Patricia Gibney - Las almas rotas

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Dos muertes, una desaparición y un secreto que pondrá a todos en peligro. Una mañana de diciembre, Cara Dunne aparece colgada en su cuarto de baño. Va vestida de novia y todo apunta a que se trata de un suicidio, pero esa misma tarde la policía encuentra otro cuerpo, el de la enfermera Fiona Heffernan, frente al hospital del pueblo de Ballydoon. Fiona iba a casarse al día siguiente y también llevaba un vestido de novia en el momento de su muerte.La inspectora Lottie Parker intuye que estas muertes no son meros suicidios y, al comenzar la investigación, descubre otra pieza del inquietante puzle: la hija de ocho años de Fiona ha desaparecido. A partir de ese momento, Lottie se embarca en una búsqueda frenética por encontrar al asesino y salvar a la niña. Sin embargo, los habitantes de Ballydoon guardan un peligroso secreto, y cualquiera podría ser el culpable. «Con más de un millón y medio de ejemplares vendidos, Gibney es uno de los mayores fenómenos literarios del año.» The Times

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—Entonces, ¿lo es? —Lottie sacó partido de sus palabras. Recordaba la muerte reciente en el bosque del lago Doon, a menos de tres kilómetros del pueblo.

—No he dicho que lo sea. Y ambos sabemos que la muerte de la señorita Dunne es muy sospechosa.

La inspectora observó mientras McGlynn daba instrucciones a un asistente para que fotografiara el cuerpo in situ y a otro para que grabara sus acciones y movimientos.

—¿Qué fotografías? —preguntó.

—Sus brazos.

—Eso ya lo veo, pero lo que no veo es qué relevancia tienen. —Un viento cortante del este levantó durante un momento la tela del vestido de la víctima antes de que volviera a descansar sobre el cuerpo.

—Quizá haya señales de pelea —masculló McGlynn.

—¿Y las hay?

—No eres nada paciente.

—Lo sé.

Lottie se acercó más. Los brazos de la joven estaban extendidos. La seda del vestido sin mangas se infló una vez más. Las piernas estaban desnudas, sin zapatos ni medias. Su pelo negro azabache contrastaba contra el perfil visible de su pálido rostro.

—¿Murió a causa del impacto o ya estaba muerta?

McGlynn se inclinó sobre el cuerpo.

—Dios, dame paciencia. —Dio un largo suspiro al viento—. No hay nada evidente a simple vista, pero la patóloga podrá determinar la causa de la muerte. Aunque fíjate en esto.

Lottie se inclinó y vio un enorme corte en la frente.

—¿Traumatismo pre mortem?

McGlynn la miró con furia.

—Si así es como le llamas a recibir un golpe en la cabeza poco antes de morir, entonces sí.

—¿Se cayó o la golpearon con algo?

—Yo no hago…

—Magia. Vale. —Lottie miró la pequeña multitud que se había reunido en la nieve al otro lado del cordón—. ¿Quién encontró el cuerpo?

—¿Cómo voy a saberlo? —gruñó McGlynn.

Lottie y Boyd fueron hacia el sargento que se esforzaba por contener a los rezagados detrás de la tensa cinta de la escena del crimen.

—¿Quién fue el primero en llegar a la escena?

El hombre comprobó su libreta.

—Un enfermero. Alan Hughes.

—¿Un enfermero?

—Esto es un asilo.

—Ya lo sé.

Lottie miró a McGlynn, que ahora trabajaba bajo un trípode, montado de cualquier manera, con una luz halógena. Algunos miembros de su equipo intentaban, sin éxito, levantar una tienda sobre el cuerpo. Cada vez parecía más la escena de un crimen. La segunda muerte en solo unas horas, ambas mujeres vestidas de novia. Demasiada coincidencia, pensó Lottie mientras estudiaba la multitud. Se sorprendió al ver a su amigo, el padre Joe Burke, en medio. ¿Qué hacía allí? Antes de que fuera hacia él, un hombre se acercó. Llevaba el pelo escondido bajo un gorro negro, una tosca barba cubría su mandíbula y, por lo que Lottie veía, sus ojos eran tan oscuros como su gorro.

—Soy Alan Hughes. —Tenía la voz ronca y áspera—. Yo la encontré.

—¿Está bien? —preguntó Lottie.

—Tengo la gripe. —El hombre estornudó en un pañuelo de papel.

Lottie se volvió hacia su colega uniformado.

—Toma los datos a todo el mundo y anota cualquier información que puedas conseguir. Dónde estaban, cuándo vieron por última vez a la difunta. Ya sabes cómo va. Y asegúrate de que no contaminen la escena. Que no se marche nadie hasta que hayan interrogado a todo el mundo. Boyd, tú quédate con McGlynn y mira qué puedes averiguar. Yo voy a tener una pequeña charla con el señor Hughes.

La inspectora se deshizo del traje blanco protector y lo metió en la bolsa de papel que le ofrecían antes de pasar por debajo de la cinta. Condujo a Hughes hacia el coche de policía sin identificación. Podría haberlo llevado al interior de la abadía, pero pensó que, tal vez, el hombre hablaría con más libertad en otro lugar. A veces, alejar a los testigos de la escena del crimen los ayudaba a sincerarse. Cuando el hombre estuvo instalado en el asiento del copiloto, Lottie se sentó junto a él.

Hughes temblaba visiblemente cuando se quitó el gorro. Tenía el pelo muy corto, salpicado de canas, y sus manos eran grandes; Lottie pensó que parecía más un granjero que un enfermero. El hombre se giró en el asiento y la inspectora captó un brillo en sus ojos. ¿Miedo o tristeza? A veces le resultaba difícil diferenciar ambas emociones.

—Señor Hughes… ¿Puedo llamarlo Alan?

—Sí.

—Alan, cuéntemelo todo. Desde el principio.

—¿Qué quiere saber?

«Oh, Dios», gruñó Lottie en silencio.

—¿Conoce el nombre de la difunta?

—¿La difunta?

—Sí.

—Es Fiona Heffernan —contestó el hombre—. Trabajaba con ella.

—¿Es enfermera?

—Era enfermera.

—¿Había dejado el trabajo?

—No, se ha tirado desde el puto tejado.

Lottie golpeteó el volante con los nudillos.

—¿Fiona trabajaba hoy?

—Sí. Su turno era desde las ocho y media hasta las tres.

—¿Dónde vivía?

—No lo sé.

—¿Era del pueblo?

—¡No lo sé! —La voz del hombre subió una octava, y perdió el timbre tosco y varonil.

—¿Tiene alguna idea de qué hizo después de su turno?

—Mire, inspectora, no quiero ser grosero, pero yo acababa de llegar al trabajo. Estoy en el turno de tarde. Aparqué el coche e iba a entrar cuando la vi. Ahí tirada, como un ángel de nieve. —El hombre ahogó un sollozo.

—Esa es una buena descripción. —Lottie miró por la ventanilla, por encima del hombro de Hughes, escaneó el edificio hasta el tejado y bajó de nuevo hasta el cuerpo—. ¿Tiene alguna idea de por qué la señorita Heffernan llevaba un vestido de novia?

—No, la verdad. —Se encogió de hombros—. Al menos, no hoy.

Lottie frunció el ceño.

—¿No hoy? ¿Qué quiere decir con eso?

—Le diré lo que quiero decir. Fiona no iba a casarse hasta mañana.

* * *

Después de ordenar que extrajeran una muestra de ADN a Alan Hughes y que lo llevaran a la comisaría para tomarle las huellas y hacerle un interrogatorio formal, Lottie buscó al padre Joe. Temblaba bajo la pesada parka, con la capucha bien ajustada alrededor de la cara. Lo reconocería en cualquier parte.

—¿Qué te trae por aquí? —preguntó.

—Las visitas de la tarde. Administrar a los enfermos es parte de mis deberes como sacerdote, ya sabes.

—Pero esta no es tu parroquia —terció Lottie, y se masajeó las manos furiosamente para activar la circulación.

—El padre Curran no podía venir hoy, así que me lo pidió a mí. Él es el sacerdote en esta zona, por cierto.

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