Mientras la mayoría aceptaba su suerte, Manolo y Camilo decidieron que ellos no estaban para esclavos. Si ni la ley, ni el gobierno, ni la justicia, ni la educación, ni la salud, ni el ejército aparecían por las periferias, ellos buscarían el camino para suplir la autoridad. Por su sangre corría la ambición del violador de su madre, las ansias de poder, pero ellos no lo reconocían. Ni su abuela ni su mamá les revelaron ese origen. De la rebeldía que circulaba ardiente por sus venas sí estaban orgullosos. Las hazañas de su abuelo Pepe Caballero las paladearon cada noche de su niñez. Les calmaba el hambre. La abuela accedía a las rogativas de sus inquietos nietos a la hora de dormirse. Se alimentaban con los sueños de libertad, equidad y justicia del abuelo. Esta herencia indomesticable se materializó misteriosamente con el tiempo. Los muchachos crecieron rozagantes y duros como rocas a pesar de la escasa, casi nula, comida que ingerían. En el reino, los niños se secaban y morían como hojas en otoño, pero Manolo y Camilo no. Algunos de sus amigos de infancia no superaron los siete años.
En el atardecer de la inestable adolescencia, un extraño suceso marcó sus vidas. Los mozalbetes escogieron el camino de la delincuencia y la errancia, y solían recorrer las zonas más escabrosas, inhóspitas, bellas y ricas salteando con un puñado de cómplices de aventuras y rebeldía. Una refrescante noche de luna nueva cobijada por un alegre y centellante domo infinito, el espectro de un jinete descabezado irrumpió en su campamento. Era una figura anochecida y temible. El azabache andaluz bufaba y se paraba imponente en sus cuartos traseros mientras el jinete blandía un refulgente machete de rudo campesino. Espavoridos, todos, menos Camilo y Manolo, corrieron erráticos y chocaron unos contra otros. El miedo paralizó a los hermanos que se creían ajenos a ese mal. Habían escuchado sobre los demontres que rondaban Zipazgo, pero los tenían por cuentos de cobardes o vivarachos. De pronto, un relámpago brotó del cuello decapitado y atravesó las cabezas y corazones de los mancebos. Ambos cayeron muertos en el acto y el jinete desapareció en medio de un halo neblinoso y sibilante que aterró a los escapados hasta el día de su muerte. Los despojos de los malogrados muchachos fueron llevados a casa por sus compinches para ser llorados. En medio del velorio y el llanto desgarrado de las plañideras, el brujo Melquiades invadió el luto familiar. La gente reconocía su nombre, pero no al hombre que lo encarnaba, un misterioso personaje que tenía la asombrosa capacidad de transfigurarse a placer. Nadie chistó ante su inesperada presencia. Hizo entrar a cuatro ayudantes, retiró los cuerpos de los jóvenes y desapareció en la manigua. Una semana después, Camilo y Manolo entraron muy orondos por la puerta de su rancho como si nada hubiera pasado. Juraban no recordar nada. Tras este misterioso suceso, unos los adoraron como si de dioses se tratara, y otros les temieron creyéndolos demonios.
Segunda parte
Celesto y Escarlato, año 20
A su regreso, Celesto y Escarlato encontraron la tormenta perfecta. La disputa por el poder la encabezan, de una parte, su padre y aliados, y por la otra el general Pablo, apoyado por un sector de la élite que descubrió las intrigas de don José Moscoso. Durante su estadía en Tamasia, el patriarca encomendó a sus hijos renegociar con los prestamistas, dejando para el efecto instrucciones precisas. Lo que ninguna de las partes en disputa sabía era que los gemelos adquirieron préstamos adicionales y renegociaron bajo compromisos especiales que, obviamente, aseguraban una participación mayor para los inversores extranjeros en la esquilmación de los recursos de Zipazgo. A cambio de las nuevas pignoraciones, los gemelos tendrían el apoyo logístico y político para alcanzar y mantener el poder por los siglos de los siglos. Transaron con el diablo. Ni su padre aspiraba a reinar para siempre, aunque sí garantizar la heredad para sus descendientes.
En principio, los astutos hermanos decidieron observar desde el balcón de su conspiración el desarrollo de los acontecimientos. No tenían la menor intención, ni veían la necesidad, de rebelarse contra su padre, y en la intimidad del círculo elitista se mostraban leales a su proyecto nepotista.
—Creemos en las patrióticas intenciones de mi noble padre. Él jamás nos instruyó en nada diferente a lo establecido por el Consejo de gobierno y el deseo de los notables. Es tan leal como nosotros a la causa de las familias que han liderado y financiado la independencia con su propio peculio —juraba Celesto en nombre propio y el de su hermano durante las conversaciones con la élite. Igual peroraba Escarlato en cada escenario, sin importar a favor de quién estaban los presentes.
Los dos bandos se enzarzaron en discusiones y confrontaciones con el único fin de ganar el pulso por el poder. Mientras don José Moscoso exigía un modelo proteccionista para el país, el general Pablo y sus benefactores aspiraban al librecambio. Antes de la división, la élite en pleno tenía claro que para pagar la deuda adquirida con los extranjeros tenían que fomentar el mercado interno. Los inversionistas de Tamasia habían patrocinado la Exploración Natural con el propósito de inventariar y asegurarse una garantía real, y ahora era obligación cumplir. Pero al descubrir la traición de don José Moscoso, algunos de los notables decidieron ponerlo contra la pared, y la mejor forma era negociar con Lagía, otro poderoso país del Continente Uno, y El Norte Unido, el naciente coloso de las colonias; ambas potencias competían con Tamasia por el dominio global. El bando del general Pablo obtuvo financiación para pugnar por el poder de Zipazgo, a cambio de declarar el librecambio. Lagía y el gigante norteño entraban a jugar en el entrampamiento como nuevos acreedores que reclamarían el pago de la deuda con intereses escandalosos al pueblo, no a lo a la élite capitalina y sus satélites regionales.
Celesto y Escarlato vieron una oportunidad inmejorable para sus planes en la confrontación entre los notables. Los entusiasmó más que nada la entrada de otros inversionistas extranjeros. Decidieron que lo más conveniente para su proyecto era intervenir de una vez en la contienda. Lejos de arredrarse ante la presencia de nuevos acreedores, concluyeron que, en vez de un único socio capitalista en quien soportar su reinado, iban a tener tres, y quizá más. Fue cuando decidieron que era más productivo para jugar a la democracia mostrarse ante la gleba como dos antagonistas. Cada uno prometería defender al pueblo por caminos opuestos. Inspirados por esta revelación, lanzaron los dados y sortearon en cual equipo jugaría cada uno. A Escarlato le correspondió infiltrarse como partidario del general Pablo y sus protectores. Celesto actuó de buen hijo, como dictó la suerte, y defendió el bando de su padre. En Tamasia, ambos tomaron clases de actuación y se destacaron en los escenarios del poderoso reino ultramarino como grandísimos actores. La perdurable ópera prima de los gemelos comenzaba.
Cuando don José los envió a estudiar al extranjero, los gemelos eran dos larguiruchos desaliñados y blancuzcos, casi transparentes, con rosetas en los pómulos y un acné que se fundía con las pecas. A su regreso, los mocetones lucían reverenciables, atléticos y elegantes. Aprendieron a hablar sin afanes, con cadencia extranjera y sin alzar la voz. Sus rostros se congelaron. Llegaron sin facciones que delataran sus intenciones y emociones; al parecer las abandonaron en Tamasia. Esta condición, con visos sobrehumanos, ha contribuido a mitificar aún más su imagen. Para los veteranos de la élite, los gemelos seguían siendo los niños que correteaban por el salón de la casa de don José; donde aquellos solían reunirse a urdir sus traiciones. Los notables esperaban aplacar su ímpetu juvenil y moldear sus mentes para tenerlos a su servicio. Un proyecto imposible. Celesto y Escarlato acumulaban las enseñanzas de los conspiradores de la oligarquía capitalina, la astucia de los prestamistas de Tamasia y las misteriosas dotes camaleónicas y de reparación tisular que parecían garantizarles vida eterna.
Читать дальше