Luis Eduardo Uribe Lopera - Zipazgo

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Novela histórica y metafórica de Colombia. A través de un reino espejo (el Reino Independiente de Zipazgo), se hace un recorrido crítico por los hechos más destacados de la formación de la República, imbricando personajes que representan a los principales actores de nuestra historia con los maravillosos personajes de nuestros mitos y leyendas: La Madremonte, La Patasola, La Llorona, El Sombrerón, El Mohán. Una manera crítica y diferente de conocer nuestra rica historia, con sus demonios internos de carne y hueso junto a los inmateriales, y que nos han traído al presente que enfrentamos como país.

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Dicho esto, la élite se abrió paso por las calles empedradas de Tabacá en un carnaval de hipocresía que, dos siglos después, sigue vigente como patrimonio inmaterial de la democracia, y que exhibió sus mejores comparsas para la firma del acuerdo de pacificación que otorgó la gloria a Escarlato. Jubilosos, los escogidos encabezaron junto a los representantes del imperio la nutrida comitiva de capitalinos y funcionarios de la Corona, arrodillándose ante la amenaza de turno con tal de mantener su estatus. Los escasos ricos que no conspiraron eran esclavos del mejor postor o candidatos al paredón.

La lista de conjurados leales a la causa entregada al enemigo era amplia. Le sumaron los nombres de aquellos socios conspiradores sin abolengo o poseedores de fortunas ansiadas por los insaciables señores. Estaban plenamente conscientes de que el populacho iba a exigir que los pensadores y líderes populares asumieran el mando por derecho propio. Contrariar al pueblo era una peligrosísima decisión que no iban a tomar. Nada más conveniente que verlos ejecutados por mano del pacificador Portillo, concluyeron los elegidos. En cuanto a los socios, los notables de la capital ya tenían definido que el círculo de la élite era rígido, que no cabía nadie más que ellos. Buena parte de sus colegas de conspiración eran piezas desechables que habían cumplido un propósito. Representaban una muy probable competencia por el mando futuro que debían eliminar.

Una treintena de nombres conformaban la ominosa relación de traicionados. Una veintena eran líderes admirados por el pueblo. A Carbonaro lo condenó su origen humilde y su chisposa elocuencia. Espoleado por los solapados notables, encendió y mantuvo el fuego de la revolución el día señalado por ellos. Se educó en el mejor instituto de Tabacá a pesar de las carencias económicas de su familia. Entró en contacto con sabios e intelectuales de la Exploración Natural, una empresa que pretendía inventariar las riquezas del reino con el aparente auspicio de los notables, pero cuyo verdadero origen de financiación estaba en Tamasia. Esta expedición hacía parte de la estrategia de la élite capitalina para hacerse con el poder. El inventario de recursos era parte de la garantía que exigía el grupo financiador. Los factores del invasor, al igual que los científicos y sabios que hicieron parte de ella, fueron engañados y manipulados. Tras su participación en la Exploración Natural, Carbonaro alcanzó reconocimiento y alguna riqueza. Nunca olvidó su origen humilde. Desde su posición privilegiada se esmeraba en favorecer a los más míseros de la capital.

—Carbonaro es una ficha del populacho. No es de los nuestros —dijo don José, pretendiendo tranquilizar a sus socios cuando lo propuso, para prender la mecha revolucionaria—. Para alcanzar nuestro propósito debemos sopórtalo por algún tiempo en nuestro círculo. Luego veré cómo lo sacamos del juego. Quizá desprestigiándolo ante su amada gleba. Y si no podemos por ese camino, será otro más drástico.

Los patricios aceptaron a regañadientes su presencia, con la promesa de que era una herramienta que arrojarían a la basura en el mismo instante que perdiera utilidad.

Entusiasmado, Carbonaro no solo aceptó el encargo de encender la chispa popular, sino que, además, candoroso, agradeció el honor. Era un hombre de palabra, leal a sus principios, de manera que confiaba en los notables. Tuvo éxito en su tarea, como se esperaba, y el día señalado retumbó en Tabacá el coro de la chusma exigiendo independencia y libertad. La élite conspiradora lo soportó en el primer Consejo del nuevo reino independiente de Zipazgo a pesar de adolecer de falta de abolengo. No hacerlo era echarse al pueblo encima. Por seis años intrigaron para desprestigiarlo y encarcelarlo. Su popularidad lo protegía. La primera opción, el desprestigio, no fue viable. La oportunidad para sacarlo del camino llegó con la reconquista, con la llegada de Portillo. Fue al primero que ejecutaron.

Los fusilamientos no fueron masivos. Las ejecuciones graneadas, en un lapso de seis meses para evitar sospechas, fueron la mejor propaganda de terror. Era parte del arreglo con los agentes del invasor. A Portillo le llegaba uno o dos nombres para ajusticiar cada semana. Los interrogaba en audiencia pública para aparentar justicia, y sin importar lo que declararan acusados y defensores, los reos eran condenados a muerte. Para apaciguar los brotes del populacho, tras ajusticiar a un caudillo, los notables entregaban alguno de la élite que calificaban de rival peligroso en la lucha por el poder, o simplemente para apropiarse de sus lucrativos negocios.

Crisanto Zulela fue el segundo. Tras él siguieron Miguelbo, Gravia, Benigdo, Custovira, Joaco, Tadeo y otros tantos acaudalados sin abolengo, talentosos poetas y valiosos intelectuales. Fueron fusilados en plaza pública para asustar a cualquiera que se atreviera siquiera a pensar en proteger a un facineroso. Tadeo fue una gran pérdida para el pueblo. Además de erudito y noble, pregonaba ante sus pares que la educación y la investigación deberían ser las bases del progreso del Zipazgo libre. Esa ambición lo puso en la mira de la élite. Participó en la Exploración Natural y conocía de primera mano el potencial de las tierras. Su delito fue descubrir que los recursos estaban siendo negociados por los notables con inversionistas foráneos. Fue el primero que murió en Zipazgo por denunciar la verdad. A Tadeo, conocido como el Ingeniero, y al abogado Tenorio, los dejaron a propósito para el final del entramado de ajusticiamientos. Al jurisconsulto lo condenaron prácticamente desde que se unió a los notables en busca de la libertad. Aunque de familia rica, su origen provinciano lo hacía despreciable a ojos de la élite capitalina, un sentimiento que perdura aún entre el círculo de la oligarquía centralista. Los conspiradores le encomendaron la redacción y presentación de “La relación de oprobios contra el pueblo de Zipazgo”; un documento que recogía los abusos de que era víctima la gente por parte de los delegados del rey. Desde ese día quedó marcado como instigador al servicio de los rebeldes, a pesar de insistir en su escrito que reconocía la autoridad de la Corona. Solo era cuestión de tiempo para que los taimados notables lo traicionaran. Luego cayó el Ingeniero, un hombre inteligente y valioso cuyo crimen fue nacer fuera de Tabacá y ser parte de la expedición. Allí descubrió el engaño que se ocultaba tras la Exploración Natural, y desde entonces se propuso rescatar para el reino los hallazgos de esta misión. Los elitistas decidieron deshacerse de él y sus pares provincianos temiendo que disputarían por el derecho a gobernar.

El reino nacía con un pueblo dividido y enfrentado entre regiones y clases, libre de competencia local y provinciana, tal como lo necesitaba la élite. Después de la purga sobrevivían unas cuantas amenazas. Don Prócoro, reconocido como el sembrador de ideas de libertades y derechos, encarnaba una de las más peligrosas. Los gemelos tenían once años cuando recibieron la siguiente lección conspirativa, indispensable para cualquier aspirante a rey demócrata. Desde que resonó el grito de libertad, don Prócoro se había vuelto una astilla clavada en el tafanario de los patricios, especialmente para el arrogante Jepaul, el aristócrata que fungía como juez de bolsillo. Habían pasado once años desde la declaración de independencia, y dos desde la batalla que puso fin a la intentona de reconquista. Los notables caminaban orondos por los senderos de la última etapa de su plan. El poder casi estaba en sus garras, aunque aún sobrevivían dos o tres rivales que no podían fusilar por temor a la reacción de la chusma. La hora de asesinar por mano propia había llegado.

—Respetuoso, pero vehemente, pido a ustedes, apreciados señores, que erradiquemos de una vez por todas ese vulgar aguijón encarnado en don Prócoro. Antes, durante y ahora, no deja de atravesarse en nuestro camino —dijo en tono suplicante el juez, herido en su orgullo después de años de frustración al no lograr su cometido: encarcelar o hacer ejecutar a su enemigo, el hombre responsable de difundir los ideales de libertad para el pueblo—. Ha sido presidente por encima de ustedes, solo por intimidación del populacho. Sobrevivió a la trampa en el sur, a las prisiones del invasor y a la purga de Portillo. Prácticamente nos ha tenido en sus manos por años. Temimos que nos denunciara mientras cumplía su condena en una prisión del rey y por eso callamos. Desde su regreso nos ha costado oro y tiempo. Nos jode con su pasquín semanal cada vez que le apetece. Si no muere, en pocos meses se sabrá que nosotros negociamos con el enemigo durante la reconquista, y que entregamos a nuestros comandantes y aliados. Ustedes bien saben que es un protegido del comandante en jefe, el general Trinidad, el redentor amado por el pueblo porque batalló hasta expulsar definitivamente el ejército invasor. Si se llega a enterar de nuestras intenciones e intrigas no dudará en pasarnos por las armas.

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