—Señora, digooo… Mamá, ya soy mayor. He cumplido siete años y voy a la escuela —le contestó el niño a la vez que abría las palmas de las manos y le enseñaba los siete dedos.
—Sí, mi vida, ya veo que estás grandote y muy guapo. Cuando cumplas tres manos como esta serás todo un hombrecito. Entonces te contaré por qué no he podido estar a tu lado —le explicó Carmela con cariño.
—¿Por qué lloras? ¿Estás triste? —interrogó preocupado el crío al verle los ojos llorosos.
—No, mi niño, al contrario. En este instante soy la mujer más feliz de la tierra. ¿Me dejas que te abrace y te bese? —le consultó anhelante. Necesitaba estrechar a su hijo entre sus brazos después de tanto tiempo.
Juan José asintió con la cabeza. Carmela lo abrazó y besó decenas de veces. En estos momentos era muy dichosa. El corazón le palpitaba como un caballo salvaje al que habían tenido encerrado y ahora corría desbocado y sin control por una inmensa pradera. Luego se volvió y besó a su sobrina, que estaba preciosa.
—Aurora, estás hecha una mujercita, guapísima y tan alta como tu madre. —La abrazó con cariño. Aurora se sonrojó por los piropos de su tía.
—Gracias, tía. Usted también está muy guapa. Me alegro de que se venga a vivir con nosotros.
—Gracias a vosotros siempre. Háblame de tú, mi niña. —Se giró de nuevo hacia su hermana—. Lola, ¿cómo están nuestros padres?
—Bien. Querían venir a recogerte, pero no cabíamos todos. Y decidimos que lo primero que vieses al salir fuese a tu hijo. Nos están esperando en casa, ansiosos por verte.
—Señoritas, nos vamos ya. Todavía nos quedan más de dos horas de viaje y no quiero que nos coja la noche por el camino, que ya anochece antes y las carreteras están regular —manifestó Luis.
Carmela se montó en el coche. Iba sentada en el asiento de atrás, junto a su pequeño Juan José y su sobrina. Lo llevaba agarrado de la mano, necesitaba sentirlo cerca. Había soñado cada día y cada noche con tenerlo a su lado. Ahora tenía que disfrutar de él e intentar recuperar el tiempo perdido. No había podido gozar de su infancia, mas no se separaría ya de él ni un instante. El pequeño no dejaba de mirarla. Poco a poco, fue perdiendo la timidez y le apretaba la mano con cara de alegría.
—Prima, ha venido mi madre a verme, como tú me decías. ¿¡A que es guapa!?
—Sí, mucho. Ahora ella va a cuidar de ti y te llevará al colegio.
Juan José miró a su madre y sonrió contento. Carmela lo besó en la frente.
—¿Sí, mamá? ¿Ya vas a vivir siempre con nosotros?
—Sí, mi niño. De aquí en adelante estaré a tu lado.
De nuevo Carmela miró a su alrededor. Un oleaje de emociones se apoderó de ella. Las lágrimas se agolparon en sus pupilas luchando por salir, si bien se esforzó una vez más por retenerlas. Le parecía mentira estar de nuevo con su familia y que la borrasca tempestuosa que había cubierto el cielo de su vida durante los últimos ocho años, se hubiera despejado para dar paso a un sol radiante, que la acompañaría a partir de ahora en su día a día.
Observó por la ventana todo lo que veía y se sorprendió. Notó como en todo este tiempo había cambiado la forma de vestir de las mujeres. Las más jóvenes usaban faldas más cortas, incluso por encima de las rodillas, y muchas llevaban pantalones. Se fijó en los peinados; eran más cortos e incluso alborotados. Todo parecía haberse modernizado.
Carmela miró por última vez hacia la puerta que le había dado la libertad. En esos momentos un aluvión de pensamientos ocupó por completo su mente.
¡Cuánto había madurado en estos años desde que cruzó esa maldita puerta por primera vez! Entró siendo una inocente chica de pueblo, con dieciocho años y apenas sin estudios. En estos años se había esforzado al máximo por cumplir su sueño: estudiar Medicina. Al principio todo fue muy duro para ella, le costó mucho adaptarse. Se pasaba llorando día y noche e incluso deseó morirse en varias ocasiones. Sin embargo, el amor por su hijo, la rabia por vengarse de quienes la traicionaron y las ganas de forjarse un porvenir, la sacaron del pozo de tristeza en que se hallaba. Eso le dio fuerzas para luchar cada día y que a su niño nada le faltase. Debía aprovechar ese tiempo y sacar algo positivo. No podía ser un simple lapsus perdido en su vida.
Ahora era la doctora Carmela Galián. Había perdido ocho años de su vida, de su juventud, de la infancia de su pequeño. No obstante, con mucho esfuerzo había conseguido una titulación. Solo le quedaba hacer las prácticas y coger la especialidad. Hoy por hoy, era alguien respetable en la sociedad, que después de todos estos años seguía igual de clasista e injusta. Más moderna en sus ropas y peinados, si bien lo mismo de anticuada y retrógrada en sus pensamientos. Pronto empezaría a trabajar en lo que a ella tanto le gustaba: curar a los enfermos.
Años atrás había sido acusada de un grave delito, por el cual la condenaron a diez años de cárcel. Por buen comportamiento le rebajaron la pena a ocho años. Había pagado con creces su condena. Una condena injusta, excesiva e inmerecida.
Cuando la culparon se defendió con uñas y dientes, pero la parte contraria era pudiente y de apellido ilustre. ¿Quién iba a creerla a ella, una pobre chica humilde y sin recursos? ¿Cómo podía sin dinero defenderse de las injurias de los señores? El juez era amigo de la familia que la denunciaba y se obcecó con ella en demasía. La trató y juzgó como a una peligrosa criminal.
Mil veces se había preguntado a lo largo de estos años por qué le hicieron esto y siempre llegó a la conclusión de que le tendieron una trampa y Carmela, ingenua, cayó en ella. Por alguna razón, estorbaba en ese preciso momento y supieron quitarla de en medio de forma vil y malvada. Ella había cumplido su pena como una vulgar delincuente. Había estado presa durante ocho eternos años por algo que jamás cometió.
Ahora, por fin, estaba libre. Tenía solo veintiséis años y toda la vida por delante para criar a su hijo y poder desquitarse de los que le robaron esos años de su vida, pues la venganza se había instalado en ella como su fiel compañera. Se había incrustado en su alma, alimentando el odio que sentía hacia la familia De Robles. Era como una gran tela de araña que había cubierto su corazón, creando una entramada red de rencor y desprecio hacia ellos. Ya no era una jovencita inocente que no tenía dónde caerse muerta; ahora era una mujer madura que había cumplido el sueño de ser doctora y con fuerzas para enfrentarse a quien quisiese hacerles daño a ella o a los suyos.
Tenía claro que algún día se vengaría y les haría pagar todo el horror por el que había pasado. Esa idea había rondado su mente durante todo su encierro, dándole fuerzas para luchar día a día. Debía hacer justicia y que el apellido de su pobre padre quedase inmune.
El coche seguía circulando en dirección al pueblo donde su hermana vivía. Cerró los ojos y su mente rememoró años atrás, volviendo a su infancia, cuando todo comenzó…
1. Dieciocho años antes
Sevilla, septiembre de 1957
La temporada de la recolección aceitunera estaba en pleno auge en la Hacienda Parzuma. Dicha hacienda estaba anclada en Mairena, un pueblo del Aljarafe sevillano. Unos quince kilómetros la separaban de la capital hispalense.
Todos los jornaleros fijos de la finca, más los contratados eventuales, trabajaban con afán los olivares en esa fecha. Gregorio, el capataz, llegaba cada noche rendido a su hogar. Vivía en una casita pequeña, adjunta al patio central de la entrada a la hacienda. Este controlaba todo lo concerniente a los cultivos, la recolecta, las almazaras, el molino y el personal masculino. Cada día, además del capataz, trabajaban tres hombres más fijos en la hacienda. Uno se encargaba de los caballos y la cuadra; otro, de la bodega, de la pisada de la uva, de la elaboración del vino y del aceite; y, por último, el chófer del señor, que en sus ratos libres se ocupaba de cuidar los patios, el huerto y los jardines que cercaban la casona.
Читать дальше