Patricia Gibney - Las almas rotas

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Dos muertes, una desaparición y un secreto que pondrá a todos en peligro. Una mañana de diciembre, Cara Dunne aparece colgada en su cuarto de baño. Va vestida de novia y todo apunta a que se trata de un suicidio, pero esa misma tarde la policía encuentra otro cuerpo, el de la enfermera Fiona Heffernan, frente al hospital del pueblo de Ballydoon. Fiona iba a casarse al día siguiente y también llevaba un vestido de novia en el momento de su muerte.La inspectora Lottie Parker intuye que estas muertes no son meros suicidios y, al comenzar la investigación, descubre otra pieza del inquietante puzle: la hija de ocho años de Fiona ha desaparecido. A partir de ese momento, Lottie se embarca en una búsqueda frenética por encontrar al asesino y salvar a la niña. Sin embargo, los habitantes de Ballydoon guardan un peligroso secreto, y cualquiera podría ser el culpable. «Con más de un millón y medio de ejemplares vendidos, Gibney es uno de los mayores fenómenos literarios del año.» The Times

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—¿Sabe la vecina quién es el prometido? —Boyd metió las manos en las profundidades de sus bolsillos mientras la nieve, llevada por el viento, formaba remolinos a su alrededor.

—No. Asegura que no conocía demasiado a Cara Dunne.

—Pero pudo entrar en el apartamento.

Lottie suspiró.

—Tenía una llave de repuesto para emergencias. Entró porque oyó gritos. Tenemos que interrogar al médico de la planta baja.

—Yo me encargo.

—Y tómale las huellas y una muestra de ADN, para descartarlo de la investigación.

—Así lo haré —convino Boyd.

Lottie estudió la línea dura de su mandíbula.

—¿Va todo bien?

—¿Qué quieres decir?

—Pareces distante.

El detective rio.

—Solo estoy cansado de anoche.

—Ah, vale. —Lottie fue hasta la puerta abierta—. Si Cara fue asesinada, su atacante podría haber usado esta salida de emergencia para escapar.

—No hay manera de entrar en el edificio a menos que se deje la puerta abierta, así que o bien el asesino entró por la puerta principal o vive en el edificio.

—O alguien la dejó abierta y le permitió entrar por la puerta de emergencia.

—Les diré a los forenses que busquen huellas —dijo Boyd—, y empezaré con los interrogatorios puerta a puerta. —Pasó junto a Lottie, adelantándola.

Lottie dejó atrás el aire frío para entrar en la relativa calidez del pasillo, pero un escalofrío recorrió su piel. A Boyd le pasaba algo, y sentía que iba más allá del mal humor provocado por la resaca.

—Pueden trasladar el cuerpo a la morgue. —Tim Jones se había quitado el traje protector y lo metía en una bolsa marrón de pruebas. El garda Tom Thornton anotó los detalles en la bolsa con un rotulador y la selló.

—¿Puede decirnos algo, doctor Jones? ¿Cree que se trata de un asesinato? —quiso saber Lottie, contenta de hablar de trabajo en vez de sentimientos.

—Parece sospechoso.

—¿En qué sentido?

—En muchos, pero, para empezar, no sé cómo una mujer de constitución tan delgada habría atado el cinturón a esa altura con tanta fuerza. Aunque se hubiera puesto de pie en el taburete, sigue siendo demasiado baja, y necesitaría más fuerza en la parte superior del cuerpo.

—¿Algo más? —inquirió Lottie.

—Tiene arañazos en el cuello. Hay que practicarle la autopsia.

—¿Hora de la muerte? —La inspectora presionó en un intento de conseguir más información.

—Diría que ha fallecido en las últimas seis horas. De momento no puedo ser más concreto.

—¿Se encargará Jane Dore del post mortem? —indagó Lottie.

—Estoy seguro de que sí, si considero que la muerte es sospechosa. —Jones fue hacia las escaleras.

—Bueno, tenía razón —dijo Boyd.

—¿Sobre qué?

—No es posible que la víctima se haya colgado.

—Cosas más raras han ocurrido. —Pero Lottie estaba de acuerdo con él—. No he visto ningún otro objeto relacionado con la boda en el apartamento, aparte del vestido. Tú interroga al médico, y luego tenemos que conseguir más información sobre la señorita Cara Dunne.

7

Fiona Heffernan acabó sus rondas en el pabellón y recorrió apresuradamente el largo pasillo hasta los vestuarios, en la parte más antigua de la abadía. Sentía que la emoción aumentaba y comenzaba a ganar terreno al miedo. Mañana su vida cambiaría para siempre. Mañana iba a ser el primer día del resto de su vida. Mañana sería libre.

Hizo una pequeña danza, descalza sobre el frío suelo de piedra, antes de librarse de los pantalones de algodón azul marino y quitarse la túnica blanca. Colgó los pantalones en una percha de alambre y dobló la túnica sobre el suelo del vestuario. Un escalofrío erizó su piel y los pelitos negros de sus brazos se pusieron de punta mientras cogía una toalla y miraba por encima del hombro. Pese a que no había nadie más, tenía la desagradable sensación de que la observaban. El miedo regresó con toda su potencia y le sacudió la piel como una tormenta ártica.

Rodeó la fila de taquillas maltrechas, con la toalla esponjosa y blanca contra el pecho, y echó un vistazo. Estaba vacío. A su derecha había dos compartimentos estrechos con viejas duchas que goteaban sin cesar. Caminó de puntillas. El cambio en el sonido del goteo del agua de una de las duchas la hizo saltar. La cortina de plástico hacía mucho que se había desintegrado, y el óxido había convertido el blanco de los azulejos en amarillo ocre. Metió la mano y probó a girar el grifo en un intento de detener el goteo del agua. No cedía. Hizo lo mismo con la otra ducha, sin éxito.

Hacía un frío polar en la habitación, y Fiona sintió que había cosas más apetecibles en la vida que una ducha gélida al final de un turno. Decidió dársela más tarde.

Apretó los labios con determinación. Estaba a punto de vestirse cuando, por el rabillo del ojo, un destello blanco llamó su atención. Se quedó inmóvil, con el cuerpo en alerta máxima. Mientras aún agarraba la toalla con fuerza y se cubría la ropa interior, intentó escuchar.

Ahí estaba otra vez. Un aleteo y un nuevo destello blanco, a la derecha de donde se encontraba su taquilla de metal en la hilera de cinco. Saltó cuando el viento hizo temblar la única ventana de la habitación y los seis paneles de cristal cubiertos de escarcha vibraron en sus marcos; el viento agitaba la nieve formando patrones.

Fiona contuvo el aliento, evitó respirar el aire rancio, y dio un paso hacia delante.

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —soltó patéticamente.

Otro paso.

—¿Hola? ¿Quién anda ahí? ¿Hola?

Llegó al final de las taquillas y esperó junto a la última. Se esforzaba por contener el aliento, al tiempo que sus manos se agitaban de forma descontrolada por los temblores que sacudían su cuerpo. Asomó la cabeza por el costado del estrecho armario. Allí no había nadie.

Suspiró con alivio. Hasta que sintió un suave soplo de aire en la base de la nuca.

* * *

Mientras Boyd ponía el coche en reposo en la cola de tráfico sobre el puente, Lottie miraba por la ventanilla. Algunas secciones del canal estaban completamente congeladas. Las gallinulas hundían la cabeza entre los juncos, patinando sobre el hielo, buscando en vano algo de comer. Se fijó en una vieja barcaza atada a una pila de neumáticos en la orilla.

—¿Crees que alguien vive allí? —preguntó.

Boyd dio una calada a su cigarrillo electrónico y se encogió de hombros.

—No tengo ni idea. Tal vez también quieras investigarlo.

—No hace falta que te hagas el listillo. Ya tenemos suficiente trabajo. —Lottie se fijó en un hombre con un saco de dormir sobre los hombros que zigzagueaba entre los vehículos parados. Las luces de Navidad, aún sin encender, se extendían a lo ancho de la calle principal. El tráfico se movió lentamente.

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