Luis Eduardo Uribe Lopera - Zipazgo
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Fue un pacto con el diablo que nació cuatro décadas atrás con la financiación de la Real Exploración Natural. Un maligno acuerdo que se manifestó a los ciudadanos de Tabacá con un aterrador rugido de la tierra que retumbó en cada rancho, casona y callejuela de la capital, acompañado de un denso aire azufrado que amenazaba con acabar hasta con las invencibles cucarachas. Atemorizado, el populacho evocó las leyendas de los abuelos surgidas siglo y medio atrás durante el tiempo del ruido. Orantes y flagelados pedían clemencia y exculpación. Mitos confirmados por testigos que juraban haber visto los diabólicos espantajos, o que conocían algún desgraciado tragado por una de las criaturas que merodeaban por las selvas y bosques. Los relatos aseguraban que los dioses y espíritus de los sacerdotes autóctonos, arrasados por el usurpador, surgieron de las entrañas de la tierra como seres abominables que rondaban por el reino vengándose del pueblo por permitir que los usurpadores los destruyeran. Que, seguramente, las almas de los Colectivos ajusticiados y desmembrados fueron poseídas por los demontres para vengarse contra quienes pactaron con los extranjeros.
Veintiséis años antes del grito de emancipación, el joven José Moscoso se encontraba en Tamasia terminando sus estudios de abogacía y escondiéndose mientras la furia del populacho se desvanecía como humo después de la traición a los Colectivos y de los estupros cometidos por los abyectos delfines de la élite. El abuelo de Celesto y Escarlato despachó a su hijo con la misión de contactar inversionistas para la empresa independentista que lo encumbraría en el poder. Un plan diseñado no para los viejos de la élite naciente, sino para sus hijos, una heredad para su mezquina estirpe. Al morir su padre repentinamente, el joven José se vio obligado a regresar a Zipazgo para encargarse de los negocios de la familia. Ahora, con documentos en mano y la perorata propia de un rey de la democracia, don José, ufanándose de su astucia, les revelaba a sus vástagos cómo inició el camino al cetro que heredarían en unos años.
La apuesta consistía en negociar sobre la base de una garantía real representada en el potencial de recursos naturales de Zipazgo aún no explotados. Como era apenas obvio, los inversionistas exigieron un inventario de los bienes a pignorar. Por tres siglos, los conquistadores se limitaron a esquilmar todo cuanto tenían a mano, sin invertir en exploración alguna. Cada año resultaba más difícil surtir sus arcas, destinadas a atender la enconada lucha por el dominio global con Tamasia. A los notables se les ocurrió aprovechar la apremiante necesidad de recursos que tenían los invasores, y astutamente propusieron financiar una expedición científica para favorecer los recursos del rey. Los ocupantes cayeron en la trampa, más por ambiciosos que por tontos, sin sospechar que su poderoso enemigo insular era quien financiaría la expedición. Bajo el pomposo rotulo de Real Exploración Natural, los notables de Tabacá iniciaron el camino de la campaña independentista al debe: deudas personales avaladas con recursos del pueblo. Así daba comienzo el imperecedero imperio de los acreedores. Con la Exploración Natural no solo engañaron a los invasores, sino a sabios, científicos y pensadores que vieron en esta misión un fin altruista. Años después, esos mismos eruditos pagaron con su vida haber descubierto el mezquino
propósito de la correría. Fueron cerca de quince años de arduo trabajo que terminó en manos de los oligarcas capitalinos, que a su vez hipotecaron a favor de los banqueros de Tamasia. Lo que empezó como una modesta empresa por la libertad terminó como eterna deuda endosada a las futuras generaciones de Zipazgo. Una deuda aplastante, impagable a todas luces para una nación que apenas sabía producir lo necesario para satisfacer a sus señores y engañar el hambre con las sobras.
Don José Moscoso quiso anticiparse a sus compinches de la élite en la pugna por el poder. Por eso corrió a Tamasia para entrenar a sus precoces críos en las tácticas de entrampamiento con intenciones crematísticas. Se debían enfocar en dos objetivos primordiales. Uno, asegurarse de que su familia fungiría como garante inamovible de los acreedores; y dos, garantizar que los flujos financieros para sostener esta posición estarían siempre disponibles, como una fuente inagotable, con las debidas pignoraciones. El gobierno interminable de Celesto y Escarlato nacía, y el pueblo agradecido pagaría en medio de carnavales electorales para sostenerlo. Dos años después, los acreedores prácticamente se adueñaron de las riquezas inventariadas durante la Exploración Natural a cambio de garantizar el gobierno perenne de los aventajados melgos.
Los bastardos, 25 años antes de la independencia
Las mujeres de los Colectivos fueron desterradas al sur después de soportar violaciones y abusos aberrantes. Allí tuvieron que lidiar con reductos de nativos que, por lejanía y aislamiento, conservaban no solo la moribunda lengua y la cultura autóctona, sino también su orgullo aborigen. Llegaron como proscritas indeseables que se abrieron paso guerreando por un pedazo de tierra y comida para los críos que cargaban en sus barrigas como fruto del estupro. Ellas no fueron las únicas que migraron a poblar aquellas tierras olvidadas tanto por los invasores como por la élite capitalina. Rebeldes frustrados, menesterosos buscando sobrevivir y delincuentes huyendo de las autoridades o sus enemigos conformaban el variopinto conjunto de colonos que creyó encontrar la verdadera libertad, no la falacia que ofrecían desde la capital. Allí nacieron y crecieron los bastardos de los notables, el fruto indeseable de los primeros atropellos de la élite tabacana.
A Manolo y Camilo los parió Uriela, la ultrajada hija menor de Pepe Caballero. Uriela tenía catorce años cuando se la llevaron para una de las haciendas de la familia Moscoso. Fue esclava sexual del depravado joven José. La violaba cada vez que se emborrachaba, sin importarle si tenía el período o no. Al ver la sangre en su miembro, hacía que ella lo aseara y acto seguido la penetraba por el ano. Por dos años sufrió la tiranía del heredero de la familia Moscoso, hasta el día en que el mozuelo descubrió que la muchacha estaba preñada. El papá de José, que era perverso, pero no asesino, la despachó al sur, a donde hacía poco menos de un año estaban su madre y hermana. Ellas, por cosas del destino, tras quedar embarazadas de sus abusadores, tuvieron abortos no provocados que alivianaron su desgracia. El rencor y despreció que las mujeres sentían por los notables de Tabacá lo transmitieron a los vástagos de Uriela. Manolo y Camilo fueron emponzoñados con el veneno del perturbador odio para que jamás olvidaran que su abuelo fue asesinado por los notables, despojados de sus posesiones y proscritos a las zonas más olvidadas del reino. Junto con los hijos de las otras mujeres violadas crecieron decididos a cobrarse la deuda algún día, sin saber que eran hermanos de los gemelos, una afrentosa verdad que les sería rebelada tiempo después.
Forjados en el acerado yunque de las montañas y el sostenido martilleo del agobiante fogaje de las junglas, los bastardos eran hombres acostumbrados a enfrentar las azarosas amenazas naturales y mundanas de cada día. Toscos, desastrados y chabacanos, no sabían de verbos y conjugaciones. En el sur y las periferias de los otros puntos cardinales, los niños y jóvenes carecían de escuelas donde aprender a leer y escribir, un mal endémico para que no descubrieran las palabras que delataran a sus ojos que su vida estaba marcada por el abandono, que la miseria no era un castigo de los dioses o demonios. De haber estudiado, apenas reconocerían los verbos hambrear, trabajar, sufrir y guerrear. Rebuscarse el pan diario era una hazaña, y superar los males del cuerpo era cuestión de suerte. No había médicos, mucho menos hospitales. Parteras, brujos, yerbateros y sanadoras con sus pócimas encantadas y rezos eclécticos eran la única opción. Después de doscientos años de independencia y gobierno de Celesto y Escarlato, la situación no ha cambiado mucho. La justicia no cojeaba por esos lares porque nunca se asomaba a las tierras olvidadas por los reyes de la democracia y por los explotadores que, perpetuamente, recibieron los derechos de propiedad y solo a cambio de entregar una parte de las riquezas a través de tributos legales y patrañas oscuras. Más que trabajar para los concesionarios sempiternos de las riquezas y terrenos de cultivo, las hordas de desarraigados y sus descendientes eran esclavos asalariados. Nadie en Zipazgo era libre de hecho, solo de palabra. Quienes no aceptaban las condiciones de los propietarios prácticamente condenaban a morir de hambre a su familia, o tenían que emigrar a las ciudades en busca de mejores oportunidades. Los que elegían delinquir terminaban ahorcados o pudriéndose en un calabozo olvidado hasta del diablo. Migrar a la ciudad no siempre resultaba afortunado. Allí también chocaban con la delincuencia, salarios de miseria, autoritarismo, pocas escuelas y uno que otro hospital donde morir abandonado. Los bastardos solo obedecían la tácita Ley de la selva.
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