Patricia Gibney - Las almas rotas

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Dos muertes, una desaparición y un secreto que pondrá a todos en peligro. Una mañana de diciembre, Cara Dunne aparece colgada en su cuarto de baño. Va vestida de novia y todo apunta a que se trata de un suicidio, pero esa misma tarde la policía encuentra otro cuerpo, el de la enfermera Fiona Heffernan, frente al hospital del pueblo de Ballydoon. Fiona iba a casarse al día siguiente y también llevaba un vestido de novia en el momento de su muerte.La inspectora Lottie Parker intuye que estas muertes no son meros suicidios y, al comenzar la investigación, descubre otra pieza del inquietante puzle: la hija de ocho años de Fiona ha desaparecido. A partir de ese momento, Lottie se embarca en una búsqueda frenética por encontrar al asesino y salvar a la niña. Sin embargo, los habitantes de Ballydoon guardan un peligroso secreto, y cualquiera podría ser el culpable. «Con más de un millón y medio de ejemplares vendidos, Gibney es uno de los mayores fenómenos literarios del año.» The Times

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Estimar la edad de la difunta no era fácil; no obstante, para su mirada experta, Cara Dunne parecía tener poco más de treinta y cinco años.

Un vestido de satén blanco, salpicado de diamantes que brillaban bajo la luz, envolvía la figura como un sudario. Le llegaba hasta los tobillos, donde asomaban los pies descalzos. Por el charco en el suelo, era evidente que Cara Dunne se había orinado mientras agonizaba.

Lottie estudió el vestido. Era un vestido de novia. Nuevo, sin usar. Hasta ahora. De la cremallera bajo el brazo de la víctima colgaba la etiqueta con el precio. Quería tocarlo, sentir la suavidad de la tela entre los dedos, pero no movió ni un músculo. Solo permitió que sus sentidos especularan qué habría ocurrido en ese baño pequeño y anodino, donde el moho negro se expandía por los azulejos sobre la bañera.

El olor a muerte era tan intenso en el diminuto recinto que Lottie lo notaba en la lengua. Examinó el rostro de Cara Dunne. La piel era suave, sin arrugas. ¿Era producto de la muerte o su piel había sido siempre así? Tenía el pelo rubio, corto y liso. Mientras subía la mirada, Lottie se fijó en que el otro extremo del cinturón estaba fuertemente atado a una válvula cromada que sobresalía de la pared encima de la puerta, a la derecha. Un taburete de tres patas de quince centímetros de altura yacía de costado en la esquina detrás de la misma.

Una pregunta ardía en el cerebro de Lottie. ¿Era posible que la mujer se hubiera colgado? A primera vista, parecía probable. ¿La habían dejado plantada? ¿O había cambiado de opinión y decidido que esta era la única manera de escapar de la boda? Lottie tenía la sospecha de que no todo era lo que parecía. El garda Thornton tenía razón. Había algo extraño.

Se oyó un golpe en la puerta y Boyd dijo:

—¿Puedo entrar?

—No hay espacio, espera a que salga. Llama a los forenses. Pregunta por Jim McGlynn.

Con dificultad, salió al pasillo. Mientras Boyd hacía la llamada, echó otro vistazo al salón en busca de señales de pelea, pero no encontró nada fuera de lugar. Sobre el radiador había un gorro, como si lo hubieran dejado allí para que se secara. Puso la mano sobre el aparato; descubrió que estaba apagado y sintió el frío en el aire. Sobre el respaldo de la silla colgaba una manta y en el asiento, encontró un teléfono móvil. Sin cogerlo, apretó el botón de inicio. No hacía falta pin. La pantalla mostraba una aplicación para contactos e iconos para llamadas y mensajes. Nada más. A Lottie le pareció un poco extraño. Toda la gente que conocía tenía varias aplicaciones, incluso su madre usaba el correo electrónico en el móvil.

El único otro mueble era una televisión sobre una mesita, bajo la cual descansaba una vieja maleta marrón. En la cocina todo estaba limpio y ordenado. No había platos en el fregadero ni en el escurridor. El frigorífico estaba bien abastecido. El cartón de leche no estaba caducado, ni tampoco la bandeja de filetes de pollo.

—No encuentro ninguna nota de suicidio —anunció—. Tendré que echar otro vistazo al dormitorio.

Boyd la siguió.

En la mesita de noche había un volumen forrado en cuero negro que parecía una Biblia. Al abrirlo, Lottie descubrió que era un libro de oraciones. Las páginas eran suaves y livianas al tacto, como plumas, y sintió que pasarlas era reconfortante. Dejó el libro y abrió el cajón. Contenía una botella de pastillas para dormir y un paquete de paracetamol. Si Cara había querido suicidarse, ¿por qué no se había tomado las pastillas? Habría sido mucho más fácil.

Fue hasta el armario, que tenía la puerta abierta. El olor a lavanda flotaba en el aire. De la barra colgaban vaqueros, camisas y blusas. En el suelo había un par de zapatillas Nike. La funda de plástico sería del vestido, pensó.

Boyd se arrodilló, levantó la colcha de la cama de patas de acero y buscó debajo.

—Aquí no hay nada.

Lottie regresó al salón y abrió la hoja lateral de la ventana. Los sonidos llenaron de vida la habitación. Abajo, el canal estaba congelado. Un tren salió de la estación con fuertes chirridos. Junto al puente había un bote amarrado, en algún lugar a su derecha se oía un claxon y escuchaba el ruido característico de los albañiles que trabajaban cerca de allí. Aspiró el frescor de la mañana.

—Si hubiera querido suicidarme sin una sobredosis, habría saltado por la ventana. ¿Qué opinas?

—No te gustan las alturas —apuntó Boyd, con los brazos cruzados—, así que no lo habrías hecho.

—No me dan miedo las alturas.

—Estoy hablando hipotéticamente. Pensaba que tú también.

—Estamos en una tercera planta… Oh, bueno, no importa. —Cerró la ventana y se volvió hacia Boyd—. ¿Has llamado a McGlynn?

—Está de camino. —El sargento bostezó y separó los brazos—. ¿Hace falta avisar a la patóloga forense?

Lottie pensó un momento. ¿Necesitaban a Jane Dore? Pese a que todo indicaba que había sido un suicidio, la ausencia de nota le molestaba, al igual que los arañazos en el cuello de Cara.

—Llama a su asistente. Si mi intuición falla, me haré cargo de las consecuencias.

—La puerta no ha sido forzada. ¿Crees que dejó entrar a alguien?

—Si lo hizo, entonces tal vez conocía a la persona que la mató.

Boyd suspiró.

—Eso es si alguien la mató.

Lottie sacudió la cabeza y pasó junto a él.

—Voy a charlar con la vecina. Comprueba si puedes encontrar algo que indique una muerte sospechosa… y trata de quitarte la resaca de encima, te está volviendo lento. ¿De acuerdo?

Lo dejó allí, con la boca abierta, en el reducido y abarrotado pasillo, con una mujer vestida de novia colgada detrás de la puerta.

5

Aunque en la oficina hacía tanto calor como de costumbre, Beth no tenía permitido apagar el radiador. Su superior, el jefe de redacción Nick Downes, estaba sentado con una bufanda al cuello y el abrigo sobre los hombros. «Ese hombre siempre tiene frío», criticó.

Escribir el informe sobre la inauguración oficial de los mercados navideños le había llevado cinco minutos. Tendría que inventarse algo para llenar las cuatro columnas de la página principal. A menos que Ryan hubiera sacado una foto decente, estaba jodida. ¿Qué más podía escribir? Distraída, miró el móvil. Más le valía acordarse de llevar un par de botellas de agua a casa, por si su padre no había arreglado las tuberías congeladas.

Cuando estaba a punto de redactar una nota, recibió un mensaje en el teléfono. Lo leyó y miró a su alrededor en busca de Ryan. Sus miradas se encontraron cuando el fotógrafo entraba por la puerta.

—Déjate el abrigo puesto y coge la cámara —indicó Beth.

—¿Por qué?

—Tenemos trabajo. —Se volvió hacia el editor—. Nick, hay un posible suicidio. ¿Te parece bien si vamos a echar un vistazo y tal vez sacar algunas fotos?

Nick giró su silla mientras chupaba ruidosamente el extremo de un bolígrafo. La barba ocultaba sus labios delgados.

—No creo que tenga mucho que ver con el espíritu navideño violar la privacidad de la familia de una víctima de suicidio, ¿no te parece?

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