Patricia Gibney - Las almas rotas

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Dos muertes, una desaparición y un secreto que pondrá a todos en peligro. Una mañana de diciembre, Cara Dunne aparece colgada en su cuarto de baño. Va vestida de novia y todo apunta a que se trata de un suicidio, pero esa misma tarde la policía encuentra otro cuerpo, el de la enfermera Fiona Heffernan, frente al hospital del pueblo de Ballydoon. Fiona iba a casarse al día siguiente y también llevaba un vestido de novia en el momento de su muerte.La inspectora Lottie Parker intuye que estas muertes no son meros suicidios y, al comenzar la investigación, descubre otra pieza del inquietante puzle: la hija de ocho años de Fiona ha desaparecido. A partir de ese momento, Lottie se embarca en una búsqueda frenética por encontrar al asesino y salvar a la niña. Sin embargo, los habitantes de Ballydoon guardan un peligroso secreto, y cualquiera podría ser el culpable. «Con más de un millón y medio de ejemplares vendidos, Gibney es uno de los mayores fenómenos literarios del año.» The Times

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—¿Te apetecen unas patatas fritas? —dijo Boyd, y señaló con la cabeza el Café Malloca.

—Es una idea genial. Mira, un sitio para aparcar. No, allí.

Con un gruñido, Boyd metió el coche en el diminuto espacio y apagó el motor.

—Con mucho vinagre —agregó la inspectora.

—Muy bien. —El sargento salió del coche y esperó a cruzar la calle.

Lottie golpeó la ventanilla.

—Será mejor que traigas un par de bolsas para Kirby y McKeown. Y salsa de curry . Es buena para la resaca.

Sonrió para sí misma mientras Boyd rezongaba ruidosamente y se abría paso entre los coches atascados. Lottie apoyó la cabeza contra el cristal. La calle se veía muy aburrida con las luces apagadas. Fue entonces cuando recordó que tenía que llevar a su nieto a ver la ceremonia oficial de encendido aquella tarde. ¡Mierda! El día se le escapaba de las manos. Había llevado una eternidad precintar el apartamento de Cara Dunne y organizar a los uniformados para que hicieran los puerta a puerta; luego, Boyd había interrogado y tomado las huellas al doctor, que solo confirmó lo que Eve Clarke había dicho. Cara Dunne estaba muerta cuando accedió a su apartamento, pero no llevaba mucho tiempo así.

Se golpeó la frente con la palma de la mano. El post mortem de Cara seguramente sería sobre las cinco y debía estar presente. Pero también quería estar con su nieto, Louis, el hijo de Katie. Se enfrentaba a un dilema. Tal vez Boyd podría acudir al post mortem. Entonces, recordó que había pedido la tarde libre. Bueno, eso estaba descartado, ahora que lidiaban con una muerte sospechosa. Se preguntó para qué la necesitaría. Era muy extraño que su compañero se ausentara del trabajo, aunque últimamente era más habitual.

Mientras lo veía atravesar la calle cargado con una gran bolsa marrón en la mano, el móvil le vibró en el bolsillo. El comisario en funciones McMahon. Mierda, todavía no había terminado el informe de noviembre.

* * *

Al abrir los ojos, Fiona sacudió la cabeza y descubrió que intentar moverse era un error. Una punzada de dolor le recorrió el cerebro como una lluvia de meteoritos. Parpadeó en un esfuerzo por hacer desaparecer el caleidoscopio de estrellas.

Su mano tocó algo suave y frío. ¿Frío? Temblaba sin control, y se dio cuenta de que estaba tumbada boca arriba. Al alzarse ligeramente, algo húmedo le resbaló por la cara. Lo saboreó en la comisura de los labios. Era sangre.

Pestañeó de nuevo. Bajo los párpados pesados, miró el cielo oscuro en el que latía una nube de nieve. Se encontraba en el exterior. Pero ¿cómo? Recordó los vestuarios y a alguien detrás de ella. Un recuerdo borroso trataba de formarse en su mente. Alguien le cubrió la cabeza con brusquedad. Una tela suave contra su piel helada. Alguien la arrastró a través de la puerta, escaleras arriba. La llevaba a la azotea. ¡La azotea!

Trató de mover la mano, pero no lo consiguió. Sentía los dedos como si fueran bloques de hielo sólidos, y se preguntó por qué estaba cubierta de blanco. ¿Nieve? No, era algo más pesado.

Había algo negro junto a su cabeza. Aquello se movió y dejó una huella tras de sí. Una bota apareció en el otro lado. Sintió la aspereza de unas manos enguantadas que la agarraban por las axilas, pellizcándole la piel. Su cuerpo se alzó hasta quedar de pie. Aunque, en realidad, no estaba de pie, sino que la sostenían. La cabeza le martilleaba con un horrible dolor y no comprendía qué ocurría. Sabía que había un sitio en el que debía estar, alguien a quien tenía que llamar. Pero ¿dónde? ¿A quién?

Veía el paisaje que se extendía frente a sus ojos. El sol del atardecer se hundía como una sombra en el horizonte prácticamente cubierto por la nieve que caía. Los árboles se mecían en el viento. Y en la distancia, casi escondidas por la ventisca, estaban las estatuas. Fiona sabía dónde se encontraba con exactitud, y en ese instante supo que sus treinta y cuatro años de vida terminarían contra el suelo a sus pies.

Abrió los labios para protestar, para suplicar clemencia, porque en ese momento de claridad surrealista supo dónde tenía que estar. Que la arrastraran hasta el borde de un precipicio no estaba en sus planes ese día. No, había tenido otros planes en mente. Y todos se desintegraban en las diminutas partículas de nada oscura a la que se dirigía. Al más allá.

No podía hablar ni gritar.

Perdió la concentración y se balanceó.

Estaba condenada.

8

Cuando terminaron de comer las patatas fritas, Lottie encomendó a Kirby y McKeown el trabajo de recopilar información sobre Cara Dunne, en particular descubrir quién era su prometido, dónde vivía y trabajaba. Necesitaba interrogarlo y descartarlo de la investigación… o no.

Su instinto le decía que se enfrentaban a un asesinato, aunque tendría que esperar la confirmación de los resultados de la autopsia para saberlo con seguridad. De los dedos emanaba el olor a vinagre, incluso después de haberse lavado y frotado vigorosamente las manos con las toallitas de bebé que llevaba en el bolso.

—¿Podemos hablar un momento? —Boyd entró el despacho y cerró la puerta.

—Claro, siéntate.

—Es sobre las horas libres que pedí. Realmente tengo que irme a las cuatro y media. ¿Te parece bien?

Lottie miró el reloj en la pared.

—Boyd, por el amor de Dios. Quiero que contactes con los forenses y la patóloga. Hasta que estemos seguros de qué le ha ocurrido a Cara Dunne, debemos tratarlo como una investigación abierta.

—Todo eso ya lo sé. —El sargento se sentó y apoyó los codos sobre el escritorio de Lottie, con una mano bajo la barbilla—. Pero tengo que ir a casa, a Galway. Ya sabes que casi nunca pido horas libres y…

—¿Qué ocurre en Galway? También pasaste un día allí la semana pasada. —«Mierda», pensó. Los asuntos de Boyd no eran cosa suya, pero aun así sintió que le ocultaba un secreto. Los amigos no tienen secretos, ¿verdad? Y ella y Boyd eran más que amigos.

—Es mi madre —respondió él, y se removió incómodo en la silla—. Tiene una cita con el médico y me ha pedido que la acompañe.

—¿No puede hacerlo Grace? —Lottie había conocido a la hermana de Boyd y le caía bien.

—Ya sabes cómo es Grace, así que no, no puede.

Lottie se enfadó por el reproche implícito en su tono. Soltó un suspiro ruidoso y añadió:

—¿Qué hay del post mortem de Cara?

—Todavía no lo han programado.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque he llamado para preguntarlo. Tim Jones ha dicho que podría ser mañana antes de que Jane Dore llegue de Dublín.

—Muy bien. Supongo que no tiene sentido hacer que te quedes si vas a trabajar sin ganas.

—Dios, Lottie, no te lo tomes como algo personal. —El sargento se puso en pie.

—No lo hago. Estoy bajo presión. Tenemos mucho trabajo, Boyd, por no mencionar los informes de rendimiento de noviembre, y te quieres largar a Galway. Tengo a McMahon encima. Dios, dame fuerzas.

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