Héctor Cirigliano - El abuelo pampa

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El abuelo pampa es una novela histórica en la que se mezclan personajes de ficción y hombres que fueron protagonistas de la historia argentina del siglo XIX.
Un viejo indio, nacido de padres pehuenches asentados en las tolderías del cacique Pincen, en Potrillo Oscuro, en la actual provincia de La Pampa, cuenta a sus tres nietos varones la historia de su avida y la de su pueblo.
Cuando se produjo la llamada «Campaña del Desierto», comandada por el general Roca, de los aproximadamente cuarenta mil nativos americanos que poblaban la región pampeana –entre los que cuatro mil o cinco mil eran guerreros y los demás «chusma», como se llamaba a las mujeres, niños y viejos–, muchos huyeron hacia la cordillera para cruzar por los llamados boquetes, pasos de poca altura hacia Chile, y los más débiles y viejos perecieron mientras atravesaban el desierto.
El viejo Calquín Millá, «Águila de Oro», ya con muchos años a cuestas, llega con su familia a Pehuenia, luego de muchas vicisitudes, huyendo de las tropas. Allí construye una ruca (cabaña) cerca del lago Aluminé, donde comienza una nueva vida, en la tierra de sus ancestros, entre araucarias añosas, rodeado de un paisaje donde los lagos, las montañas y los pehuenes nos muestran la armonía de la naturaleza.
En esa ruca, durante un largo invierno va desgranando los recuerdos de su vida en la llanura pampeana, desde cuando era un niño, hasta la huida tras la irrupción de la expedición militar comandada por Julio A. Roca.

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Bajaron de las montañas y avanzaron ocupando territorios del dilatado desierto de pastos duros, lagunas de aguas dulces o saladas, ríos y bosques de chañar, piquillín y caldenes. Desplazaron en su avance a otros pueblos que ocupaban la región a la llegada de los conquistadores. Esos desplazados eran los verdaderos pampas, que estaban emparentados con los querandíes y se extendían más allá del Salado en sus correrías de caza y recolección hechas a pie, porque no conocían el caballo. Eran más altos y fuertes que los invasores del oeste pero fueron asimilados o exterminados, no se sabe a ciencia cierta lo que pasó y desaparecieron para dar lugar a la nueva etnia de lengua común que ocupó la región en épocas relativamente recientes, luego de la llegada de los españoles a Chile.

Son hechos reales y míticos que se van encadenando uno tras otro para dar forma a la larga historia dela gente de la tierra, como ellos mismos se llamaban, mapuches, gente de la tierra.

Pueblos que ocuparon el oeste y el este de la cordillera de los Andes, desde el sur de la actual Mendoza hasta Chubut y desde la cordillera hasta el Atlántico por el este. Ellos mismos se llamaron puelches, gente del este.

Al oeste de la cordillera ocuparon toda la franja que llega al Pacífico y se llamaron ngulluches. Bautizados araucanos por los conquistadores españoles, posiblemente porque provenían de la región de Rauco.

La base fue una lengua común, con variantes regionales para los diversos pueblos que se distribuyeron por una región tan vasta. Las tribus del norte, conocidas como picunches, las del centro, en los grandes pinares de las montañas, en la región del Quillen y del Aluminé se llamaron pehuenches, las del sur huiliches, distribuidos en el País de las Manzanas cerca de la “laguna grande” del Nahuel. Las que habitaron el norte de la gran llanura, los ranqueles, también llamados ranculches, era la gente de los montes y los pampas que se aventuraron hasta las costas bonaerenses. Más abajo estos grupos llegaron hasta el Río Negro y Chubut, diseminados por los desiertos patagónicos.

Por arriba estaban los huarpes, ocupando parte de Mendoza y San Juan, y hacia el centro los comechingones, en Córdoba y parte de San Luis, ambos grupos pertenecientes a otras etnias. Por debajo, los tehuelches, más altos, robustos y mansos que los araucanos, divididos en dos grandes grupos, los vecinos a los mapuches y los que estaban bien al sur de la Patagonia.

Este es un relato de ficción, cuyos personajes viven sus aventuras de acuerdo a hechos históricos narrados por numerosos investigadores, militares y exploradores que recorrieron la región, algunos vivieron entre ellos como los cautivos, y nos trasmitieron sus conocimientos, sus costumbres y su lengua. Lengua que no fue escrita y que fue recopilada por estudiosos y misioneros y que dejó en nuestro país y en Chile numerosos accidentes geográficos y poblaciones con nombres propios en lengua mapuche, como una marca indeleble de aquellos primeros pobladores del sur del continente.

Los personajes históricos, tanto civiles como militares que se mencionan, tuvieron una acción relevante en los hechos ocurridos en épocas tan tumultuosas vividas durante la formación de nuestro país después de largas luchas protagonizadas durante la guerra de la independencia, las invasiones inglesas, guerras civiles entre federales y unitarios, guerras contra países limítrofes como la guerra contra Paraguay y lucha contra los pueblos que habitaban nuestras pampas, que puede considerarse otra guerra interna entre militares y civiles, porque los pueblos ya establecidos desde mucho tiempo atrás eran parte de nuestra nación, aunque los invasores que penetraron desde el otro lado de la cordillera lo hicieron con el propósito de llevar hacienda cimarrona o marcada para comerciarla en Chile.

La guerra contra el indio, como siempre llamaron los conquistadores a los pueblos originarios, comenzó cuando chocaron intereses económicos, que es la forma en que comienzan casi todas las guerras. Los criollos bonaerenses comenzaron las grandes vaquerías en la “pampa bárbara”, realizando enormes matanzas de reses con el solo fin de apoderarse de los cueros y el sebo comercializados con Europa. La carne la dejaban para consumo de las alimañas. Grandes nubes de caranchos y animales carroñeros se disputaban los restos de las vacas abandonadas, con los perros cimarrones que abundaban en la región.

Por otra parte, los habitantes naturales de la llanura comenzaron a ver menguar la hacienda baguala que crecía en la pampa y que era objeto de su intercambio con los pueblos del lado oeste de la cordillera. Ese era su negocio. A causa de ello, y para seguir con su comercio, comenzaron a malonear para llevarse el ganado de las grandes estancias que fueron apareciendo al este del Salado, que en esa época era el límite natural entre el “mundo civilizado” y el desierto.

Las políticas encaradas por los diferentes gobiernos de la naciente República fueron muchas veces erróneas, sin tomarse en cuenta la verdadera dimensión del problema sociocultural que se enfrentaba. En lugar de tratar de integrar los pueblos autóctonos a la población rural y darles parcelas de terreno para que las trabajaran, se hicieron acuerdos donde se entregaba un racionamiento anual consistente en yeguas para consumo, azúcar, yerba y aguardiente entre otras cosas. En muchos de los casos esto no llegaba a los toldos y era comercializado por los encargados de llevar esos racionamientos. Además era una política equivocada, porque lo más acertado hubiera sido entregarles herramientas y semillas y enseñarles a cultivar la tierra.

Hubo avances y retrocesos en las relaciones con los caciques, que aprovecharon las guerras civiles y la guerra con el Paraguay para recuperar el espacio perdido en épocas de paz.

Una larga frontera interior demarcada por fortines miserables, con soldados sin equipo apropiado y sin caballos aptos para luchar y perseguir a los malones producía una pérdida constante de hombres y recursos, mientras que los naturales, excelentes conocedores de todos los vericuetos de la pampa, se movían con total libertad pasando la línea de fortines para arrebatar el ganado y llevar cautivos a las toldería.

Más tarde se cavó una zanja de cientos de kilómetros, que demandó un enorme trabajo humano, con el objeto de parar las invasiones y que no sirvió para nada. Los guerreros la pasaban sin inconvenientes y siguieron entrando hasta el final.

Namuncurá, hijo del terrible Calfucurá, fue el último cacique que resistió los embates del Ejército Argentino y después huyó a la cordillera. Allí se entregó al ejército y fue trasladado a Buenos Aires, donde fue bien tratado por las autoridades, que más tarde le concedieron ocho leguas de tierras en la zona de Aluminé, donde vivió en paz hasta su muerte, el mismo año en que murió su hijo, el célebre Ceferino.

Namuncurá había sido bautizado con el nombre de Manuel, y era su padrino el general Justo José de Urquiza.

Todo cambió cuando en lugar de mantener la política de una guerra defensiva que no servía para nada, se tomó la determinación de llegar a los propios toldos de las tribus diseminadas en el desierto y obligarlas a integrase a la nación, como lo hicieron algunas de ellas, o abandonar el terreno y retirarse del otro lado del Río Negro, para volver al lugar desde donde habían invadido la llanura.

En muy poco tiempo la enorme extensión de tierra conquistada pasó a ser parte del Estado Argentino, y del Estado, esas miles de leguas pasaron, en poco tiempo, a manos de especuladores sin escrúpulos, como lo hacía notar el comandante Prado, luego de la Conquista del Desierto.

Eran tres cuerpos de ejército los que entraron a la inmensa llanura poblada por unos pocos miles de hombres de lanza dispersos en sus tolderías, que hostigaron durante mucho tiempo a las poblaciones fronterizas.

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