Eran momentos en que parecía que todo estaba ordenado, en su sitio. Ese orden también había incluido a Candy, que había sido aceptada por todo el grupo y, lo que era más importante, iba siendo aceptada, finalmente, por Francis. Ella tenía razón. Aquí estaban los dos y esta era su vida. Maleza era solo un sueño cuyo recuerdo se iba desdibujando a medida que avanzaba el día de esta nueva existencia. Isabel y los niños se iban disolviendo en ese sueño como azucarillos en el café.
Cuando terminaban el partido, comían de la comida que traía preparada Bella.
Así era la jornada aquel día luminoso de otoño de 1923. El sol serpenteaba por entre las barcas del lago donde la gente remaba con entusiasmo. En la linde del bosque a veces se detenía algún gamo a observar todo aquel bullicio. Neala sonreía feliz mientras observaba aquella realidad a la que no pertenecía, pero eso ya no importaba, porque ella sin memoria no pertenecía a ninguna y, por eso, podía estar en todas. En el equipo de fútbol se oían todas las lenguas, aunque entre ellos se entendieran con ese inglés que todos habían aprendido a chapurrear y que a veces se parecía solo lejanamente al que hablaban los americanos. Cada familia apoyaba al equipo donde jugaban los suyos e incluso algunos más osados se atrevían a organizar apuestas: por unos centavos te podías ir de allí con unos cuantos dólares nada desdeñables.
Se oían gritos, risas: se oía nítido el rumor de la vida.
De repente, un par de hombres se acercó a su grupo:
—Com on guys, what kind of friends have you got: a Black woman!
Lo dijeron mirando en tono burlón a Candy, que les devolvió una mirada desorientada. Estaba tan, tan feliz, en ese momento, que se había olvidado de que ese estado se podía interrumpir así, de golpe.
Bella tampoco supo reaccionar al principio.
—¿Qué quieren estos señores, Bella?, preguntó Neala.
—Pues no lo sé, parece que van cargados de mierda y quieren descargarla.
Los dos hombres dijeron a la vez, como si lo tuvieran ensayado:
—Shit? You are shit! Fuck you white traitor.
Escupieron hacia Bella.
Candy se levantó en el mismo momento en el que vio que Francis corría hacia ellas desde el otro lado del campo:
—¿Qué pasa?, preguntó sudoroso y con la respiración entrecortada.
—Nada, que a estos hombres no les gusta la felicidad ajena, contestó Bella.
—What? What happiness are you talking about? A nigger’s company?
Francis miró a Candy. Ella permanecía al lado sin levantar la mirada. Habían acordado entre ellos que si se daba alguna situación como aquella, no reaccionaría, aunque le costase, que sería él el que se haría cargo de la situación. Hubo unos minutos de silencio.
—Es nuestra criada, señores, dijo con ensayada humildad Francis.
—A maid doesn’t down next to you.
La gente de alrededor se había dado cuenta de que algo pasaba y se habían quedado también en silencio para captar lo que decían. Entre ellos salió una voz que gritaba:
—Leave them alone! They are not doing any harm to anybody.
—Yes, they are. They are harming us. Some whites don’t fucking understand someone’s got to put those niggers in their place.
—Váyanse, por favor, ya les digo que esta mujer es nuestra criada, dijo Francis.
Le preocupaba ver que también el público se estaba posicionando, porque eso era peligroso:
—Candy, levántate y siéntate un poco más allá.
Al principio Candy no obedeció, pero luego se levantó resignada. También formaba parte del pacto: la condición de posibilidad de su relación era que ellos evitaran cualquier problema en público.
Los hombres miraron a Candy:
—Nigger!
Se fueron y una lágrima resbaló por la mejilla de Candy. Bella estaba enfurecida y triste, Francis se sentía aliviado por haber podido evitar la colisión.
Comieron el picnic. Francis miraba a Candy un poco alejada todavía, tal y como habían exigido con su actitud aquellos hombres. A Bella, con la situación vivida, parecía que se le había apagado repentinamente la luz que exhibía desde hace semanas. Empezó a hablar en voz baja, extendía la comida a su madre con gesto ensimismado. Dejó de mirar el bullicio de alrededor: ya no lo oía. Su mirada se giró hacia adentro y empezó a escuchar sus propias voces, ajenas a la realidad externa.
Por la noche, cuando llegaron a casa, todos se movían en silencio. El impacto de la situación les duraría un tiempo. Candy marchó a su casa.
—Necesito estar con los míos, dijo para despedirse.
—Nosotros, ¿no somos “los tuyos”?, ¿yo no soy tuyo?, le preguntó Francis.
—Somos de aquellos con los que nos sentimos seguros y protegidos.
—A mí manera yo te protejo.
—Sí, a tu manera: no es ningún reproche. De todos modos, ahora me voy.
Candy se fue y Bella, al llegar de regreso a casa, se desentendió de todo. Se fue a la cama y allí se volvió a convertir en la “mujer oruga”. Anxélica fue la que preparó todo y llevó a Neala a dormir, en la camita al lado de Bella. Esta no dormía, se fijó Anxélica cuando entró. Tenía los ojos abiertos y miraba a ninguna parte. Anxélica se acercó a ella y apartándole el pelo de la frente le dijo:
—Nunca choveu que no escampara. Ten paciencia, Bella: todo pasa.
Lander salió aquella noche: siempre que podía lo hacía. Primero se afeitaba. Él no lo hacía con las navajas, idénticas unas a otras, con las que cada hombre de la casa se afeitaba. Tenía una maquinilla Wilkinson con dos cuchillas afiladas, que era la admiración de todos. Y luego cogía la plancha y con primor alisaba las arrugas de la ropa que se iba a poner para salir. Era un hombre callado, pero que, en silencio, estaba siempre para todos y les daba a cada uno lo que necesitaba y, por eso, le respetaban y le querían. Había algo en él que invitaba a estar atento, a protegerlo, como si detectaras detrás de su aspecto tan cuidado una vulnerabilidad extrema que luchaba por ocultarse. Le gustaba el mundo de la noche. A veces John le acompañaba en una solidaridad entre solitarios, que resultaba grato de ver, pero aquella noche John prefirió quedarse.
Habían pasado unas tres horas. Ya estaban todos dormidos, menos Bella, que seguía con los ojos bien abiertos, como si no quisiera perderse nada del desarrollo de la oscuridad. De repente se oyó la puerta de abajo abrirse y a continuación un estruendo. Todos salieron de las habitaciones, pero fue Bella la primera en llegar abajo. Allí tendido estaba Lander. Se retorcía de dolor, sangraba por la boca y la nariz. Los ojos los tenía cerrados de los golpes que había recibido. Cuando le limpiaron y le dieron agua, vieron que le faltaba un diente. Bella empezó a gritar:
—Son unos asesinos, ¿quién te ha hecho esto, Lander?, ¿quién ha sido?
Lander estaba casi inconsciente y no contestaba a los requerimientos de Bella.
De repente, vieron cómo Bella se iba hacia afuera. John y Francis salieron detrás. Se dirigió a la pequeña casa de madera en la que guardaba las herramientas del jardín y cogió un hacha y con ella se puso en medio de la calle:
—¿Quién lo ha hecho? ¿Quién ha pegado a Lander? ¡Por mi madre que me vengaré y mataré a quien lo haya hecho!
Las luces de las casas del vecindario se empezaron a encender. Algunos salieron a las puertas y otros contemplaban la escena desde las ventanas. Bella fue hacia un vecino que había salido al porche blandiendo el hacha amenazadoramente y el vecino se metió dentro de la casa y cerró la puerta por dentro. John y Francis fueron detrás de ella:
—Bella, Bella, cálmese. Aquí no ha sido. Vamos a casa. Ya averiguaremos.
Pero Bella volvía a tener la fuerza de mil caballos y no podían reducirla y también sentían miedo de que pudiera darles un hachazo a ellos mismos, enloquecida como estaba. John, por fin, logró cogerla por la cintura desde la espalda. Estaba intentando arrebatarle el hacha cuando les sorprendió, por la hora, la llegada de un coche que, al acercarse, vieron que era de la policía. Bajaron dos de ellos mientras uno se quedaba a la expectativa sentado al volante. Uno de los policías preguntó qué pasaba. El vecino, que se había ocultado en su casa, salió para explicar lo que él había visto. Mientras hablaba, Bella se retorcía aún más en los brazos de John y Francis:
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