Después de un par de horas dando bandazos, fuimos a fondear. Enseguida comprendimos que abarloarse con aquellas olas era imposible. La maniobra de abarloarse dos barcos es, a mi juicio, prescindible la mayoría de las veces. Al tratarse de veleros, hay que colocarse “de vuelta encontrada”, es decir, con las proas orientadas en sentido inverso, para que no coincidan las crucetas. He visto muchas veces la maniobra mal hecha, con ambas tripulaciones preparando las defensas en la banda de contacto de los dos barcos y, por lo tanto, inclinando los mástiles uno hacia el otro, y finalmente golpeando o enganchando las crucetas con riesgo de graves daños a la arboladura. Además, aunque se coloquen suficientes defensas, las olas habituales en la bahía por el paso de otra embarcación o por el viento, someten a las cornamusas de amarre a fuertes tirones que pueden llegar a aflojarlas o, en el peor de los casos, a arrancarlas. Así que optamos por fondear el barco mayor y los pequeños “colgarnos” en fila de su popa mediante una amarra simple. Esta distribución permitía pasar de un barco a otro acortando la amarra y con un cierto ejercicio de equilibrio circense, que para los niños más que una dificultad era un reto atractivo. Es la distribución que hemos adoptado desde entonces, juntándonos para merendar normalmente en el barco más grande, o bien de dos en dos. Una variación es amarrar la popa del segundo barco (en lugar de la proa) a la popa del primero más grande, de forma que se pueden mantener conversaciones de barco a barco con cada tripulación merendando en su bañera.
Aunque parezca imposible, algunos niños se bañaron. La meteorología externa no prejuzga la temperatura del agua, y menos aún las ganas de aventura de estos niños, habitualmente sobreprotegidos. La más lanzada en todos estos años ha sido la niña de diez años que salió conmigo aquel primer día, cuyo afán de superación y fuerza de voluntad son encomiables. Suelen decirme que ha sido mi preferida, y puede que sea cierto. Se junta la coincidencia de que fue mi primera grumetilla, los rasgos de su personalidad que tanto comparto, y el hecho de no haber tenido yo ninguna hija. Al preparar el baño, comprendimos la necesidad de unas medidas de seguridad excepcionales, que posteriormente detallaré en el capítulo 16, y que incluyen necesariamente lanzar un aro salvavidas o una defensa por la popa con un cabo largo. La bahía se llena y se vacía por una canal de 0.4 millas de ancho, que en mareas vivas puede generar corrientes de marea de cinco nudos o más (es muy habitual ver desde tierra veleros navegando “marcha atrás”, creyendo ellos mismos que están avanzando). Y es precisamente en las proximidades de este “embudo” donde más habitualmente se fondea, es decir, en las playas de La Magdalena, Los Peligros o El Puntal. Cualquier distracción aleja al bañista unos metros del barco y ya no consigue volver a él. El aro salvavidas es un último asidero al que agarrarse si no alcanza el barco, con la condición de que no se use para jugar en él, en cuyo caso una distracción te deja sin punto de seguridad. Además, insistimos a los niños en que, si de todas formas la marea se les lleva, no traten de volver al barco, sino que se agarren a un punto más alejado (una boya, otro barco), o incluso se dejen llevar a la isla de los Ratones, que suele quedarnos corriente abajo, donde iremos a recogerles.
Después de merendar y bañarse, regresamos al muelle antes de tiempo por la climatología tan adversa, y mientras esperábamos a los padres, nos dedicamos a otra de las actividades que posteriormente más les han entretenido: la pesca de quisquillas y cangrejos desde el pantalán. A los que nos hemos criado al borde del mar, nos resulta natural como el tomar aire, pero para los niños que son de tierra adentro (incluyendo muchos pueblos de Cantabria alejados de la bahía, y también a muchas familias de Santander que viven de espaldas al mar) la pesca de estos animalitos resulta fascinante. Para las quisquillas usamos un esquilero (en Cantabria se llama así a la red al extremo de un palo, que sirve para coger “esquilas”, que aquí es sinónimo de quisquillas), que se sitúa detrás de las quisquillas y se las llama la atención por delante con un palito. Como se escapan marcha atrás dando un coletazo caen ellas solas en el esquilero. Y para los cangrejos, lo más tradicional es apoyar un dedo encima y, cuando está inmovilizado, sujetar su caparazón por los lados con dos dedos, a donde no llega con las pinzas. Estas tonterías, así como estudiar las lapas, mejillones y toda la fauna que se pega a las partes sumergidas de los pantalanes, ha sido de lo más entretenido para los niños en estos años, tanto que posteriormente decidimos dedicar un día específicamente a estudiar toda la pequeña fauna de la bahía en los arenales que descubren en bajamar, como contaré más adelante.
Cuando vinieron los padres (en realidad bastante antes de la hora que habíamos quedado, por los nervios), aparte de las caras de tranquilidad, todo eran signos de admiración ante lo que contaban los niños de lo bien que se lo habían pasado, y de sorpresa porque no les hubieran echado de menos. Ese día fue la prueba de fuego y la demostración de que la actividad saldría bien. Los niños estaban deseando que llegase la siguiente navegación, los padres les veían contentos y no había pasado nada malo. No sé si ellos habrían descansado o no, pero lo cierto es que habían dispuesto de una tarde libre y despreocupada de la atención permanente a su hijo enfermo, y a la vuelta les veían felices. ¿Qué más se podía pedir?
CAPÍTULO 3
LA ISLA DE MOURO
La isla de Mouro (43º 28´ 23´´ N; 003º 45´ 20´´ W) está situada a la entrada de la bahía de Santander, a unas dos millas de la ciudad. Es una isla rocosa de 100 x 200 metros, con forma de cruasán, con una ensenada orientada al Sudoeste conocida como La Raposa. Está rodeada de acantilados escarpados de 30 metros de altura, donde rompen las olas del Cantábrico con fuerza. La isla forma parte del Espacio Natural Protegido de las Dunas del Puntal y el Estuario del Miera, y está prohibida la pesca de todo tipo en sus aguas. En su parte Nordeste hay una roca enorme de unos cinco metros con forma de dado que parece ir a caerse en cualquier momento, y en su vertiente Oeste una zona de acantilado que recuerda el perfil de Bart Simpson. En su cima hay un faro que, aunque cuando se inauguró en 1858 estaba al cuidado de dos torreros, ahora está automatizado desde hace años. Es de color blanco y su silueta domina el horizonte desde toda la fachada nordeste de la ciudad y las playas del Sardinero. Así mismo, en la meseta que hay en su cumbre, en la vertiente Sureste, existe una zona cubierta con un espeso manto vegetal de hinojos y geranios marinos que crecen entre las grietas de la roca. De este manto vegetal cogen las gaviotas la materia prima para sus nidos.
La ensenada de La Raposa está naturalmente protegida de los vientos térmicos predominantes en verano, que en Santander son del nordeste. Tiene fondo de rocas y permite el fondeo de dos o tres embarcaciones pequeñas con amarras echadas a tierra, para evitar el borneo, si bien suele ser incómoda por la entrada de olas rebotadas que la hacen, muchos días, inaccesible. Al fondo de la ensenada construyeron una escalinata de piedra para acceder al faro, y cerca del agua, una pequeña plataforma de hormigón con un noray y algunas argollas para amarrar embarcaciones pequeñas. Aunque la ensenada en sí misma sea tan reducida, a sotavento de la isla (en verano, la zona desventada está justo enfrente de la ensenada) hay una amplia zona con fondo de arena, a unos 50 o 100 metros del acantilado, que permite fondear a ocho o diez barcos aunque con limitaciones. En efecto, el calado oscila entre ocho y doce metros y la gran longitud necesaria de línea de fondeo (hay que fondear con entre tres y cinco veces más de cadena y cabo que la profundidad de agua) hace que el radio de borneo sea muy amplio. Además, los remolinos y corrientes que genera la propia isla hacen que cada barco se oriente y se mueva de distinta forma, según le afecte más el viento en la obra muerta o la corriente en la obra viva, por lo que el riesgo de colisión entre los barcos es alto. Nuestro barco, que es de orza abatible, hemos comprobado que con la orza bajada, se orienta de distinta manera que con la orza subida. En verano es habitual que la zona esté muy frecuentada y los barcos fondeen con poca cadena, y como en el Cantábrico las mareas pueden subir más de cinco metros en vertical, es bastante frecuente que alguna embarcación quede a la deriva al soltarse el fondeo en la pleamar. Un día quedamos todos sorprendidos por una motora pequeña que derivaba sin nadie a bordo. Un barco que iba contra él la retuvo con el bichero hasta que un rato después apareció su dueño. Había ido nadando a la isla y la dejó con la cadena justa, y al subir la marea se le desclavó el ancla. No paraba de repetir que el barco estaba bien fondeado, que solo se movía “por la inercia”. En fin, todos estos hechos hacen muy recomendable que en la isla de Mouro siempre se quede alguien a bordo vigilando.
Читать дальше