Patricia Gibney - Las almas rotas

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Dos muertes, una desaparición y un secreto que pondrá a todos en peligro. Una mañana de diciembre, Cara Dunne aparece colgada en su cuarto de baño. Va vestida de novia y todo apunta a que se trata de un suicidio, pero esa misma tarde la policía encuentra otro cuerpo, el de la enfermera Fiona Heffernan, frente al hospital del pueblo de Ballydoon. Fiona iba a casarse al día siguiente y también llevaba un vestido de novia en el momento de su muerte.La inspectora Lottie Parker intuye que estas muertes no son meros suicidios y, al comenzar la investigación, descubre otra pieza del inquietante puzle: la hija de ocho años de Fiona ha desaparecido. A partir de ese momento, Lottie se embarca en una búsqueda frenética por encontrar al asesino y salvar a la niña. Sin embargo, los habitantes de Ballydoon guardan un peligroso secreto, y cualquiera podría ser el culpable. «Con más de un millón y medio de ejemplares vendidos, Gibney es uno de los mayores fenómenos literarios del año.» The Times

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—Lo haré, en cuanto me explique qué le ha ocurrido a Cara.

—Se ha encontrado el cuerpo esta mañana en su apartamento. Su muerte parece sospechosa.

—¿Lo parece o lo es?

—No parece demasiado preocupado por ella. —Estos jueguecitos le tocaban las narices a McKeown. Contuvo las ganas de agarrar a O’Carroll del cuello de la camisa y tirarle de la coleta. En vez de eso, lo miró fijamente, con los ojos entrecerrados. Surtió efecto.

O’Carroll suspiró.

—Cara y yo rompimos hace tres meses. Se lo diré, porque de todas formas lo oirá de sus colegas profesores, que no fue mutuo. Ya no siento nada por ella. El hecho de que esté muerta, bueno, es triste. Era una buena profesora, pero ya no nos hablábamos.

—¿Por qué rompieron?

—Eso es asunto mío.

—Ahora también es mío.

—Creo que llamaré a mi abogado.

—Eso solo lo hace parecer culpable.

—He estudiado abogacía y conozco mis derechos. También sé que soy la primera persona a la que tratarán de colgar el muerto.

—Curiosa elección de palabras, Steve.

—¿Qué quiere decir?

Era un cabrón desconfiado, pensó McKeown.

—Sabe lo que le ocurrió a Cara.

—¿Eso es una pregunta o una afirmación?

—Una afirmación.

—No tengo ni idea de qué le ha pasado.

—Entonces no le importará decirme dónde ha estado esta mañana.

O’Carroll profirió un largo suspiro.

—He estado en casa y luego he venido al trabajo.

—¿A qué hora?

—Sobre las diez, a la hora de siempre.

—Estoy seguro de que comprobaremos cuándo llegó. ¿Puede alguien responder sobre su paradero antes de las diez?

—No. ¿Hemos terminado?

—No, no hemos terminado. —McKeown se rascó el costado de la mandíbula e intentó encontrarle el truco a su oponente. Una cosa era segura: O’Carroll sería un excelente jugador de póker—. ¿Cuándo fue la última vez que vio a la señorita Dunne?

—¿Está sordo? Rompimos. No sé cuándo la vi por última vez. Ahora, llamaré a mi abogado. A menos que esté aquí para arrestarme, me gustaría que se marchara.

—Necesitamos sus huellas y una muestra de ADN para descartarlo de la investigación.

—Después de que haya contactado con mi abogado. —O’Carroll se puso en pie y se situó detrás de la barra, donde comenzó a meter de mala manera botellas en la nevera.

McKeown le hizo un gesto con la cabeza a su colega, que había permanecido en la entrada. Se levantó, se colocó la chaqueta y abrió la puerta, con lo que entró una ráfaga de aire helado. Sin duda, su jefa estaría interesada en O’Carroll.

—Volveré —dijo, y se sintió como Arnold Schwarzenegger. Si tan solo pudiera quitarse el olor a vinagre de los dedos…

11

En cuanto Lottie puso al día a Kirby, buscaron a Boyd y entraron en el edificio en dirección al vestuario donde uno de los empleados había visto a Fiona dirigirse después de su turno.

Los forenses ya estaban allí. Habían encontrado una pequeña área en el suelo con un rastro de sangre. «La herida en la cabeza de Fiona», consideró Lottie. Después de echar un vistazo alrededor, le dijo a Kirby que revisara las taquillas y las duchas, mientras Boyd y ella subían por las escaleras hasta el tejado. Eran de piedra. Para cuando llegaron al último escalón, a Lottie le daba vueltas la cabeza.

—No se aprecian señales de lucha en el camino —afirmó Boyd—. Eso considerando la posibilidad de que la trajeran aquí contra su voluntad.

Lottie examinó la puerta que tenía delante y giró el viejo pomo de latón. Esta se abrió hacia fuera sin resistencia. El viento le golpeó en la cara al salir. Tardó un momento en recuperar el aliento. Se había puesto los patucos y los guantes, y Boyd, todavía vestido con el traje protector, llevaba una bolsa de pruebas de papel marrón, por si hallaban algo sospechoso. Dos forenses se encontraban ya allí y sacaban fotos.

—No hay huellas —observó Boyd.

—No ha parado de nevar —comentó Lottie.

Caminaron con cuidado sobre los palés metálicos que los forenses habían colocado y llegaron a la zona donde era probable que Fiona hubiera dado sus últimos pasos.

Boyd se agachó y apartó con la mano algunos copos de nieve húmeda.

—¿A qué hora se descubrió el cadáver?

—El testigo dice que aparcó el coche después de las tres —respondió la inspectora.

—Eso fue hace más de una hora. Y como has dicho, no ha parado de nevar.

Lottie miró a los forenses.

—¿Alguna huella?

Ambos negaron con la cabeza.

—Si las había, la nieve las ha borrado —dijo uno de ellos.

Pescó a Boyd mirando el reloj mientras avanzaba hacia el borde del parapeto. Se movió hacia el extremo hasta que estuvo frente a la escena de abajo, observó la zona y luego estudió el terreno a su alrededor. Esperaba que los forenses encontraran algo.

—¿Tenemos al personal y las visitas controlados? —preguntó a Boyd.

—Los están interrogando en la cafetería. —El sargento se dirigía de nuevo hacia la puerta.

—¿Y los pacientes? —Dios, Boyd era un grano en el culo.

—La mayoría no puede levantarse de la cama. Los uniformados están cotejando cada persona con el registro. Creo que todo es una pérdida de tiempo. Es evidente que saltó.

—Yo no lo creo. Iba a casarse mañana.

—Ahí lo tienes —terció Boyd.

Lottie se encogió al oír su voz cargada de sarcasmo. Tenía tanto frío que era incapaz de encontrar una respuesta inteligente. En vez de eso, dijo:

—Fiona es la segunda persona que encontramos muerta vestida de novia en el espacio de unas horas. Es sospechoso, Boyd.

A lo lejos, cerca del horizonte, le pareció ver una luz que se movía entre los árboles.

—¿Qué hay del personal que trabaja fuera?

—¿A qué te refieres?

Lottie mantuvo la mirada fija e ignoró la ventisca que le traspasaba la chaqueta.

—¿Jardineros, mantenimiento de la zona? Me ha parecido ver a alguien, entre los árboles. ¿Qué hay allí?

—Tendré que comprobarlo.

—Si no me falla la memoria, hay unas estatuas de tamaño real que representan el viacrucis, y más allá hay parcelas o huertos. Junto al linde del bosque, corre un río que atraviesa el terreno. —Rescató, de algún lugar en los posos de un recuerdo, la imagen de su madre llevándola allí cuando era una niña, para rezar y encender velas en la capilla por su hermano desaparecido.

—¿En qué piensas, Lottie?

Sintió el calor del aliento de Boyd en el rostro cuando este le habló.

—Estoy pensando que hay alguien ahí fuera que nos observa. Vamos. —Giró sobre sí misma.

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