Como dijimos, el yo abandona su libido narcisista entregándosela al superyó. También el abandono de la lucha contra el padre rival en el Complejo de Edipo culmina en una desinvestidura de libido narcisista y su entrega al padre ahora internalizado bajo la forma de ideal del yo. La angustia frente a esta resolución es la angustia de castración que se presenta primero como angustia real y, tras la instalación del ideal (o del superyó), como angustia neurótica, a la que Freud diferenció de la angustia de muerte.
Retomo la frase de Freud: “Opino que la angustia de muerte se juega entre el yo y el superyó”. Al renunciar a su libido narcisista el yo da de baja también a su censura y está expuesto a todos los deseos que reprimió a lo largo de su vida y que hoy se presentan como monstruos como consecuencia de la acción del superyó. Y supongo que estos monstruos representan para el yo (todavía sometido al superyó), en este camino hacia lo inorgánico, el encuentro con la propia naturaleza animal. El paso siguiente es abandonarse al devenir en materia desanimada (de este nivel creo que no hay representación posible).
1 Das ich und das Es , T. XIII, p. 288, Fischer Verlag. Gesammelte Werke. Traducción mía, 2007.
2Der Sprach-Brockhaus. F.A. Brockhaus. Weisbaden. 1961.
3Diccionario de la lengua española. Madrid. 1956.
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Comentarios al trabajo “El humor” de Sigmund Freud 1
El objeto del humor es generalmente la persona propia, el mismo humorista. Si bien Freud dice que también puede serlo una segunda persona, esto lo acerca a lo cómico, que presupone un rebajamiento del otro. La génesis de la ganancia de placer se observa con más claridad en el que escucha que en el que produce el humor: cuando el que escucha espera en el otro una manifestación de displacer y está proclive a identificarse con este, al producir este una broma, el oyente se ahorra la magnitud de energía dispuesta a expresar el displacer y este ahorro se descarga en la risa (o en la sonrisa).
Pero ¿qué pasa en el humorista? A diferencia del chiste, que apunta a evadir o superar las defensas (la censura), o de lo cómico, en el que las defensas en principio no intervienen, el humor aparece en Freud asociado al tema de la defensa. Dice en El chiste : 2
“El humor puede ahora ser considerado como el más elevado de estos rendimientos de la defensa. Él desdeña retirar la atención consciente del contenido de la representación enlazado al afecto penoso, como lo hace la represión y con ello se sobrepone al automatismo de la defensa; lo logra en tanto encuentra el medio de retirar su energía del ya retenido desarrollo del displacer y transformarlo por medio de la descarga de placer”.
En “El humor” Freud relaciona a éste con los fenómenos patológicos:
“A través de estos dos últimos rasgos, el apartamiento de la exigencia de la realidad y la prevalencia del principio del placer el humor se acerca a los procesos regresivos o retrógrados que tanto nos ocupan. Con su defensa frente a la posibilidad de sufrimiento ocupa un lugar en la vasta serie de aquellos métodos que la vida anímica de los seres humanos desarrolló, que empieza con la neurosis, culmina en el delirio e incluyen la embriaguez, el enfrascarse en sí mismo, el éxtasis”.
En “El chiste y su relación con el inconsciente” considera al humor como el más elevado de los rendimientos de la defensa sobreponiéndose al automatismo de esta: si el término de mecanismo de defensa es equivalente a un automatismo , la defensa en el humor no sería un mecanismo. En El humor , sin necesariamente desmentir lo dicho en “ El chiste...”, lo vincula a procesos regresivos o retrógrados, las neurosis, los delirios, etcétera. Así como en el chiste la escena se juega predominantemente en la palabra, en lo cómico en la acción, en el humor la escena se juega en el afecto: “encuentra el medio de retirar su energía del ya detenido desarrollo del displacer y transformarla por medio de la descarga de placer”.
Ante todo tratemos de definir el concepto de defensa: si bien en Freud no deja de tener cierta ambigüedad, creo que podemos concordar en llamar defensa (como mecanismo o proceso psicológico, defenderse de un estímulo psíquico vivido como peligroso, no me refiero a defenderse de un peligro exterior) al hecho de alejar una representación de la conciencia (en oposición al procesamiento o elaboración psíquica de una experiencia penosa que pasa a través de la judicación consciente). En el caso del humor dice Freud que “desdeña retirar la atención consciente del contenido de la representación enlazada al afecto penoso, como lo hace la represión”: por lo tanto no se trata de una represión. Pero una forma de represión, como en la neurosis obsesiva, es desplazar el afecto a otra representación, lo que adquiere el valor de una idea obsesiva, quedando la representación original no olvidada pero desprovista de valor afectivo. Tomemos el ejemplo del humor patibulario, el sujeto que dirigiéndose al cadalso un día lunes, dice: “Linda manera de empezar la semana”. Si el sujeto desconociese el sentido del acto que se ha de realizar o, como en un delirio alucinatorio, no tuviera conciencia ya no del sentido sino del acto en sí, todo esto le quitaría el efecto de humor de esta expresión, y la tornaría más dramática aún. Pero el sujeto retiene el desarrollo del displacer y es consciente de ello y lo transforma en una broma y es consciente de ella. Esto no es un mecanismo de defensa sino un procesamiento de una situación intolerable: el enfrentarse con lo absoluto que para el individuo es la muerte, relativizándolo. El individuo es consciente de ese proceso que lo ubica anticipadamente en un más allá de la cotidianidad humana (el día lunes comenzando la semana).
Dice Freud en El humor”: “El humorista alcanza su superioridad en que él se ubica en el rol del adulto, en cierto modo en una identificación con el padre y rebaja a los demás al rol de niños [...]. ¿Tiene sentido decir que alguien se trata a sí mismo como un niño y al mismo tiempo juega ante el niño el rol del adulto superior?”. Sigue diciendo:
“El superyó es genéticamente heredero de la instancia parental, mantiene a menudo al yo en una fuerte dependencia, lo trata efectivamente todavía como una vez en años tempranos los padres –o el padre– han tratado al niño. Mantenemos entonces una explicación dinámica sobre la actitud humorística, si suponemos que consiste en que la persona del humorista ha retirado el acento psíquico de su yo y lo ha trasladado a su superyó. El yo ahora se le puede aparecer a este superyó así inflado como diminuto, todos sus intereses insignificantes y con esta nueva disposición de energía le resultará fácil suprimir las posibilidades de reacción del yo”.
Freud remite aquí directamente el rol del adulto y/o de los padres con el niño al papel que tiene el superyó con el yo en el aparato psíquico. Si bien este traslado es una posibilidad, no siempre ni necesariamente cumple el rol del superyó que, en última instancia, es el de sojuzgar al yo. Puede darse, y es deseable que así sea, que el adulto o el padre puedan dialogar con el niño en un intercambio en el cual el niño sea escuchado y esto lleve al adulto a reflexionar sobre sí y viceversa: una relación de yo a yo. Si así se diera, como creo que se da en el humor, no deja de representar a la vez dos visiones del mundo: una, como la del niño, más inmediata y expuesta al sufrimiento y la otra, que toma distancia de la inmediatez y asume una visión del yo que se trasciende a sí mismo.
Freud propone que “la persona, en una determinada situación sobreinviste su superyó y a partir de éste modifica las reacciones del yo” y luego: “Si efectivamente es el superyó el que habla al yo intimidado de un modo tan amorosamente consolador, hemos de tener en cuenta que tenemos aún mucho que aprender acerca de la esencia del superyó”.
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