Patricia Gibney - Las almas rotas

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Dos muertes, una desaparición y un secreto que pondrá a todos en peligro. Una mañana de diciembre, Cara Dunne aparece colgada en su cuarto de baño. Va vestida de novia y todo apunta a que se trata de un suicidio, pero esa misma tarde la policía encuentra otro cuerpo, el de la enfermera Fiona Heffernan, frente al hospital del pueblo de Ballydoon. Fiona iba a casarse al día siguiente y también llevaba un vestido de novia en el momento de su muerte.La inspectora Lottie Parker intuye que estas muertes no son meros suicidios y, al comenzar la investigación, descubre otra pieza del inquietante puzle: la hija de ocho años de Fiona ha desaparecido. A partir de ese momento, Lottie se embarca en una búsqueda frenética por encontrar al asesino y salvar a la niña. Sin embargo, los habitantes de Ballydoon guardan un peligroso secreto, y cualquiera podría ser el culpable. «Con más de un millón y medio de ejemplares vendidos, Gibney es uno de los mayores fenómenos literarios del año.» The Times

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Beth se quedó pasmada en medio de la atestada oficina, con las mangas de la chaqueta a medio poner y el bolso entre las piernas.

—¿Qué?

—Ya me has oído. Ten un poco de compasión.

¿De qué diablos hablaba?

—Es el segundo en tres semanas. Tal vez esté ocurriendo algo sospechoso.

—¿Segundo qué?

Beligerante era una palabra que Beth usaba a menudo para describir a su padre, y ahora su jefe se estaba ganando la misma distinción.

—El segundo suicidio —explicó.

—Ya causaste bastante revuelo con el artículo sobre el primero hace unas semanas. No debería haberte dado el visto bueno —arguyó Nick—. ¿Y quién te ha dicho que ha habido otro?

Beth se subió la cremallera de la chaqueta, evitando su mirada, y contuvo la réplica malsonante que quería lanzarle mientras consideraba su situación. Tenía un contrato renovable de seis meses. Necesitaba el trabajo y no podía permitirse cagarla por enfadar al jefe. Pero no podía decir que había sido un mensaje anónimo.

—Lo he visto en Twitter —mintió.

—Enséñamelo.

Buscó en su teléfono.

—Oh, lo han quitado.

—¿Qué quieres decir con «quitado»?

Era un dinosaurio.

—A veces los administradores de Twitter borran contenido inapropiado. Ya sabes, si alguien pone una queja.

—¡Ajá! Ves, y tú querías difundir contenido inapropiado en la primera página de nuestra próxima edición. Quítate el abrigo y siéntate. Termina el artículo sobre los mercadillos navideños. Eso es lo que quieren nuestros lectores, una historia alegre en la primera página. No olvides que más tarde tienes que cubrir el encendido de las luces.

Beth hizo lo que le mandaban.

—¿Nos vamos o no? —preguntó Ryan, y se pasó la tira de la cámara sobre el hombro.

—Cierra el pico y siéntate —respondieron Beth y Nick al unísono.

* * *

Ryan Slevin metió su chaqueta enrollada bajo el escritorio, tratando de disimular su irritación, y dio un empujoncito al ratón para encender el ordenador. Tras conectar la cámara a la consola, esperó y observó la pantalla mientras se cargaban las fotos de los mercadillos navideños que había sacado antes.

Evaluó las imágenes mientras se mordía el labio, y decidió que tendría que usar Photoshop para que fueran dignas del periódico. La mayoría estaban oscuras y llenas de sombras, sacadas bajo los toldos que colgaban sobre las casetas colocadas a lo largo de la calle. Revisó el resto de las fotografías. Al menos había capturado a algunos niños en ellas: Nick siempre decía que los niños vendían periódicos. Ryan esperaba que usar sus nombres no supusiera un problema. La mayoría de ellos estaban de camino a la biblioteca. Sin el permiso de los padres, tendría que improvisar. El profesor había dicho que no pasaba nada, así que qué diablos. Los niños vendían periódicos.

Sintió una sombra junto a su hombro mientras trabajaba. Luego revoloteó sobre el escritorio y oscureció la pantalla.

—¿Buscas niños en pelotas, Ryan?

Slevin activó automáticamente el salvapantallas antes de levantar la vista hacia Beth, con su enorme sonrisa, ojos centelleantes y pelo negro y brillante.

—Pírate —respondió Ryan.

—Necesito una foto bastante grande, o tal vez un montaje con cuatro o cinco, para cubrir cuatro columnas en la portada. —Se sentó en el borde del escritorio. El fotógrafo sintió como si violara su espacio personal.

—¿Por qué?

—Porque no tengo qué coño escribir. Además, los niños venden…

—Periódicos. —Ryan rio—. Déjamelo a mí. —Cuando Beth regresó a su escritorio, añadió—: ¿Ya has escrito el artículo?

—¿Qué se puede escribir? Un tío vestido de Santa Claus que canta «Rudolph» desafinando mientras enciende un interruptor de mentira para iluminar las casetas. Por la mañana. Por el amor de Dios.

—Estaba bastante oscuro. —Sabía que era un argumento patético.

—Sonrisas anchas en rostros felices, Ryan. Es todo lo que necesitamos para que el jefe esté contento.

Ryan encendió la pantalla y revisó las fotos. Entonces fue cuando lo vio. En una fotografía. Hizo clic con el ratón y amplió la imagen. No podía ser. ¿O sí?

—Mierda.

—¿Qué? —dijo Beth.

—Nada.

—No las estropees.

—Llevo aquí mucho más tiempo que tú, así que no me des órdenes. —Solo bromeaba a medias, y fijó de nuevo la vista en la pantalla.

Mientras golpeaba nerviosamente el suelo con el pie, pensó en la instantánea que había sacado, y un escalofrío le recorrió la columna.

6

El contraste entre el apartamento de Eve Clarke y el de Cara Dunne era notable. La pintura en intensos colores primarios de los llamativos muebles le daba un aire moderno. Eve sirvió dos tazas de café de una jarra. El aroma no cubría un olor que Lottie reconoció como alcohol y cigarrillos. Se sentó en una silla de color amarillo chillón con cojines rojos y cogió la taza que la mujer le ofrecía.

—Lo de Cara es horrible —comentó Eve mientras se sentaba frente a ella.

El café estaba bueno. Lottie sintió que le calentaba los dedos de los pies. Eve la miraba fijamente, con los ojos muy abiertos tras unas gafas con montura dorada. Sus vaqueros negros estaban planchados, su camisa blanca inmaculada, con dos botones abiertos a la altura del cuello que no ocultaban un anillo de arrugas. Era delgada como un palo, y tendría unos cincuenta y cinco años. Las manos también la delataban. Una quebrada de manchas provocadas por el sol salpicaba su piel.

—¿La conocía bien?

—Solo de vista. —El rostro de Eve no denotaba expresión alguna. No había lágrimas por su vecina muerta.

—Pero sospechó que le había ocurrido algo. ¿Por qué?

—Las paredes en estos apartamentos son como de papel. Si el bebé de mi vecina del otro lado llora, lo oigo. Esos son los Cullen. Nunca escucho nada del lado de Cara. Ni siquiera la televisión.

—Entonces, ¿qué la alertó?

—Oí voces y, luego, nada durante diez minutos. Hasta que escuché un portazo.

—¿Era inusual que Cara tuviera visitas?

—En los últimos meses, sí.

—¿Y usted está en casa todo el día, cada día?

Eve se sonrojó.

—Solía trabajar, pero entonces mi matrimonio se fue a pique. Me fui al extranjero durante unos años. Desde que regresé a Ragmullin, no he conseguido un trabajo.

—¿Cuánto lleva viviendo aquí? —Lottie recorrió con la mirada el ordenado apartamento.

—Casi un año.

—¿Y Cara ha vivido en el piso contiguo todo ese tiempo?

—Estaba aquí antes de que yo llegara.

—¿Vive usted sola? —Lottie pensó que, por el aspecto del apartamento, parecía que nadie viviera allí. Aunque, pensándolo mejor, el olor rancio indicaba lo contrario.

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