Patricia Gibney - Las almas rotas

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Dos muertes, una desaparición y un secreto que pondrá a todos en peligro. Una mañana de diciembre, Cara Dunne aparece colgada en su cuarto de baño. Va vestida de novia y todo apunta a que se trata de un suicidio, pero esa misma tarde la policía encuentra otro cuerpo, el de la enfermera Fiona Heffernan, frente al hospital del pueblo de Ballydoon. Fiona iba a casarse al día siguiente y también llevaba un vestido de novia en el momento de su muerte.La inspectora Lottie Parker intuye que estas muertes no son meros suicidios y, al comenzar la investigación, descubre otra pieza del inquietante puzle: la hija de ocho años de Fiona ha desaparecido. A partir de ese momento, Lottie se embarca en una búsqueda frenética por encontrar al asesino y salvar a la niña. Sin embargo, los habitantes de Ballydoon guardan un peligroso secreto, y cualquiera podría ser el culpable. «Con más de un millón y medio de ejemplares vendidos, Gibney es uno de los mayores fenómenos literarios del año.» The Times

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Boyd permaneció donde estaba.

—¿No vas a quedarte para buscar posibles pruebas?

—Los forenses lo tienen controlado, y, de todos modos, la nieve lo conservará… si es que hay algo aquí —dijo Lottie—. Encuentra a alguien que conozca el terreno.

—Después de eso, tengo que marcharme. Lo siento, pero es importante para mí… para mi madre.

—Vete, entonces. —Quería decir algo más, hablar con él, descubrir qué ocurría. Sin embargo, no era el momento. Más tarde. Mañana. Sí, sin duda, mañana.

Con una última mirada hacia la zona en donde había visto la luz, Lottie salió rápidamente por la puerta y bajó las escaleras, mientras sentía como si una sombra se cerniera sobre ella.

* * *

Boyd organizaba a los uniformados antes de marcharse, y Lottie cogió una linterna grande del maletero del coche. Avanzó por un estrecho sendero que partía en dos un patio cubierto de nieve. Su cerebro le decía que perdía el tiempo, pero su instinto, que Fiona Heffernan no se había suicidado. La sangre en el suelo del vestuario y el traje… Habían encontrado a dos mujeres vestidas de novia muertas, y eso eran circunstancias muy sospechosas. Tanto Cara como Fiona habían sido asesinadas; solo tenía que demostrarlo.

Llegó a una bifurcación al final del sendero. Se dirigió a la izquierda y atravesó un puente de piedra. Debajo, el agua corría furiosa, demasiado rápido como para congelarse. Al otro lado, el camino viraba hacia la derecha. Le pareció ver una luz que parpadeaba entre los árboles. Se agachó y siguió avanzando, mientras las ramas se le enganchaban en el pelo y sus botas se hundían en la gruesa nieve. La linterna arrojaba un haz frente a ella y estaba segura de que no había más huellas que el rastro que había dejado atrás. Después de algunos minutos, encontró el origen de la luz.

Entre las estatuas del viacrucis, un Jesús colgado de una enorme cruz de madera se alzaba imponente ante ella, iluminado por un foco en el pedestal. Avanzó. Debía de ser el resplandor que había visto. Aunque, por otra parte, el foco estaba fijo, y estaba segura de que la luz se había movido. ¿Habría sido el viento?

Cuando se dio la vuelta para marcharse, los árboles susurraron y la nieve empezó a caer con fuerza. Se ajustó la capucha, tomó un camino distinto y giró a la derecha hacia la abadía mientras sus ojos seguían la dirección del río. El terreno era plano donde los árboles cargados de nieve rompían filas. Detrás de ellos, había una casa y un corral. Junto al seto que rodeaba la propiedad vio a un hombre de pie con una linterna en la mano. Lottie agitó la suya a modo de saludo, aunque estaba a cincuenta pasos de distancia. El hombre no le devolvió el saludo, solo dio un paso atrás, se giró y se alejó, con pasos lentos y firmes. Luego, desapareció.

Lottie sintió como si un témpano se le deslizara por debajo de la ropa. Regresó deprisa, con la esperanza de que McGlynn tuviera noticias, porque no pensaba perder ni un minuto más en esa tierra de nadie si no se trataba de un asesinato.

* * *

Christy Clarke se limpió una gota de agua del ojo mientras regresaba caminando con cuidado a su casa. El patio era como una pista de hielo y sus katiuskas no le facilitaban las cosas. No eran lágrimas de emoción, se dijo a sí mismo. Solo era el frío.

En la cocina, volvió a abrir el grifo. Las tuberías emitieron un ruido metálico. Un chorro de agua marrón cayó ruidosamente sobre las tazas en el fregadero y salpicó su chaqueta encerada verde. Esperó. Miró por la ventana. El chorro se convirtió en un goteo y paró. Sacó la llave inglesa de su bolsillo y salió de nuevo.

La bomba de agua se encontraba en un establo junto al cobertizo de los cerdos. Ya había pasado la mayor parte del día tratando de arreglarla y, cuando había acabado, estaba seguro de que funcionaba. Sin embargo, las gotas de agua sucia decían lo contrario. Ahora, con las manos enfundadas en guantes sin dedos, se puso de nuevo a trabajar, con la esperanza de obtener éxito esta vez.

Un coche entró en el patio patinando. Oyó cómo se abría y cerraba la puerta.

—¿Qué haces ahí dentro? —preguntó Beth.

Christy no se volvió. Le recordaba demasiado a su mujer cuando la voz le cortaba el alma con ese tono.

—¿A ti qué te parece? —Apretó la llave inglesa sobre un tornillo.

—¿Todavía no has arreglado el agua? Dios, papá, me quería dar una maldita ducha.

—De momento ponte un poco de tu desodorante pijo. Hago todo lo que puedo.

—¡Muy bien! —Su voz estaba cargada de indignación—. Quizá un café me haga entrar en calor. Llenaré el hervidor.

—Que no hay agua, joder —contestó Christy. Miró por encima del hombro, pero su hija ya había entrado furiosa en la casa.

La llave inglesa resbaló y le hirió la punta del dedo índice. Se lo metió en la boca para que dejara de sangrar y se preguntó cómo iba a arreglar las cosas. Sin previo aviso, un sollozo escapó de su garganta y la ansiedad que se había estado acumulando en su pecho explotó en forma de unos temblores incontrolables. Se apoyó contra la fría pared de cemento de la caseta de la bomba y sucumbió a los atroces quejidos que le desgarraban los pulmones.

—¡Papá! —gritó Beth desde la puerta trasera—. No puedo hacer café. ¡No hay agua!

Christy se sorbió las últimas lágrimas y se inclinó sobre la bomba sin responder a su hija. Ya no podía hacer más allí. El problema debía de estar dentro.

—Apártate, niña. —Abrió la puerta del armario de debajo del fregadero.

—He tardado siglos en atravesar el pueblo. Ni siquiera he podido parar a comprar unas botellas de agua. ¿Ha pasado algo en la abadía? —Beth rebuscaba en la panera.

—Quizás estén preparando la boda de mañana.

—¿La boda de Fiona y Ryan? No puede ser. Van a celebrar una ceremonia pequeña. Mira si es pequeña que a mí solo me han invitado al banquete. Dudo que tanta actividad esté justificada. Iré a echar un vistazo. —Se quedó de pie con la taza vacía en una mano y una rebanada de pan en la otra mientras su padre hurgaba bajo el fregadero.

—Ah, joder —comentó mientras el agua caía del grifo—. Era la tubería de dentro la que estaba congelada, no la bomba.

Beth puso la taza sobre la encimera.

—Me tomaré una taza cuando vuelva.

—¿A dónde vas?

—Ya te lo he dicho. A la abadía, a echar un vistazo.

Christy vio cómo su hija apretaba los dientes y la mueca que retorció su rostro antes de darse cuenta de que la había cogido del brazo con tanta fuerza que los dedos se le habían puesto blancos.

—Quédate y tómate un té conmigo. He estado solo todo el día.

—Suéltame el brazo, papá. —Un rubor cubría la piel mortalmente pálida de la muchacha.

El hombre dejó caer la mano y dio un paso atrás.

—Lo siento, cariño. A veces no soy consciente de mi propia fuerza. —Llenó el hervidor y puso toda su atención en coger la taza de Beth y la suya y dejarlas en la mesa.

Al final, ella cedió. Colgó el abrigo y se sentó a la mesa.

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