Charo Vela - Carmela, la hija del capataz

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Carmela, la hija del capataz: краткое содержание, описание и аннотация

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Tras ocho años aislada del mundo, Carmela vuelve junto a su familia y su hijo. Vuelve más madura, más profesional y con muchas ganas de venganza. El odio hacia la familia De Robles se ha instalado en sus entrañas y ha ido creciendo durante estos años. Nunca podrá olvidar todo lo que ha tenido que sufrir por culpa de ellos. Le tendieron una trampa, una vil artimaña, que la apartó de los que más quería y le rompieron el corazón. Pero ¿quién iba a creerla a ella? ¿Cómo podía, sin dinero, defenderse de las injurias de los señores? Una chica con dieciocho años, hija del capataz, pobre y sin recursos. ¿Cómo iba a imaginar que el hombre que más amaba la iba a abandonar, cuando más lo necesitaba? Tras volver, a su mente acuden recuerdos de cómo comenzó toda su historia y la firme decisión de resarcirse del daño sufrido. La traición, el amor, el odio y la venganza, reina a lo largo de su corta vida. ¿Podrá algún día desquitarse? ¿Despertará su corazón de nuevo al amor o seguirá odiando a muerte al padre de su hijo? Lo que Carmela no imagina son las sorpresas que la vida le deparará y la harán tambalear de su firme propósito.

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En el periodo de la recogida de la aceituna o de las vides, Gregorio dirigía a diario a más de veinte trabajadores. Estos provenían del mismo Mairena y de los pueblos colindantes.

Irene, su mujer, trabajaba en la cocina de la hacienda. En la casona faenaban dos mujeres junto a ella:Anita, que se encargaba de ayudar en la cocina, llevar la limpieza de la casa y servir a los señores; e Inés, la niñera de los señoritos, que además, entre semana, cuando los niños estaban en el colegio, ayudaba a Anita en la colada y a limpiar las zonas comunes. Al caer la noche todas volvían a sus casas hasta el amanecer. No querían servicio interno, salvo la nodriza algunos fines de semana, cuando los señores debían acudir a algún evento o salían de viaje por negocios.

Gregorio vivía en la casita del capataz junto con Irene y sus dos hijas: Lola, de doce años; y Carmela, de nueve. Eran una familia humilde y trabajadora. Llevaban casi catorce años trabajando en la finca.

Ellos eran de un pueblo de Badajoz. Allí tras la guerra civil el trabajo escaseaba. Al poco de estar casados, a través de un comerciante, llegó a sus oídos que en un pueblo de Sevilla necesitaban capataz para la hacienda. Viajaron a hablar con los señores y los contrataron. Una semana más tarde se trasladaron a vivir a la finca. Irene empezó como ayudante en la cocina. No obstante, hacía ya varios años que la mujer que cocinaba cayó enferma y desde entonces Irene era la cocinera de la hacienda. En estos años, aparte de tener dos hijas preciosas, habían logrado la confianza de los señores.

Se habían casado en plena posguerra, con una fuerte dictadura, pasando penurias y mucha hambruna, pero con el corazón lleno de amor e ilusión. A los pocos meses de la boda se mudaron a Parzuma, donde trabajaban muchas horas. Ganaban para comer caliente cada día y tenían un techo donde guarecerse, lo que en la posguerra no era poco. No podían quejarse; vivían bien dentro de sus posibilidades y eran felices a su manera. La casita era pequeña y humilde, pero Irene la adornó con flores y jarrones de barro. Era acogedora y ellos formaban una familia unida y dichosa.

Lola era una muchachita de pelo castaño, largo y lacio, de estatura media, cariñosa y más bien callada. Con sus doce años ya se le estaba formando su cuerpo de mujer. Era diligente para el trabajo, siempre queriendo ayudar a su madre, así como algo tímida e inocente.

Carmela en el físico era más bien lo contrario que su hermana. Tenía el pelo claro, media melena rizada, era alta y delgada. Sus pupilas eran del color de la miel. Era preguntona y protestaba si algo no le gustaba. Simpática, pizpireta y risueña, le gustaba aprender cosas nuevas y siempre andaba investigando. Como era la pequeña de la casa, pues había cumplido los nueve años, era la niña mimada.

Ellas eran felices en la finca. Se sentían afortunadas de vivir allí y tener tanto terreno para jugar.

La Hacienda Parzuma estaba anclada en un paraje rústico a unos dos kilómetros del pueblo de Mairena. Era de arquitectura rural. Al cruzar el pórtico de entrada se encontraba un patio y al frente, la casa del capataz. A continuación, tras la casa, nos encontrábamos el molino aceitero con la torre de contrapeso, sus almenillas y su cruz de Lorena, que le daban a la hacienda un empaque romano. En dicho molino producían aceite de oliva de gran calidad que vendían por la comarca. Anexas al molino estaban las caballerizas; allí había cuatro caballos y dos yeguas, además de tres vacas que daban leche para el sustento de la familia. Tras la cuadra se encontraba una inmensa extensión de olivos y vides de varias hectáreas.

A la derecha del pórtico se hallaba la bodega y adjunta a ella, una nave para la selección de la uva y su posterior pisada. La familia se dedicaba a la elaboración y venta de sus vinos, como también del aceite de oliva que se recolectaba de sus olivares.

Al fondo, rodeada de jardines, se hallaba la casona con sus dos plantas, toda blanca y señorial. La zona que la rodeaba estaba adornada por naranjos, limoneros, almendros e higueras, con varios senderos que llevaban a los cultivos y al arroyo. En un lateral se encontraban el huerto y el gallinero.

En la casona, tras su portón de entrada, se hallaba un vestíbulo por el cual se accedía al salón principal, a dos salas más pequeñas, al despacho, al aseo y a la cocina. También se encontraba la escalera que ascendía al primer piso, donde estaban ubicados cuatro dormitorios y un baño.

Los señores De Robles eran una familia distinguida y de clase. El señor Andrés y la señora Teresa llevaban quince años felizmente casados. Al principio su matrimonio fue pactado, ya que las dos familias, que eran pudientes, así lo decidieron años antes. No obstante, para sorpresa de muchos, cuando los jóvenes se conocieron se enamoraron con rapidez y eran una pareja estable.

Tenían tres hijos: Alberto, de catorce años; Luisa, de trece; y Tomás, que había cumplido los once. Los niños acudían a colegios importantes. Los dos varones estudiaban en el colegio de los jesuitas de Portaceli, en la capital, y Luisa asistía al colegio femenino de Santa Teresa de Jesús, en un pueblo vecino. Era de monjas y solo para señoritas distinguidas. Estaban internos de lunes a viernes. El fin de semana lo pasaban en la finca con sus padres y la niñera.

Alberto era ya todo un hombrecito. No era muy alto, pero sí musculoso, moreno y con porte de señorito. Tenía el pelo corto y castaño oscuro. Se le notaba su carácter serio y a veces presuntuoso. Ya se acicalaba para gustar a las damiselas.

Luisa tenía la estatura normal para su edad. De cara redondeada y nariz respingona, el pelo castaño claro le llegaba por los hombros. Era cordial y alegre, se parecía mucho a su madre. Era toda una mujercita, adorable y muy educada.

Tomás, el pequeño de la familia, era muy espabilado para su edad. Espigado y de complexión fuerte, sus ojos grises y su pelo negro anillado, un poco largo, le daban apariencia de travieso, aunque era de talante noble e ingenioso. Era bastante estudioso y le gustaban mucho los caballos.

Crecieron jugando y compartiendo muchas horas con las hijas de Gregorio, el capataz. Eran niños de carácter bondadoso. Tenían una institutriz que cuidaba de ellos cuando estaban en el cortijo y les instruía en las regias normas de su estatus social. No obstante, su madre, la señora Teresa, los educaba personalmente con cariño y disciplina.

Alberto solía pasar ya menos tiempo con sus hermanos, pues se veía mayor para jugar con críos. Había crecido y ya no lo entretenían los juegos de niños. Empezaba a pensar en las chicas. Aprovechaba sus días en la finca para montar a caballo o aprender viticultura en la bodega. A veces su padre se lo llevaba de montería o a inspeccionar los cultivos.

Luisa y Tomás eran casi de la misma edad de Lola y Carmela, así que pasaban muchas horas juntos. Jugaban al tejo, al escondite, al coger o a la comba y se divertían bastante. Incluso iban al arroyo a cazar ranas y renacuajos. Los señoritos tenían triciclos y los compartían con ellas; algunas veces se pasaban toda la tarde pedaleando. Los días de invierno en los que la incesante lluvia no dejaba ni un resquicio para jugar al aire libre, en cuanto la borrasca daba un respiro los niños salían ansiosos, hambrientos de oler ese aire puro de tierra mojada al que estaban acostumbrados, y chapoteando en los charcos tras la lluvia se divertían de lo lindo durante horas. Gregorio, con una cuerda que ató a un árbol, les hizo un columpio en el que también se distraían jugando.

Ellos se entretenían y disfrutaban con cualquier cosa. Se deleitaban con esas pequeñas grandes cosas que la vida les ofrecía cada día. Presenciar cómo ordeñaban a las vacas o ver poner los huevos a las gallinas era para ellos todo un espectáculo.

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