Luis Eduardo Uribe Lopera - Zipazgo

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Novela histórica y metafórica de Colombia. A través de un reino espejo (el Reino Independiente de Zipazgo), se hace un recorrido crítico por los hechos más destacados de la formación de la República, imbricando personajes que representan a los principales actores de nuestra historia con los maravillosos personajes de nuestros mitos y leyendas: La Madremonte, La Patasola, La Llorona, El Sombrerón, El Mohán. Una manera crítica y diferente de conocer nuestra rica historia, con sus demonios internos de carne y hueso junto a los inmateriales, y que nos han traído al presente que enfrentamos como país.

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Los oligarcas capitalinos asintieron convencidos de la necesidad de ejecutar un plan definitivo. Para empezar, el solo regreso de don Prócoro, que purgaba condena en tierra del invasor por malversación de fondos, era una amenaza latente. Irónicamente, la cárcel, donde ellos lo enviaron a morir tras acusarlo falsamente, fue su salvación. Su nombre estaba en la lista de sublevados que querían en el paredón de la reconquista, pero al estar cumpliendo su condena quedó fuera de su alcance. Su amistad con el general Trinidad, gobernante del reino por derecho de guerra y voluntad popular, lo salvaba y condenaba a la vez. Era su consejero permanente.

En esta reunión conspirativa, como en todas las demás de los patriarcas de la élite tabacana, Celesto y Escarlato no eran invitados oficiales. El par de jovencitos, dos protervas esponjas que absorbían por naturaleza las intrigas de maldad, asomaban como serpientes sus caletres por el recoveco más cercano al sitio de discusión para enterarse de los maquiavélicos detalles que tramaban los notables. En esta ocasión aprenderían que el asesinato era valedero y productivo para los reyes de la democracia. La orden de asesinar a don Prócoro fue dada sin remordimientos. Encomendaron el trabajo a uno de los coroneles del ejército que estaba en su nómina paralela. Era fácil comprar mandos medios del ejército. Dinero y promesas de ascenso eran sus principales debilidades y motivaciones. Hombres resentidos con los generales libertadores porque consideraban que tenían derecho a una parte del botín de guerra. Con engaños, el coronel convenció a un joven soldado raso de que don Prócoro era un traidor, un espía que entregó al enemigo la lista de conjurados que fueron fusilados años atrás. El muchacho era ignorante pero no tonto, y le contó a su papá la abominable encomienda que le ordenaron. Resultó que don Prócoro era benefactor de la familia del muchacho y otras tantas de su vecindario. A primera hora de la mañana el soldado y su padre estaban en casa de la víctima advirtiéndolo de la conjura. Al sembrador de ideas no lo sorprendió la noticia, pero sí que el coronel en cuestión fuera una ficha de los confabulados. Decidió que lo mejor era enviar al soldado y su familia al sur. Primero para protegerlos, y segundo para dejar en ascuas a los conspiradores al enterase de que su sicario desapareció sin cumplir el encargo. Era un asunto de estado que ameritaba tratar personalmente con el general Trinidad, pero el líder estaba fuera de la capital y no iba arriesgarse a mandar un correo. Para su infortunio, los tentáculos de los traidores eran largos y numerosos. Un mes después, don Prócoro cayó enfermo. Los médicos no reconocieron el mal que lo aquejaba y murió tras dos semanas de padecimientos. Fue envenenado por la hija de su cocinera. La muchacha fue persuadida, bajo amenaza contra su familia, después de que su mamá fue sorprendida robando un bulto de papas que ansiaba repartir entre sus vecinos hambrientos. Tras la muerte de don Prócoro, la familia de la asesina desapareció. Los vecinos juraban que un nubarrón se posó sobre las casuchas del barrio una prematura noche que nubló sus vistas y un sibilante ventarrón los aturdió. Al clarear, la familia ya no estaba. “Los demonios reclamaron su sacrificio”, murmuraba la chusma asustada.

—Solo quedan el general Trinidad y dos comandantes de provincia —comunicó satisfecho don José a sus aliados.

—¿Y el general Pablo? —preguntó el juez.

— Ya es nuestro. Es un hombre ávido de poder —confirmó don José—. Lo convencimos de que su amigo Trinidad quiere ser dictador, que lo traicionó. Su discurso al interior del ejército nos ha sido de gran utilidad. Algunos comandantes están de acuerdo con él. Quizá no se subleven, pero el mando ya está dividido, tal como nos gusta y conviene. Permitamos que las semillas de la discordia den sus frutos, y cuando llegue el momento gobernaremos sin echarnos al populacho encima. Solo falta encargarnos del general. La purga lo dejó solo. Trinidad quedó sin apoyo desde la muerte de don Prócoro, y los disgustos con el general Pablo lo han desgastado. Es evidente que está arrepentido de ordenar el fusilamiento del general Prudencio por traición. Ahora sabe que el general Pablo lo engañó para que lo ejecutara, y que su amigo de armas jamás pensó en traicionarlo, que todo fue un montaje.

La primera conspiración para asesinar al jefe de gobierno fracasó. El general Trinidad fue salvado por su amante la noche señalada para matarlo. Como siempre, los verdaderos autores del complot permanecieron anónimos. Esta vez fue el general Pablo quien cargó con la culpa, pero la aparente benevolencia del libertador evitó su ejecución. Ni los gemelos ni los notables creían en esa gracia otorgada al nuevo enemigo público del adalid del pueblo. Sospechaban que tras el indulto se escondía la intención de descubrir ante el populacho las traiciones de los notables. Así podría juzgarlos y ejecutarlos sin ser tildado de autócrata, de tirano que por fin se mostraba como sus detractores políticos juraban que era.

—Otro atentado no es viable —advirtió don José a la élite conspiradora—; desprestigio y veneno, ese es el camino, señores.

Aprobado el deletéreo plan, don José Moscoso y sus aliados arreciaron las intrigas que pretendían desprestigiar a Trinidad para ambientar el magnicidio. No era prudente una dosis mortal de veneno de la noche a la mañana. Una muerte súbita alertaría al populacho y a los pocos aliados que le quedaban. Infiltraron entre sus sirvientes a la hija de un comerciante ejecutado después de la expulsión de los invasores. Fue uno de los aliados de la élite entregado por los notables a Portillo. Hábilmente, los señores de Zipazgo se encargaban por un tiempo de viudas y huérfanos de los socios caídos para ganar sus favores. La joven odiaba a Trinidad, convencida de que era el asesino de su padre. Cada día echaba un tris de arsénico en la jarra de agua que el general mantenía junto a su cama para mitigar la gastritis durante sus largas noches de insomnio.

Mientras la mujer ejecutaba complacida su papel de verdugo, la élite ordenó asesinar a los dos únicos generales leales a Trinidad que podrían frustrar los planes. En el sur, una cuadrilla de soldados traicionó a su comandante Rusec y lo acribilló en la soledad de las montañas. En el oeste, un mercenario del Continente Uno asesinó al general Concepción. Estos dos golpes minaron la moral de Trinidad. Decidió alejarse del poder, sabiendo que los enemigos de la libertad y la paz siempre estuvieron entre los supuestos amigos y auspiciadores de la campaña libertadora, tal como se lo advirtió años atrás su leal amigo don Prócoro. El clamor del pueblo que reclamaba el retorno de su amado liberador fue la orden para que la asesina finiquitara su tarea. Con la muerte del libertador nació la tiranía democrática de Celesto y Escarlato.

Veinte años habían pasado desde que retumbó el grito de libertad, y los notables estaban a punto de dar el golpe final. Seis años atrás, don José Moscoso había despachado a sus vástagos para Tamasia. Eran apenas unos quinceañeros destinados a seguir el libreto familiar. Su padre soñaba con ejercer el poder como titiritero de sus hijos. No imaginaba que sus muchachos eran unos predestinados que tenían otros planes. Expectantes, los gemelos escuchaban las noticias de Zipazgo en medio de su aprendizaje en las neblinosas tierras del Club. Su regreso era inminente. Estaban listos para recoger los frutos del campo de traiciones que sembraron los viejos cuervos conspiradores.

Año 19

Corría el cuarto año de su estadía en Tamasia cuando Celesto y Escarlato recibieron la visita de su padre. Don José viajó para reunirse con los acreedores que financiaron la campaña independentista, banqueros y empresarios que aprovecharon el momento para arrebatarle una buena rebanada de la torta del Nuevo Continente a sus rivales. De paso aprovechó para presentar formalmente a sus hijos con los inversores. Decidió que era el momento para instruirlos y delegar en ellos el manejo de las renegociaciones. Don José tenía la mira puesta en los pingües beneficios futuros, convencido de que introducir tempranamente a sus jóvenes vástagos en las intrigas de poder le serviría para sacar ventaja en la disputa con sus pares de Zipazgo. No dudaba a la hora de traicionar a los notables que lo acompañaron en el engaño al pueblo. La felonía que les confesó ese día fue una cátedra magistral que los gemelos no dudaron en aplicar contra su maestro y padre.

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