—¿Vas a ir el domingo al pueblo, a la procesión de la Virgen?
—Sí, todos los años voy con mi madre y mi hermana. De todas maneras, los domingos siempre vamos a escuchar misa.
—Mañana por la tarde hay carreras de cintas a caballo y guateque en la caseta. Me gustaría verte por allí e invitarte a bailar si tu madre me lo permite —le confesó Luis ilusionado.
—Se lo comentaré a ver si me puede acompañar, pues aunque vaya con mi hermana no nos va a dejar ir. Ahora anochece pronto y luego está todo muy oscuro para volver las dos solas por los caminos.
—Bueno, te esperaré por si me das la alegría de ir. Si no puedes, pues nos vemos el domingo en la puerta de la iglesia.
Esa tarde Lola y Carmela le insistieron a su madre para ir a ver las carreras de caballos. Tomás corría en ellas y querían verlo. Claro que Lola no le insinuó nada del joven por el que su corazón palpitaba y que iba a estar allí esperándola, sino simplemente que deseaban acudir a las fiestas. Irene terminó en la casona al atardecer y se encontraba rendida, así que no pudo acompañar a sus hijas y, claro está, no las iba a dejar ir solas.
—Hijas, lo siento mucho. Es muy tarde ya para ir. Nos va a coger la noche por los caminos y tu padre no puede acompañarnos ni recogernos. Además, estoy muy cansada. Os prometo que mañana vamos a ver a la Virgen. Salimos al mediodía y damos un paseo por la verbena.
Lola se tuvo que conformar. Se había ilusionado, incluso se había arreglado pensando en Luis. Estaba triste, pero no podía decirle nada a su madre. La pobre estaba agotada de trabajar tantas horas.
Esperó entusiasmada el domingo. Al llegar a la iglesia su corazón la avisó. Miró hacia un lateral y lo vio. Estaba muy guapo. Era alto, de piel morena por el sol, pelo castaño y ojos marrones. Tenía tres años más que ella. Se había arreglado para la ocasión. Llevaba camisa blanca y una chaqueta marrón de pana a juego con sus ojos. Él la miraba embelesado y la veía guapísima. Lola llevaba un vestido estampado ajustado a su cintura con falda de vuelo y un abrigo. Llevaba la melena suelta. Su pelo negro y largo cubría su espalda. Luis aprovechó el bullicio para acercarse a ella. Con disimulo le cogió la mano un instante y ella vibró. Su madre estaba despistada mirando a la Virgen y no se percató de nada. Sin embargo, Carmela, que era muy viva, sí se dio cuenta. Miró a su hermana, esta le sonrió y con el gesto de su dedo índice sobre los labios le pidió silencio. Carmela desde ese momento tuvo a su madre entretenida para que Lola pudiese disfrutar del acercamiento de su pretendiente.
Después de ver la Virgen y dar un paseo volvieron a la hacienda. Tras la cena se retiraron a descansar. Las dos hermanas compartían dormitorio. Al estar a solas las dos, Carmela no pudo disimular por más tiempo.
—Lolaaa, qué calladito lo tenías. ¿Desde cuándo lo conoces? —le dijo en voz baja para que solo ella lo escuchase.
—Pues hace más de un mes. Trabaja aquí en la recolección y lo conocí gracias al agua del botijo. —Las dos rieron al unísono—. Y a partir de ese día no ha dejado de acercarse a mí. Me dijo que hoy me iba a esperar en la iglesia para verme.
—¡Cuánto me alegro por ti! Hermana, ¿te ha pedido ya ser su novia? —Las dos se habían acostado en la cama de Lola y cuchicheaban entre susurros, pues solo una cortina separaba la alcoba de la salita. Temían que sus padres se enterasen y lo descubriesen todo antes de tiempo.
—Sí, esta noche me lo ha murmurado entre la multitud. Yo, nerviosa, le he dicho que lo tengo que pensar, si bien lo tengo pensado más que de sobra —confesó ilusionada, con un brillo especial en los ojos.
—Ya lo veo hablando con papá y pidiéndole tu mano. Al final, como soy la más pequeña, me vais a dejar sola.
—Cuando tengas edad verás como te llega el amor de tu vida y te hace la mujer más feliz del mundo. Hermana, no vayas a contar nada a nadie, por favor, que todavía es pronto.
—No te preocupes, mis labios están sellados. —Se alegró de ver a Lola tan ilusionada.
Un mes después, al terminar la recolección, Luis habló con Gregorio y le pidió la mano de su hija. Este, que algo sabía por Irene, aceptó, no sin antes exigirle respeto y cariño hacia su niña o se las vería con él. Así que algunas tardes o el domingo después de misa se veían. Ella iba a la iglesia con su madre y su hermana; él las esperaba en la puerta y las acompañaba por los caminos de olivares de vuelta a la finca. Allí paseaban y charlaban, siempre, por supuesto, a la vista de los demás.
Gregorio era un hombre bueno y trabajador, de estatura media, musculoso y fuerte. Aunque era un hombre de campo, rudo y sin apenas estudios, llevaba la finca y los cultivos a la perfección. Era parco en palabras, compresivo y testarudo. Hombre de confianza y muy leal, aunque chapado a la antigua. Daba gracias a Dios por las tres mujeres que le había puesto en su vida y que llenaban sus días de dicha.
Irene era bajita, metidita en carnes. Ella decía que no era gorda, sino anchita de caderas, como a su Gregorio le gustaba. De buen comer, probaba todo lo que cocinaba. Era una excelente cocinera. Tenía buen humor, casi nunca se enfadaba. Bonachona, humilde y cariñosa con su familia, adoraba a sus princesas. Eran el regalo más grande que Dios le había dado. Muy trabajadora y honesta, los señores la apreciaban bastante.
Después de venirse de su pueblo muchos años atrás, Gregorio e Irene solo habían vuelto en contadas ocasiones, pues estaba muy lejos, no tenían coche y ya eran cuatro de familia. Viajar en el autobús con las maletas y las niñas tan pequeñas era una paliza. Las dos primeras veces fue cuando nacieron las niñas para que los abuelos las conociesen. Las siguientes fueron por cuestiones trágicas, cuando les llegaba por carta la noticia de que había muerto alguno de los padres, con lo cual iban a visitar la tumba y rezarles. Ya después de morir los padres de ambos no volvieron a ir. Solo sabían de sus hermanos por carta.
Lola seguía muy ilusionada con Luis. Este vivía en Mairena, en casa de Amparo y su marido, un matrimonio sin hijos que le alquilaba una habitación. Llevaba dos años que en otoño se venía a vivir con ellos, pues en la temporada de la aceituna en el Aljarafe no le faltaba el trabajo. Luego volvía a San Nicolás del Puerto, un pueblo de la sierra de Sevilla, donde nació. Allí vivía con su madre y un hermano más pequeño. Su padre había muerto en la guerra civil, dejando a su madre viuda y sola con dos hijos. En primavera y verano trabajaba en las minas del Cerro del Hierro. En invierno, las bajas temperaturas y las pequeñas heladas les impedían acceder a los yacimientos, por lo que no solían contratar apenas a nadie en esas fechas y el trabajo en el pueblo escaseaba. Era en esa fecha cuando Luis se venía al Aljarafe para la recolecta.
—Lola, cariño, he hablado con Amparo y su marido para quedarme un mes más en su casa y no me han puesto ningún problema. Sin embargo, después de Navidad tengo que irme para mi pueblo. No puedo dejar sola a mi madre tanto tiempo —le contó Luis un domingo por la tarde mientras estaban sentados en un poyete del patio del cortijo.
—¡Ay, Luis! ¿Cómo voy a estar tanto tiempo sin verte? —se lamentó Lola, que estaba muy encariñada con su enamorado.
—Lo sé, mi niña bonita, pero aquí no tengo ya trabajo y allí sí. Hay que ir donde te dé para poner la olla, como me dice mi madre.
—¿Y si te olvidas de mí? —Lloriqueaba apenada.
—Eso ni lo pienses. No temas, vendré a verte. —Miró a ambos lados, vio que nadie los miraba y la besó en la mejilla con cariño. Lola había calado hondo en su corazoncito y no quería verla triste—. Bueno, no pensemos en eso. Nos queda un mes para estar juntos.
Читать дальше