Patricia Gibney - Las almas rotas

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Dos muertes, una desaparición y un secreto que pondrá a todos en peligro. Una mañana de diciembre, Cara Dunne aparece colgada en su cuarto de baño. Va vestida de novia y todo apunta a que se trata de un suicidio, pero esa misma tarde la policía encuentra otro cuerpo, el de la enfermera Fiona Heffernan, frente al hospital del pueblo de Ballydoon. Fiona iba a casarse al día siguiente y también llevaba un vestido de novia en el momento de su muerte.La inspectora Lottie Parker intuye que estas muertes no son meros suicidios y, al comenzar la investigación, descubre otra pieza del inquietante puzle: la hija de ocho años de Fiona ha desaparecido. A partir de ese momento, Lottie se embarca en una búsqueda frenética por encontrar al asesino y salvar a la niña. Sin embargo, los habitantes de Ballydoon guardan un peligroso secreto, y cualquiera podría ser el culpable. «Con más de un millón y medio de ejemplares vendidos, Gibney es uno de los mayores fenómenos literarios del año.» The Times

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—Según tú, siempre estoy igual. —Boyd se preguntó qué habría dicho hacia el final de la noche.

Kirby bostezó sonoramente.

—La mitad de las palabras que te salían de la boca eran Lottie esto y Lottie aquello. Dios, no sé qué habrá pensado McKeown de ti.

Boyd llevó dos tazas de café al salón y se sentó frente a Kirby.

—¿Tan mal estuve?

—Peor.

—Mierda.

—¿Por qué no le pides ya que se case contigo? Cualquiera con ojos en la cara ve que estáis hechos el uno para el otro.

Boyd sintió el calor que le subía a las mejillas. Se había puesto contentísimo cuando Lottie había accedido a casarse con él, pero habían decidido —no, pensó, ella había decidido— no contar nada todavía, ya que trabajar juntos lo hacía incómodo. Aunque eso había sido antes de todo lo demás.

—No sé qué hacer —admitió.

—Todavía tengo un anillo de compromiso, si lo quieres. —Kirby rio, y luego hizo un gesto de dolor.

—Lo puedo comprar yo mismo cuando lo necesite, gracias. Si es que lo necesito. —Boyd cerró los ojos y se pasó la mano por la frente palpitante. El paracetamol tardaba en hacer efecto.

—Como quieras. —Kirby dejó la taza sobre la mesa. Metió las manos entre las rodillas y se quedó con la mirada perdida—. A mí ya no me sirve para nada ahora que Gilly… Ya sabes…

—Lo sé, es muy duro. Date tiempo para llorarla. —Boyd pensó en la garda Gilly O’Donoghue, que había sido asesinada durante el verano. Gilly fue la primera mujer de la que Larry Kirby se había enamorado desde su divorcio.

—Eso es lo que me dice todo el mundo. —Kirby se levantó, acompañado del crujir de sus rodillas y una tos áspera, resultado de demasiados cigarros—. Joder, huelo fatal. Te veo en la oficina. ¿Qué hora es?

—Las seis y media.

—Ah, por el amor de Dios. ¿Por qué me has hecho levantar a una hora tan intempestiva? Tengo tiempo de echar una cabezadita antes del trabajo. Me voy; te veo luego.

Mientras Boyd bebía su café lentamente, descubrió una botella de whisky tirada bajo el sofá. Se puso de rodillas y la recogió; sacudió la cabeza y fue a buscar su Dyson.

2

Los cerdos hacían un ruido infernal en los cobertizos. El viento agitaba las ventanas con violencia mientras la nieve atravesaba el patio en diagonal, empujada por otra ventisca.

Beth Clarke cogió una taza del armario de la cocina y abrió el grifo. Nada. Lo probó de nuevo, con el mismo resultado.

—¡Papá! —gritó en dirección al salón, donde su padre apretaba con furia las teclas de una calculadora anticuada—. ¿Qué pasa con el agua?

—Se han congelado las tuberías, seguro. —El golpeteo casi ahogaba su voz.

—¿Qué vas a hacer al respecto? —Beth dejó la taza en el fregadero con un golpe y comprobó si había suficiente agua en el hervidor para que su padre se preparara el té más tarde. Probablemente. Apenas.

—Por el amor de Dios —gruñó el hombre.

Beth se volvió y lo encontró de pie en la puerta, con la calculadora en una mano y en la otra, un fajo de papeles llenos de columnas torcidas de números escritos a mano. Todavía llevaba la ropa del día anterior.

—¿Has estado despierto toda la noche?

—Sí, por desgracia. No consigo que cuadre la declaración de IVA. Supongo que no podrás hacerla con el portátil, ¿verdad? —Una tos le cortó la voz y el hombre se dobló, resollando.

—Supones bien. —Beth se agachó, recogió la mochila de debajo de la mesa y se la colocó en la espalda. Se alisó las perneras de los estrechos tejanos negros y ató un cordón de las botas rojas brillantes—. Me voy a trabajar.

—¿A trabajar? No esperarán que vayas con este tiempo.

—Tengo que ir al encendido de las luces de Navidad esta tarde. Pero primero debo visitar los mercadillos navideños en la ciudad. —Sintió emoción. Le encantaba escribir artículos para el periódico local.

—No puedes conducir por la carretera con este tiempo. Son casi quince kilómetros.

—Como si no lo supiera —repuso entre dientes.

—Deja que me ponga el abrigo. Te dejaré en la ciudad.

—No me pasará nada. —Beth cogió el plumífero negro del respaldo de la silla y se lo puso antes de darse cuenta de que no se había quitado la mochila—. Maldita sea.

Mientras se arreglaba, oyó el sonido de los pies descalzos de su padre, que se dirigía a la oficina improvisada en la esquina del salón. «Es un caso perdido», pensó.

Al abrir la puerta trasera, se vio asaltada de inmediato por el gruñido agudo de los cerdos.

—No te olvides de dar de comer a los animales —gritó. El viento se llevó sus palabras.

Con cuidado, cruzó el patio hacia el Volkswagen Golf azul brillante. Su madre lo había comprado poco antes de largarse a un lugar donde nunca nevaba. Hacía cinco años, cuando Beth tenía solo diecinueve. Se detuvo. Había oído que su madre había regresado a Ragmullin, pero no sentía ningún deseo de buscarla.

La puerta del coche estaba congelada. Echó el aliento en la manecilla con la esperanza de descongelar la cerradura. No hubo suerte. Tendría que usar la última gota de agua del hervidor. Tal vez su padre cuando le resultara imposible hacerse una taza de té, encontraría la motivación para arreglar unas cuantas cosas en la granja.

Dios, cómo odiaba vivir en el pueblo de Ballydoon.

Estaba absolutamente convencida de que era el culo del mundo.

* * *

Pasaron siete minutos enteros antes de que Christy escuchara a Beth alejarse conduciendo despacio por la carretera helada.

—Desde luego, esa chica se parece a su madre —masculló para sí mismo. Su mujer (o exmujer, si quería ser pedante) siempre había tenido una mirada diabólica, y hacía lo que quería cuando se le antojaba. Rogaba a Dios que Beth no lo dejara también.

Un vistazo al libro de cuentas confirmó que no había la más mínima esperanza de cuadrar las cifras. Intentar mantener la granja en marcha era demasiado para él. Había cerrado el garaje que tenía en el pueblo, aunque no por voluntad propia. Maldijo el trato que había hecho, a pesar de que era necesario. Aun así, no conseguía arreglárselas. Dejó caer las facturas y fue a la cocina a preparar el desayuno.

Agitó el hervidor. Vacío. Abrió el grifo. Nada. Las cañerías se habían congelado durante la noche.

—Que se vaya todo al infierno —masculló.

Tomó la leche de la nevera y se la sirvió en un vaso. Mientras tragaba el líquido frío, estudió el patio a través de la ventana. Los cerdos estaban inusitadamente ruidosos esa mañana. Christy Clarke se puso las katiuskas mientras sentía el peso del mundo sobre sus hombros de sesenta y cinco años. Descolgó el abrigo del gancho de detrás de la puerta y salió a comprobar el estado de las cañerías.

—Cerrad el pico, capullos —gritó a los cerdos al pasar frente a la puerta del cobertizo.

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