Yo descubrí la isla en mis incursiones en piragua. Desembarcando en la plataforma de hormigón puede dejarse la piragua en la propia escalinata. Después de haberla conocido en las excursiones del verano, quedé gratamente sorprendido por lo que me encontré allí un día que desembarqué en primavera. En esta isla anidan la mayoría de las gaviotas patiamarillas que viven en el entorno de la bahía (hay otras especies de gaviotas en la bahía pero no se reproducen aquí). El espectáculo de vida que allí se desarrolla es impresionante. Por lo pronto te das cuenta de que algo raro sucede por el recibimiento de la colonia. En cuanto pones pie en tierra se desencadena poco a poco un estruendo de pájaros levantando el vuelo y graznando con estridencia. En el momento álgido, puede haber miles de pájaros revoloteando en el aire, formando una especie de nube ruidosa. A medida que subes por la escalinata hacia el faro, y en especial cuando te acercas a un nido (esto lo descubrí más adelante) recibes avisos más explícitos de sus dueños. Te hacen vuelos picados en silencio, y justo cuando están a un metro de tu cabeza sueltan su famoso graznido (¡menudo susto!) y a veces una defecación que, según la puntería, puede acertarte en la cabeza o en la espalda. Por eso una precaución elemental en esta época es desembarcar con gorra. Intentamos que los niños siempre la lleven, y les avisamos de estas tácticas de defensa para que no se asusten; no son más que fanfarronadas porque en realidad no atacan y solo excepcionalmente te pican en la cabeza.
Los nidos los construyen con todo tipo de materiales, predominando vegetales secos. No obstante, solo su análisis daría para un capítulo de un libro. He visto formar parte del nido con esqueletos de otros pájaros (conservo un cráneo completo de un correlimos saqueado de un nido de Mouro) o tiras de las de abrir el celofán de las cajas de cigarrillos, sedales de pescar, palitos de algodón de los de limpiar los oídos, etc. En sus alrededores suele haber egagrópilas (esas bolitas de material no digerido que regurgitan todos los pájaros) lo que sirve también para detectarlos. Cada pareja pone tres huevos del tamaño de los de gallina, pero de color marrón moteado, si bien hemos descubierto también huevos albinos indistinguibles de los de gallina. En las reservas naturales donde no se quiere que proliferen demasiado las gaviotas, una de las misiones de los guardas es destruir un huevo de cada nido, de manera que solo críen dos gaviotas cada pareja y la población se mantenga estable. No sé cuanto dura la incubación de estos huevos, pero lo que es seguro es que la temperatura acelera su eclosión pues los de los nidos situados en los lugares más soleados son los que lo hacen antes, con diferencias de varias semanas.
Desde el primer año de nuestras navegaciones con los niños, les llevamos a la isla de Mouro. La navegación puede llevar entre una y dos horas, según el puerto de salida, y la zona de fondeo es muy agradable en verano, al quedar a sotavento. Además, está amenizada por el concierto de la colonia de gaviotas. El único inconveniente es que, como entra mar de fondo rebotado, la permanencia en el barco suele marear a quien no está acostumbrado. Y ya comenté que debe quedarse un adulto a bordo responsable del barco mientras el grupo desembarca. La forma de desembarcar depende de los medios de que dispongamos cada día. Hemos desembarcado en neumáticas con motor o con remos, si bien esto último es agotador por la necesidad de hacer muchos viajes. Cuando hemos ido con veleros pequeños propulsados por fueraborda, a veces hemos adaptado el fueraborda del velero a una neumática que no lo tuviera. Otros días hemos desembarcado en piraguas, y otros a nado (es un trecho de 100 o 150 metros). Si desembarcamos a nado, utilizamos una defensa para amarrar el calzado de todos y poder calzarnos en la isla, pues descalzos es casi imposible por su suelo pedregoso, y un bidón estanco con las cámaras de fotos y un móvil para estar en contacto con los que quedan a bordo. Algún día se ha apiadado de nosotros alguno de los muchos submarinistas que merodean por allí con sus Zodiac, y nos han acercado. Y finalmente, lo más cómodo, los últimos años nos han desembarcado los socorristas de la Cruz Roja con una Zodiac, con los que quedamos más tarde para recogernos. Estos desembarcos los aprovechamos para enseñar a los niños el manejo de la neumática o la piragua, a remar y ciabogar, las precauciones a tener en el agua cuando se nada junto a un fueraborda, la forma de dirigir una Zodiac a motor, cómo abarloarse a un muelle de piedra que puede tener conchas cortantes, cómo repartir el peso en una embarcación pequeña, etc. Y, por supuesto, a bucear en un paraje natural protegido con fondos espectaculares.
Una vez en la isla, cada grupo que ha venido en un barco queda a cargo del adulto que ha navegado con ellos. Mouro tiene unos acantilados y grietas peligrosos, y hay que vigilar mucho los movimientos de los niños. Entonces nos dedicamos a la exploración de los nidos. El proceso de nacimiento de los polluelos es muy lento y puede seguirse si se desembarca varios días seguidos, o explorando nidos con distinta situación (más al sol o más a la sombra). El polluelo hace desde dentro un agujerito en la cáscara, por donde recibe el alimento de su madre durante varios días, o quizás semanas. Si te asomas por el agujerito ves solo su pico moviéndose y, a lo mejor, uno de los ojos. Cuando el cascarón se le queda pequeño, acaba rompiéndose entero y sale un pollito mojado y de color oscuro que tarda unas horas en secarse y en que sus plumas adquieran ese tacto de algodón típico de cualquier pollito, sea de la especie que sea. Mojado abulta muchísimo menos y parece un animal esquelético, pero en cuanto se seca, su cuerpo adquiere un volumen inusitado y el color cambia a beige o marrón clarito. En esta fase es cuando más les gustan a los niños, realmente parecen un juguete. Como no conocen a la especie humana, pues la isla está deshabitada, se dejan agarrar con naturalidad y acariciar. Les enseñamos las patas palmeadas, el pico, que no hace daño si te coge un dedo, las cañas de las alas y las plumas, el latido de su corazón a toda velocidad, la temperatura cálida a la que los mantiene la madre aunque ese día haga frío, cómo se acurrucan con sus otros dos hermanos del nido, cómo buscan la sombra a las horas de más sol en verano metiéndose bajo los arbustos cercanos a su nido (no suelen alejarse más de un metro), etc. Hay quien sostiene que se esconden bajo los arbustos para protegerse no del sol, sino de los ataques de otros adultos de la colonia. Hay que tener en cuenta que las gaviotas comen de todo, incluyendo sus propios congéneres. Estos polluelos son muy limpios y los puede coger cualquier niño, incluso los pequeños. Su conocimiento por el tacto era especialmente enternecedor para la niña ciega.
Los pollos más mayores ya son desconfiados y, cuando nos ven, salen corriendo. Esta huida a veces es dramática para ellos, pues he visto a alguno despeñarse mientras escapaba si todavía no sabía volar. Aquí es importante decir que las gaviotas no son en absoluto una especie protegida, sino más bien lo contrario: en los últimos años, su superpoblación ha hecho que empiecen a anidar en la ciudad de Santander, y el ayuntamiento dedica recursos para reducir su población. Estos polluelos alcanzan el tamaño de una gallina pequeña y ya son un poco guarretes, pues cuando los coges (a veces tras una divertida persecución, porque como todavía no saben volar solo corren por el suelo) se cagan encima o te regurgitan lo último que han comido, supongo que por el miedo. Además, se tiran a picar con su pico negro, aunque realmente no tienen fuerza para hacer daño. Pero los niños pequeños se asustan con ellos y no tienen el encanto de los recién salidos del cascarón. Por lo tanto, a estos los pequeños los “estudian” de lejos. Resulta interesantísimo contemplar cómo aprenden a volar. Se sitúan al borde del acantilado y, después de pensárselo mucho, acaban por tirarse al aire por las bravas. No sé de qué depende, pero unos remontan el vuelo a la primera mientras otros caen en picado. Los que caen, a veces lo hacen en plena roca y se matan o quedan con brechas en la cabeza, que supongo sean mortales a medio plazo. De hecho, lo más desagradable del desembarco para los niños son los cadáveres de polluelos de este tamaño que te encuentras por toda la isla en diferentes estados de descomposición (y ese es otro argumento para desembarcar calzados). Otros caen en picado al mar. Y nuevamente aquí hay un fenómeno diferencial de lo más curioso. Unos flotan con naturalidad, sus plumas están bien impermeabilizadas, y despacito se acercan a las rocas o a la misma escalinata por la que hemos desembarcado nosotros, y poco a poco van subiendo los escalones hasta encontrar su punto de partida en la colonia. Pero hay otros polluelos que, seguramente por un defecto en la grasa que debe impermeabilizar sus plumas, o quizás por haber querido aprender a volar cuando aún les faltaba esta protección natural, “se calan” hasta los huesos. Su cuerpo se carga de agua y, al nadar, se distingue perfectamente que su línea de flotación está muy alta, se mueven más torpemente que los otros y, si los coges, notas claramente que pesan mucho, por el agua que han acumulado. Si consiguen llegar a la orilla no tienen fuerza para sacar del agua un cuerpo tan pesado, y si te compadeces y los depositas en la escalinata, no consiguen saltar hacia arriba al siguiente escalón. Estos pollos mojados mueren siempre, y el mar está también lleno de sus cadáveres al principio del verano. Por cierto, a veces hemos visto cómo otras gaviotas adultas se los comían.
Читать дальше