Angélica Hernández - El cazador
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Mente Maestra, conoceremos a Dylan y su búsqueda incansable por encontrar aquello que le arrebataron.
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» Cuando los guardias lo dejaron, me acerqué para curarlo. Los otros chicos me ayudaron a arrastrarlo hasta el cuchitril donde dormíamos. Pude curar sus heridas, todas eras superficiales. El chico era Sander. Él rápidamente se hizo con confianza de todos y nos ayudó a tener esperanza. Yo me hacía cargo de los heridos y él robaba alimentos y mantas de los guardias. Su habilidad le ayudaba mucho, podía moverse muy rápido. Así estuvimos durante dos años. Hasta que nos enteramos, por medio de un Guardia que no era tan malo, que había más campamentos. Que los evolucionados se estaban saliendo de control y que había un lugar que se llamaba La Resistencia del Norte. Ese lugar era temido por todo aquel que tuviera algo que ver con el gobierno y la ciudadela. Decidimos que había llegado el momento de escapar. Solo que uno de los chicos se acobardó y nos echó de cabeza. Sander y yo seguimos con el plan, ya que, si no lo hacíamos, de igual manera nos matarían por haber intentado algo así. Incendiamos el lugar. Se quemaron guardias, cazadores y… niños, muchos de los niños.
» Yo trataba de ayudar a algunos, pero fui herida por una bala en el brazo. No podía seguir, así que Sander me cargó sobre sus hombros, llevándome a rastras hasta la salida, con un grupo de evolucionados siguiéndonos. Cuando sucedió, nos tenían rodeados, yo creí que íbamos a morir, pero Sander los atacó con una energía muy extraña e inestable. Era de color naranja y salía de sus manos como si fuera agua por una llave abierta. No pude retirarme a tiempo de su lado, y parte de esa cosa me alcanzó. Nunca he sentido nada tan doloroso en toda mi vida y eso que me utilizaban para experimentar.
» Lo último que recuerdo es que desperté en un lugar desconocido. Solo él y yo habíamos sobrevivido. No había tiempo para que me recuperara, así que huimos hacia el norte, pero nos encontrábamos con más niños que necesitaban ayuda, así que lo mejor que pudimos hacer fue internarnos en los túneles y ayudar a todos aquellos que buscaran un refugio —finalizó.
Dylan tragó saliva. Era algo que hacía cuando se sentía nervioso o cansado. Él conocía la historia, la había leído y escuchado de Lousen, pero nunca se imaginó cómo debió de haber sido para los demás. Es decir, él ayudaba a que los campamentos reventaran y los niños escaparan, pero solo porque Cheslay se lo pedía, nunca por iniciativa propia. Eso lo hacía respetar a Sander, pero solo un poco.
—Una historia interesante —dijo al fin.
—Me gustaría escuchar la tuya ahora —contestó la chica.
—Algún día. Lo prometo. Y, antes de que digas algo más, si le preguntas a Cheslay, ella te dirá que yo siempre cumplo mis promesas —replicó y medio sonrió—. Gracias por confiar en mí —agregó.
—No veo por qué no hacerlo. No has matado a ninguno de los nuestros y si aprendo a observarte… Has sufrido tanto como nosotros. —Se puso de pie y levantó la bandeja vacía— ¿Hay algo más que pueda hacer por ti? —preguntó antes de salir.
—Sí. Hay algo y es que realmente, no tienes idea de cuánto me gustaría tomar un baño.
Olivia soltó una risa y asintió.
—Hablaré con Sander a tu favor —respondió y salió del lugar.
Dylan se quedó solo, con los finos rayos de luz que se filtraban por las rendijas en la puerta. No quería quedarse dormido y, al parecer, ya no habían puesto sedantes en su comida, eso era bueno. Por lo menos ya tenía la confianza de la lectora de mentes y de Olivia. Debía ganarse la confianza del tres si lo que quería era recuperar a Cheslay.
La puerta sonó por segunda vez en ese día. ¿Ya era un día? ¿Semanas? Dylan no lo sabía. Levantó la vista, solo para encontrarse con el tres.
—Linda mañana para pasear —ironizó Sander.
—Gracias por aclararme que es temprano por la mañana —replicó Dylan. Era más o menos la primera conversación sensata que planeaba tener con él. Sander negó, pero no se rio de su broma.
—Anda. Levántate, te llevare a que te laves y luego a que comas de nuevo. Después… Ya veré qué hare después contigo.
—¿No vas a matarme? —preguntó mientras se ponía de pie.
—Aún no —respondió y le colocó las esposas. Dylan puso los ojos en blanco.
Sander caminaba al frente con él casi pisándole los talones. Ambos tenían un andar seguro y firme, como quienes saben que pueden atacar y defenderse en cualquier momento. Dylan sabía que si había un ataque justo ahí, quien perdería seria Sander, y no por fuerza o dominio de las habilidades, ya que ambos estaban en un nivel parecido, no, él ganaría porque no le importaban la mayor parte de las personas que vivían en ese lugar y a él sí. Solo esperaba que Cheslay o Azul, le importaba un comino como la llamaran, solo esperaba que ella no interviniera.
—Es un bonito lugar —dijo Dylan— ¿Quién es su decorador de interiores? Me gustaría hablar con él.
Sander lo miró por encima del hombro.
—¿Acaso el señor acaba de hacer una broma?
—Nunca dije que no tuviera sentido del humor —dijo Dylan encogiéndose de hombros.
—Eso sí me parece algo loco ¿Qué sigue? ¿Un apocalipsis zombi?
Dylan guardó silencio, no porque no quisiera responderle, sino porque no sabía lo que era un «zombi». Decidió que lo mejor era saber por dónde lo estaba llevando, para después poder moverse él solo, ya que su sentido de orientación fallaba en ocasiones. Iban por un largo pasillo de color metálico con las luces parpadeando. Podía ver que había bocinas en cada esquina y de ellas salía una música relajante. Veía cómo a partir de ese túnel se podía ir a muchos más, era como un laberinto, pero no era tan difícil, un cazador con un poco de cerebro podía entrar y matarlos mientas dormían. Pasaron por una de las salidas y Dylan pudo escuchar todas las voces de muchas conversaciones entremezcladas. Quiso mirar, pero Sander tiró de las cadenas, provocando dolor en sus manos.
—Auch —se quejó en voz alta.
El rubio no se inmutó.
Llegaron a un largo pasillo, donde había ordenadores y un chico más sucio de lo que él estaba, y eso ya era decir mucho. Era un controlador de máquinas, un chico de categoría siete. No era un peleador, sería muy fácil someterlo. El muchacho estaba perdido en cualquier cosa que estuviera haciendo, y no prestó atención a nadie.
Cruzaron una puerta metálica y Dylan se pudo mirar en un espejo. Su piel estaba muy pálida, había ojeras bajo sus ojos cafés, su cabello estaba revuelto en una mezcla de grasa, tierra y sangre. Tenía un hematoma sobre el pómulo derecho y sangre seca en el cuello y sobre la cara. En pocas palabras, estaba hecho un asco.
—¿Disfrutando de la vista? —preguntó Sander.
—Siempre y cuando el objeto de admiración sea yo, la vista siempre se disfruta —respondió irónicamente.
Sander sonrió ligeramente y lo empujó para que entrara en la siguiente puerta.
—Adentro está todo lo necesario para que te asees. Vendré por ti en… — lo miró de arriba abajo—. Media hora. Más te vale no intentar nada estúpido. —Y con esa amenaza, le quitó las esposas y lo dejó entrar al cuarto de baño.
No era mucho. Aunque tampoco se esperaba esto. Había huecos en el suelo, de los cuales salía despedido vapor. Era agua caliente, y a los lados había jabón, champú y todas esas cosas. Respiró profundo y se quitó la ropa. Algunas partes de la tela se habían quedado pegadas a su cuerpo a causa de las heridas, así que las arranco con un rápido movimiento y una mueca de dolor. No tenía otra ropa que ponerse y ni en sus más horribles sueños, usaría esa que estaba más sucia que el chico de los ordenadores. Se le escapó una risa al preguntarse cuál sería la reacción de Sander y Olivia si él decidía pasearse desnudo por los túneles.
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