Las reglas y valores propios de cada sistema
Todo sistema tiene sus propias reglas y normas de vida. Por ejemplo, según Minuchin (1974) los sistemas familiares operan a través de pautas transaccionales, patrones que la familia va desarrollando y que cimentan su funcionamiento. Estas pautas regulan la organización de la trama vincular, establecen valores y prácticas particulares que responden a preferencias gestadas en su propia historia. Por efecto de la necesidad y el deseo inconsciente de pertenecer al propio sistema de origen, el individuo participa de un sentimiento de lealtad a esas reglas particulares, que en un cierto plano están fuera de cualquier objeción. (Weber, 1999)
Este principio de funcionamiento también se aplica a un sistema en el ámbito educativo, ya que en su desarrollo van tomando forma patrones de relación entre docentes, directivos, estudiantes y todo otro miembro participante. Asimismo, estos integrantes son sujetos que pueden tener inserciones múltiples, como la propia familia de origen, y sentir el apremio de funcionar de acuerdo a sus pautas, o repetir formas ya conocidas. Como hemos dicho, desde la perspectiva individual, el cumplimiento de las normas del propio sistema asegura la pertenencia. El problema comienza cuando una de las inscripciones de un individuo pone en cuestión a la otra, y la relación deviene en tensión.
A lo largo de su desarrollo histórico, los sujetos transitan y se incorporan a nuevas organizaciones a las que pertenecen en función de diversas identidades. Cada uno de estos sistemas tiene sus reglas, y la persona se verá interpelada toda vez que estas resulten contradictorias con las de su sistema de origen, o generen identidades que entre sí se encuentren en colisión.
La red de lazos entre generaciones
Recibimos de nuestros antepasados una herencia genética que da forma a nuestro cuerpo. Hoy sabemos que también existe una herencia emocional: son los sentimientos que hemos adoptado o recibido de nuestro sistema familiar. Al igual que el color de nuestros ojos, no los elegimos, y a menudo ignoramos su procedencia. Dada su influencia, desde la Pedagogía Sistémica se asume una mirada hacia las generaciones anteriores porque se sabe que en los lazos que nos unen a ellas se cierne la matriz de la vida presente del individuo. Por eso, al relevar el mapa de una situación educativa se toma en cuenta el carácter intergeneracional, intrageneracional y transgeneracional de los sistemas humanos.
La mirada intergeneracional toma en cuenta el lazo entre dos generaciones sucesivas, como la de padres e hijos, o maestros y alumnos. La intrageneracional se enfoca en las relaciones entre iguales, es decir entre quienes pertenecen a la misma generación o están en la misma línea jerárquica en el sistema familiar y educativo, como por ejemplo, los hermanos, los compañeros de curso, docentes con docentes, o padres-maestros. La mirada transgeneracional toma en cuenta el vínculo de una generación con los ancestros, aquellos que integran la generación de los abuelos y más atrás. A cada nivel corresponden posiciones de distinto orden entre los términos de las relaciones que definen el lugar estructural y los límites de cada ubicación. Analizar el lugar que tenemos en función de esta perspectiva aporta criterios para reconocer y poder estar en el lugar que a cada uno le toca, a fin de no asumir roles y cargas que no son propias. Además, esta perspectiva da el marco para encontrar el sentido de los sentimientos de lealtad y sus tensiones.
La inteligencia transgeneracional
Toda comprensión del presente que tome en cuenta esta trama multidimensional de vínculos con los ancestros abre el camino para el desarrollo de la inteligencia transgeneracional, que es la capacidad de ver a través de un individuo y su presente el proceso del que es el resultado al conectarlo con otras generaciones, pasadas, futuras y contemporáneas. En el campo del autoconocimiento, la inteligencia transgeneracional desarrolla en el ser humano la habilidad para distinguir entre su historia y la de otros con quienes convive y/o mantiene vínculos en el pasado reciente o lejano. Abre el camino para que las personas se ubiquen en la corriente de la vida e identifiquen las fuerzas que los impulsan, limitan y dan sentido a su propio devenir. Permite reconocer y asumir, sin negar ni excluir, toda la herencia individual y colectiva, personal y vivencial, simbólico-espiritual que constituye la identidad de familias, comunidades y naciones. (Olvera García, 2017)
Para el observador, o analista social, ese tipo de inteligencia conforma la competencia para “identificar rasgos que enlazan histórica, geográfica y socialmente a las personas a través de puentes en el espacio y el tiempo, que van de una generación a otra o hacia el interior de una generación”. (Olvera García, 2009: 59)
Hay fenómenos de la consciencia colectiva originados en el nivel de las generaciones pasadas que encuentran la forma de manifestarse en un individuo de una generación posterior. Este salto histórico que resulta difícil de explicar y comprender es objeto de investigación en el campo de la inteligencia transgeneracional. Del mismo modo, ella permite saber o conjeturar que si una persona rompe los vínculos con su origen enfrentará un conflicto de identidad; o que la exclusión de un miembro de un sistema detonará en conflictos profundos en algún momento de su historia, que serán cada vez más complejos de resolver. La educación de la inteligencia transgeneracional permite que toda la energía que genera resistencia acumulada en el sistema se convierta en energía capaz de producir un movimiento continuo y fluido que sostenga la vida. (Olvera García, 2017)
Las dos consciencias
Al describir las leyes de los sistemas sociales hicimos referencia a dos tipos de consciencia. Corresponde comentar ahora cuál es el sentido que se asigna a cada una de ellas en el campo de la Pedagogía Sistémica, a fin de comprender su impacto en el sujeto.
La consciencia personal es la instancia que controla el proceso que une al individuo con un grupo que es importante para su supervivencia. Opera como un sentido interior que reacciona si hacemos algo que podría dañar o poner en peligro nuestra relación. Vela por la vinculación y el equilibrio en la interacción, sin juzgar las condiciones que el grupo nos imponga para pertenecer. (Weber, 1999)
La consciencia de la red familiar, a diferencia de la anterior, es una consciencia grupal inconsciente que es propia del hombre como especie. Es arcaica y, por lo tanto, anterior a la consciencia personal, es decir, es del grupo antes de que el individuo llegue a él. Su función es velar por la integridad del sistema familiar, por lo cual actúa para el cumplimiento de los órdenes sistémicos básicos del grupo: pertenencia y orden y equilibrio de intercambio entre los miembros de acuerdo a la temporalidad. Su particularidad es que no se percibe sensiblemente, no se expresa en forma directa en los sentimientos de quien se ve afectado por ella, como tampoco resulta asequible el orden al que sirve. (Weber, 1999)
Cuando por efecto de la interacción, el orden estructural de un sistema se altera, la consciencia familiar actuará a través de compensaciones para restablecer el balance o el orden alterado. Éstas afectan la vida de las generaciones de un nivel posterior a aquel donde se produjo el conflicto que quedó sin resolver.
Inteligencia espiritual
Los elementos conceptuales referidos hasta aquí, junto con la práctica del método de las configuraciones didácticas espaciales, convergen en la perspectiva de la inteligencia espiritual. Ambos, enfoque y método, constituyen un camino para desarrollarla.
Para Danah Zohar (2001), quien ha estudiado esta noción, la inteligencia espiritual es la más nueva y, a la vez, la más antigua de las inteligencias del hombre. Es la que nos permite afrontar y resolver problemas de valores y sentido, hace posible ver nuestra vida en un contexto más amplio y significativo y, al mismo tiempo, determinar qué acción o sendero es más valioso para nuestra vida. Se estima que la inteligencia espiritual está en todo nuestro ser, por lo tanto, es activa en todos nuestros sentidos. Entre sus atributos nos interesa destacar ciertas capacidades que habilita en el hombre: ser flexible, poseer un alto nivel de consciencia de sí mismo, ser inspirado por visiones y valores, ver las relaciones entre las cosas –holismo–; y cierta facilidad para estar contra las convenciones.
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