–¿A qué hora dijo que oraba por comida? ¿Cerca de las cuatro y media o cinco?
–¡Sí, a esa hora, señor! ¿Cómo lo sabe?
–El gato de mi hija se ha comportado en forma muy extraña este mes todos los días a eso de las cuatro y media o cinco de la tarde.
–¿Qué es lo que hace, señor?
–Comienza a maullar de la peor manera y no se detiene hasta que no le damos un trozo de pan. Pero nunca lo come enfrente de nosotros. Toma el pan y desaparece. Supusimos que tenía más hambre de lo habitual o que tenía un lugar secreto en alguna parte. Ahora entiendo: ¡el gato de mi hija ha estado dándole mi pan!
Pieter estaba maravillado y alababa a Dios en su corazón.
–Si el gato de mi hija lo seguirá alimentando todos los días con mi pan –continuó el comandante–, supongo que nunca podré hacerle pasar hambre para lograr que cumpla mis órdenes.
–¡Sí, señor! –estuvo de acuerdo Pieter.
–Es decir que es en vano que lo ponga en confinamiento solitario o que trate de matarlo de hambre hasta que sea sumiso.
–¡Sí, señor!
–No funcionará.
–¡No, señor! Quiero decir: ¡sí, señor!
–Su Dios está tratando de decirme algo. Y eso es que, usted soldado, necesita el sábado libre para adorarlo. ¡Bien, lo tendrá!
–¡Sí, señor! ¡Gracias, señor! –Pieter saludó nuevamente.
–Es libre. ¡Puede retirarse!
Pieter saludó, entrechocó sus talones y regresó a las barracas.
El comandante cumplió su promesa. Permitió que Pieter adorara a Dios cada sábado mientras estuvo bajo sus órdenes. Y todo sucedió gracias a un Dios poderoso que le pidió a un gato que llevara un trozo de pan a través de la ventana de una celda para alimentar a un soldado fiel que tuvo la valentía de obedecer a Dios en lugar de a un oficial obstinado, sin importar las consecuencias.
Pieter todavía asegura: “Las promesas de Dios son verdaderas. Si crees y actúas por fe, tendrás asegurados tu pan y tu agua. ¡Hasta un gato puede ayudar a proveer para ti!”
Capítulo 3
Salvados por un cuadro en la pared
En Ruanda, un país que se hizo famoso gracias a Dian Fossey y su estudio de los gorilas de montaña, viven dos grupos de personas: los tutsis y los hutus. Es bastante difícil distinguir estos dos grupos. Algunos dicen que el tutsi promedio es más alto que el hutu promedio, pero esto no siempre es cierto. Cierta vez, cuando Bélgica gobernaba el país, los belgas daban los mejores empleos a los tutsis, probablemente porque tenían más educación que los hutus. No hace falta decir que los hutus no estaban muy contentos al respecto. En la década de 1990, muchos hutus y un buen número de tutsis sintieron que tenían razones para molestarse los unos con los otros.
Hacia 1994, el odio entre los tutsis y los hutus se salió de control. Los hutus comenzaron a atacar a los tutsis con machetes hasta matarlos. Pronto, prácticamente todos se involucraron en la matanza, incluso los cristianos. Y –lamento decirlo– hasta adventistas del séptimo día participaron en el caos, matando a hermanos adventistas por la simple razón de que eran tutsis.
Dado que los hutus iban casa por casa buscando tutsis para atacarlos, cierto miembro de iglesia (llamémoslo Salomón) tenía miedo por su vida. Comprensiblemente, temía salir de su casa y también tenía miedo de estar en ella. Salomón y su esposa, embarazada, decidieron esconderse en el ático, que no era más que un lugar entre el cielo raso y el techo, con espacio apenas suficiente para que ellos se acostaran y esperaran. Estuvieron allí durante cuatro días y nadie llegó. Entonces, se dieron cuenta de que era sábado y ansiaban celebrarlo con su tradicional baño sabático.
Planeando volver a su escondite tan pronto como se hubieran bañado, la esposa de Salomón fue primero, gateando hacia la entrada del ático. Pero el cielo raso no era muy firme, y ella estaba más pesada por su embarazo. En un instante, cayó desde el cielo raso hasta el piso.
Al escuchar el ruido, Salomón gateó para ver qué había pasado, y también se cayó, y lo hizo sobre su esposa.
Justo en ese momento, escucharon un ruido afuera. Era el sonido de piedras que golpeaban contra la casa. Para su consternación, la pareja se dio cuenta de que habían abandonado su escondite justo cuando pasaban los hutus. Al mirarse asustados, los dos tuvieron el mismo pensamiento: ¡Si tan solo nos hubiéramos quedado en el ático y olvidado del baño sabático! Quizá debimos tomar el baño el viernes en preparación para el sábado, pero ahora es demasiado tarde.
No podían regresar al ático, porque le faltaba un pedazo al cielo raso y sería el primer lugar donde buscaría la turba. Tenían que pensar en algo, y rápido. Susurrando con rapidez y terror oraciones en las que solicitaban la ayuda de Dios, corrieron al dormitorio. Salomón ayudó a su esposa, embarazada, a esconderse debajo de la cama y luego él también se escondió en ese lugar.
Allí permanecieron escuchando a los hutus que saqueaban su casa, tomando todo lo que podían llevar y rompiendo todo lo que no podían llevar. Resistiendo el impulso de salvar su querida casa y sus preciosas pertenencias, los esposos permanecieron inmóviles debajo de la cama, temerosos por sus vidas, deseando no ser descubiertos a medida que los saqueadores se acercaban a ellos. Finalmente los hutus, enfurecidos, entraron en la habitación.
Lamentablemente, en su apuro por esconderse debajo de la cama, Salomón había perdido un zapato, que quedó en el piso al lado de la cama. Uno de los hutus recogió el zapato, lo levantó en alto y gritó:
–¡Miren lo que encontré! ¡Un zapato!
Se produjo un silencio incómodo hasta que alguien del otro lado de la habitación exclamó:
–¡Tonto! ¿Qué vas a hacer con un solo zapato? Tienes dos pies, ¿verdad? ¡Olvídalo!
–Tenía dos pies la última vez que me fijé. En eso tienes razón –estuvo de acuerdo el primer hombre–. Apuesto a que el dueño de este zapato también tiene dos pies. Así que, si encontré uno debe haber otro en alguna parte. ¡Lo voy a buscar!
–¡Buena suerte! –se rio el otro hombre–. Probablemente escapó con el otro zapato puesto.
Debajo de la cama, el corazón de Salomón latía con fuerza. Esperaba que no lo descubrieran, pero temía lo peor.
El saqueador que tenía el zapato miró debajo de la cama y exclamó:
–¡Encontré el otro zapato!
Tiró del zapato, pero no salía con facilidad.
–Está pegado... ¡a un pie!
Este anunció llamó la atención de todos y se apresuraron a ir hasta la cama. Le gritaron a la pareja:
–¡Salgan!
Pero, aunque trataban de salir, no podían hacerlo. Además de estar paralizados por el temor, el espacio que había debajo de la cama era demasiado pequeño y estaban atascados. Muy a pesar de la pareja, la turba estaba ansiosa por ayudarlos, y sacó el colchón, el soporte y finalmente la estructura de la cama. Expuestos como cervatillos iluminados por reflectores, Salomón y su esposa yacían petrificados en el piso.
–¡Párense! –gritaron los saqueadores.
Los tomaron y los obligaron a pararse.
–¡Dennos su dinero! –pidió la turba.
–No tenemos nada de dinero –contestó Salomón–. Somos empleados de la iglesia.
Como no les gustó lo que habían escuchado, los saqueadores levantaron sus machetes. Salomón y su esposa cerraron sus ojos, preparándose mentalmente para morir.
En ese instante, seis miembros de la milicia irrumpieron en la casa y ordenaron a la turba que se retirara. Viendo las ametralladoras de los militares, la turba se dio cuenta de que sus machetes no les servían de nada. Obedecieron al instante, corriendo hacia la puerta con lo que pudieron llevarse.
Читать дальше