Charo Vela - Carmela, la hija del capataz

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Carmela, la hija del capataz: краткое содержание, описание и аннотация

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Tras ocho años aislada del mundo, Carmela vuelve junto a su familia y su hijo. Vuelve más madura, más profesional y con muchas ganas de venganza. El odio hacia la familia De Robles se ha instalado en sus entrañas y ha ido creciendo durante estos años. Nunca podrá olvidar todo lo que ha tenido que sufrir por culpa de ellos. Le tendieron una trampa, una vil artimaña, que la apartó de los que más quería y le rompieron el corazón. Pero ¿quién iba a creerla a ella? ¿Cómo podía, sin dinero, defenderse de las injurias de los señores? Una chica con dieciocho años, hija del capataz, pobre y sin recursos. ¿Cómo iba a imaginar que el hombre que más amaba la iba a abandonar, cuando más lo necesitaba? Tras volver, a su mente acuden recuerdos de cómo comenzó toda su historia y la firme decisión de resarcirse del daño sufrido. La traición, el amor, el odio y la venganza, reina a lo largo de su corta vida. ¿Podrá algún día desquitarse? ¿Despertará su corazón de nuevo al amor o seguirá odiando a muerte al padre de su hijo? Lo que Carmela no imagina son las sorpresas que la vida le deparará y la harán tambalear de su firme propósito.

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A Tomás le gustaba subirse a los árboles; ya se había caído en más de una ocasión de ellos. De pequeño tuvieron que entablillarle una pierna un par de meses tras darse un buen batacazo por querer coger naranjas del árbol.

Los fines de semana los señoritos aprovechaban para enseñar a Lola y a Carmela a leer, a escribir y algo de matemáticas. Luego, por las noches, ellas enseñaban a su vez a Irene, su madre. La escuela les quedaba lejos; tenían que ir andando por el campo hasta Mairena y en invierno era complicado asistir, pues con las lluvias los caminos estaban embarrados y eran casi intransitables. Los días de tormenta que Gregorio no las podía llevar en coche no podían acudir. Ellas ya sabían algo de escritura, si bien gracias a la ayuda de los señoritos estaban aprendiendo bastante más.

Los señores viajaban mucho por negocios. También acudían a eventos y reuniones sociales en la capital. En esas situaciones los niños se quedaban con Inés, la nodriza, que los vigilaba de cerca.

En el verano, de vez en cuando, la niñera los acompañaba al arroyo. Los dejaba darse un baño en el borde del riachuelo para refrescarse del intenso calor. Tenían asimismo una pequeña alberca, donde se bañaban casi a diario. También paseaban por la hacienda, jugaban al esconder o se sentaban bajo la sombra de la extensa y variada vegetación a inventar alguna que otra historia.

Gregorio les construyó una cabaña en un árbol grueso. Allí se subían y Luisa, que era la mayor, leía cuentos e incluso relatos de miedo mientras los otros tres la escuchaban embobados. Un día, jugando al escondite, le tocaba a Tomás encontrarlas. Divisó a Carmela cobijada entre unos matorrales.

—Te encontré, estoy salvado. Ahora te la tienes que quedar tú —le dijo Tomás mientras la agarraba del brazo y la sacaba de su escondrijo.

—Eso no vale. Como soy la más pequeña siempre me encontráis la primera —contestó Carmela enfadada, parada ante él con los brazos cruzados y el semblante enfurruñado—. ¡Ya no me la quedo más!

—Bueno, si eres mi novia te suelto y sigo buscando a las otras.

—¡Estás loco! No puedo, todavía soy una niña. Además, tú eres el señorito.

—Anda, tonta, ¿y eso qué importa? Nadie se va a enterar. ¿Vas a ser mi novia o no?

—¡Nooo! ¡Yo no quiero novio!

—Bueno, la verdad es que tampoco me gusta una novia tan enclenque como tú —le confesó altivo al sentirse rechazado.

—¡Ya no juego contigo más nunca! ¡Me voy a mi casa! —le gritó enfadada. Estaba molesta y con el orgullo herido. Dio media vuelta y se encaminó corriendo hacia su casa.

Al día siguiente volvieron a jugar como si esa conversación nunca hubiese existido.

Llegó la Navidad y cantaron villancicos en la cabaña del árbol. Los Reyes Magos le trajeron a Carmela una muñeca de cartón muy bonita. Estuvieron todo el día jugando. Por la tarde, la muñeca estaba manchada de tierra y Tomás le aconsejó:

—Deberías lavarle la cara. Tiene muchos churretes y está fea.

Acto seguido y sin pensarlo dos veces, Carmela la metió en un barreño de agua donde su madre lavaba la ropa. Al instante el cartón empezó a mojarse y comenzó a deshacerse. En unos segundos de la muñeca solo quedó la tela que la cubría.

—¡Tomás, te odio! —gritó Carmela, llorando sin consuelo—. Por tu culpa mi muñeca se ha muerto. ¡Nunca más voy a ser tu amiga!

Tomás se sintió mal por aquello. Él no fue consciente de lo que podía ocurrirle a la muñeca y, aunque se enfadaban muy a menudo, siempre estaban juntos.

—No llores. No pensé que la ibas a mojar entera, solo te dije que le limpiaras la cara. —Afligido, Tomás intentó consolarla. No quería que ella lo odiase—. Te prometo que cuando sea mayor te voy a comprar la muñeca más bonita de toda Sevilla.

—¿Me lo juras por lo más sagrado? —Él asintió con cara de arrepentimiento y ella, aunque triste, lo perdonó—. Vale, ya no te voy a odiar, pero no se te olvide que me debes una muñeca.

Una tarde Gregorio les regaló a sus hijas una perrita. En la finca había un par de perros machos que siempre andaban por los cultivos y las caballerizas. El chófer del señor tenía una perra que había parido hacía poco y le regaló una cría al capataz.

—¡Ohhh! ¡Padre, es muy bonita! ¿Cómo se llama? —preguntó Carmela ilusionada.

—Le tenéis que poner vosotros el nombre y la debéis cuidar.

—Es blanquita y redondita. Hermana, ¿la llamamos Luna? —preguntó Lola.

—Sí, me gusta. Luna, ven. Voy enseñarte tu casa. —Carmela la llamaba y la trataba como si fuese un muñeco y la perra la seguía como si entendiese lo que le decía.

Cuando los señoritos conocieron a Luna le cogieron cariño y se pasaban muchas horas jugando con ella. La perra los seguía encantada.

Un año más tarde Tomás se enfermó de sarampión, con fiebres muy altas, picores y ojos irritados. Pasó algunos días sin poder ir a clases ni salir al patio. Casi todo el tiempo lo pasaba en solitario, pues temían que contagiase a los demás niños. Sin embargo, Carmela sentía pena de que estuviese tan solo y algunas tardes, con la excusa de ir a la casona a ver a su madre, a escondidas buscaba a Tomás y lo acompañaba un rato. Anita, la asistenta, hacía como que no la veía y no decía nada, pues le daba pena de ver al señorito enfermo, solo y aburrido.

Pocos días después Carmela se empezó a sentir mal. Tenía fiebre, picores y mal cuerpo. Había cogido el sarampión. Debía quedarse en casa reservada, sin que le diese mucho el aire. Una tarde estaba sentada en la mesa camilla haciendo los deberes. Su familia aún no había llegado de trabajar. Escuchó que llamaban a la puerta y al abrir se sorprendió.

—Hola, Tomás. ¿Qué haces aquí? Aún no estás curado del todo.

—Ya estoy casi bien. Mira, ya tengo muy secas las pupas —le contó mientras ella lo invitaba a entrar y a sentarse al calor de la lumbre—. Quería verte un rato. Sé lo sola que estás y es muy aburrido. Menos mal que tú me visitabas. Sin poder salir las horas se me hacían muy largas.

—Es verdad, desespera estar encerrada, pero si salgo mi madre me riñe y debo ser obediente por mi bien. No quiero que se me queden las marcas.

—Creo que te has enfermado por mi culpa. Seguro que te lo he contagiado cuando venías a verme. —Tomás sentía pena por ella al verla enferma y sola. Sus padres, aunque trabajaban cerca, estaban muchas horas fuera del hogar—. Así que quería hacerte la visita y estar un rato contigo.

—No creo que sea tu culpa, pero me alegra mucho que hayas venido. ¿Jugamos a algo?

En el suelo de cemento de la sala de estar dibujaron un tejo con un trozo de carbón, cogieron una piedra y estuvieron jugando y riéndose un buen rato. Carmela lo invitó a merendar pan con una onza de chocolate. Cuando Tomás se iba a marchar se acercó y le dio un beso en la mejilla. Ella se sonrojó y bajó la mirada. Tomás la observó, sonrió satisfecho y se encaminó hacia la casona. Besarla le había gustado y verla con las mejillas teñidas por la vergüenza, aún más.

El tiempo fue transcurriendo sin grandes cambios en sus vidas. Los fines de semana se volvían a reunir. Eran la alegría de la hacienda. Los jóvenes paseaban, charlaban y jugaban por los jardines. En verano, cuando el calor apretaba, algún día bajaban al arroyo a darse un baño. Por seguridad, la institutriz los dejaba meterse por la parte que tenía poco caudal. Las niñas se bañaban con sus largas enaguas, que les cubrían todo el cuerpo hasta las pantorrillas, y Tomás, con una camiseta de tirantes y calzones largos hasta las rodillas.

En verano, al ser las tardes más largas y el anochecer más tardío, el señor le pidió al asistente que se encargaba de los caballos que enseñase a montar a sus hijos. Tomás se entendió bien con su caballo y en un par de días galopaba por la finca como un jinete experimentado. A Luisa le costó algo más aprender. Gregorio, al ver a sus hijas con cara de tristeza, le pidió permiso al señor para enseñarlas también a montar. Este autorizó al capataz a que montasen a una yegua mansa que tenían. Así, en pocos días los cuatros jóvenes aprendieron. Claro que Tomás les llevaba una enorme ventaja.

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