesgos, aunque quizá fuesen menores si seguían una serie de pautas, o no hacerlo, lo que les devolvía a un futuro peor que incierto. Hacia la primera opción les empujaba la proximidad del invierno, la miseria en que se encontraban, la indefensión del niño, y también la perspectiva de disfrutar de un techo, de poseer huertos en los que trabajar y de los que alimentarse. Cobijo, trabajo, comida. El sueño perseguido desde hacía meses. En su estado resultaba difícil renunciar. La fortuna, relativa o no, alejada o próxima al miedo, había aparecido al fin en sus vidas, pero quedaba el relato y la amenaza que comportaba. Habían huido de un tirano, y se exponían a otro. Sin embargo, ¿tenían alternativa? En opinión de los granjeros, cuando una partida de soldados observara que la cabaña estaba habitada de nuevo, se limitaría a advertirles del tributo que estaban obligados a pagar al señor, en este caso un duque, e informaría de su presencia a los recaudadores. Que ocupe esas tierras una familia u otra, les había explicado el granjero con una sonrisa ambigua en sus orígenes, no les importa demasiado. Saben que el señorío se despuebla, y los financieros del duque son conscientes de que las arcas necesitan que se cultiven las tierras y se paguen los tributos. Vengas de donde vengas, fugitivos como vosotros o comprados en otros señoríos, incluso extranjeros. También es probable que los propios soldados os adviertan de lo permitido y de lo prohibido. En resumen, es posible que si sois prudentes y tenéis suerte viváis en relativa paz, inquietos, pero viviréis. Y recordad que la suerte hay que ganársela. Si no… El silencio resultó elocuente, y ellos se aferraron a esas palabras: Si sois prudentes y tenéis suerte viviréis en relativa paz, inquietos, pero viviréis. ¿Tener suerte? La suerte la repartía Dios a quien se la merecía, y necesitaban convencerse, después de lo que habían luchado y sufrido, de que Él les proporcionaría su parte. En aquellos momentos con esa idea, tan elemental, les bastaba. ¿Y qué ocurre para que estas tierras se despueblen?, había preguntado finalmente la mujer antes de salir de la cabaña. La granjera les deseó buenas noches y desapareció tras una cortina. Por su parte su marido había guardado silencio y lo siguió haciendo hasta el momento de despedirles en el cobertizo, el lugar que les había ofrecido para pasar la noche. ¿Por qué no responden?, se preguntaron apenas se quedaron solos. Aquello resultaba absurdo. ¿Qué tipo de superstición flotaba en el ambiente? Porque de una superstición debía tratarse cuando ni siquiera se atrevían a mencionar lo que ocurría. Sorprendentemente el granjero reapareció al cabo de unos instantes, y lo hizo apesadumbrado, nervioso, se sentó en el suelo y sin mayores preámbulos inició la historia, esta vez de una forma más clara y completa. Quería dormir con la conciencia tranquila.
Esas tierras están bajo el dominio de un duque, sobrino carnal del rey. En Aquilania no hay derechos, ni los mínimos que cualquier cristiano por muy miserable que sea su condición debería tener. En tiempos del anterior duque, hermano del rey, la maldad del por entonces heredero la sufrían los animales del bosque y sus perros. Se salvaban los caballos, sus caballos, por los que siente auténtica devoción. Tras la muerte de su padre, sin freno que la contuviera, su perversidad aumentó. Pasaron los animales a un segundo plano, y su brutalidad, ya desatada, la empezaron a sufrir sus súbditos. Nadie escapa, todos están en peligro. Unos más que otros, claro. Campesinos, artesanos, sirvientes, los propios soldados… Vivas en el castillo, en los alrededores, en una aldea o entre los bosques o los prados. La vida en el propio castillo es una condena. Pobres sirvientes. Se dice que les obliga a vestirse de dos colores diferentes para distinguirlos. Unos, de negro, tienen garantizada su integridad, al menos hasta cierto punto, siempre que no le irriten, porque los considera de alguna forma necesarios en algún sentido. Con los otros, de amarillo, ni siquiera la ira le es necesaria. Los recluta entre la población más desfavorecida, tullidos, inútiles para el trabajo del campo, veteranos de la milicia, o gentes de pocas luces, y bajo el nombre de basura de la servidumbre los utiliza para cultivar su maldad. En realidad, no son sirvientes, sino condenados a una muerte que puede ser lenta o rápida, están condenados al infierno. Se dice que cada año no pocos mueren a consecuencia de las palizas, las torturas o se suicidan. Que Dios les perdone. ¡Está loco!, exclamó la irritada granjera, que había aparecido a media narración y permanecía en el umbral, entre la penumbra. Loco o desalmado, ¿qué más da?, prosiguió su marido. No teme a la Iglesia ni a sus mandatos, desprecia la ley de Dios por pagano y la del reino porque su tío le protege. No, no le protege, le corrigió su mujer, se dice que lo mantiene aislado, encerrado en su señorío, que no quiere saber nada de él, que le permite hacer y deshacer mientras no cruce la frontera de Aquilania. Está bien, mujer, está bien. Le concedió el granjero, paciente, comprensivo con la indignación de su mujer. Al parecer el rey le trata como se hace con los apestados durante una epidemia. Hasta aquí la situación en general. Pero hay más. Si decidís instalaros en esas tierras, deberéis grabaros con fuego en la memoria dos consejos. El primero, ese hombre ha convertido el atardecer de los domingos y el bosque en uno de los escenarios de sus rituales. Es el momento de la cacería de quienes, por ignorancia o por temeridad, se arriesgan por los caminos del bosque. Es el ejercicio del anticristo. Se santiguó, cruzó los brazos, bajó la mirada y guardó silencio. El campesino, con el niño dormido entre los brazos, y su mujer intentaban mantener el gesto sereno y no dejar traslucir lo que sentían. Temían que la posibilidad de una nueva vida se truncara si los granjeros, advirtiendo ese miedo, se negaran a darles las indicaciones para llegar a la cabaña abandonada. Ya se habían referido a la incomodidad que les provocaba la idea de enviar a una familia a un lugar como aquel. Aguardaban, ansiosos, siendo conscientes asimismo que para aquella gente narrar la historia les resultaba difícil. El granjero, tras pasarse el dorso de la mano por los labios, continuó. Sabemos que, para evitarle, las tardes de los domingos la gente se reúne en la iglesia y permanece allí hasta la caída de la noche. Incluso quienes vivimos cerca solemos quedarnos en casa incluso sabiendo que el duque nunca atraviesa la frontera. Eso desataría la ira de su tío, el rey, y pondría en riesgo la impunidad con que vive. Escuchad, en vuestro caso lo importante es no cruzarse en su camino. No sois candidatos al vestido amarillo y para el negro al parecer le sobra gente, tanta como le falta para cultivar unos campos cada vez más despoblados. Esto es importante: cuando el duque abandona el castillo y se dirige al bosque, a cualquier bosque, recorre los caminos en un caballo gris con el pelo blanco. En ocasiones ronda las aldeas, pero prefiere el bosque. Y más vale no encontrárselo, intervino la granjera con voz débil. Pareció que iba a añadir algo, pero desistió con una mueca de aprensión. Su marido asintió y continuó. Entre el pueblo se le conoce por Diablo, y bien ganado que tiene el nombre. Pero si tenéis buen ánimo y seguís las reglas, podréis vivir en esa casa durante un tiempo. El duque habita en su mundo infernal, y todo consiste en mantenerse alejado, lo mismo que del pecado. En cuanto al segundo consejo nada tiene de excepcional, es lo habitual. Mantened a los recaudadores satisfechos, aunque eso os obligue a pasar mayores penurias. Ellos son quienes callan o delatan, dejan o se llevan a los jóvenes a servir al castillo o a formar parte de la milicia, y eso, en especial lo primero, es una condena. Sea como sea, intervino la granjera esforzándose por sonreír con amabilidad siguiendo el espíritu de su marido, si oís llegar un caballo, solo uno, escondeos y no salgáis hasta que el sonido de los cascos se aleje. Diablo es impredecible. Dicho lo cual se santiguaron y desaparecieron en la oscuridad camino de la cabaña.
Читать дальше