Gonzalo España - El santero
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El santero es la historia de una familia y del nacimiento de un pueblo, Los santos. Narra una serie de anécdotas de personas que, generación tras generación, viven la vida contradiciendo la lógica humana, cometiendo locuras y desafiando las leyes de la evolución social. Esta novela nos atrapa de comienzo a fin, ofreciéndonos momentos de verdadera diversión, invitándonos de, tanto en tanto, a reír a carcajadas.
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Otro día, niño Henry dio aviso con alegre grito de centinela desde el patio, donde se la pasaba jugando con un perrito: “¡Patos por el oriente!”. Ya le habían enseñado en la escuela que el lado por donde sale el sol se designa como el oriente y su contrario, como occidente, y se sentía muy orgulloso señalando a voz en cuello cualquier cosa que se moviera en estas dos direcciones. El bisabuelo se asomó por la ventana del cuarto y contempló una nube oscura bajo el intenso añil del cielo de la mañana. “Vaya contándolos mientras yo preparo la escopeta”, dijo al muchacho y niño Henry empezó a contar en voz alta: “Uno, dos, tres, cuatro, cinco...”. El bisabuelo salió justo cuando llegaba a doscientos, tomó puntería y descargó el arma contra la bandada que cruzaba sobre la casa. Cayeron ciento noventa y nueve patos que contaron uno por uno y recogieron con ayuda de los perros. Briceida desplumó cuantos calculó cabían en sus ollas, los demás los regaló al vecindario. Pero el bisabuelo prosiguió la búsqueda del pato faltante con obsesión rayana en el desequilibrio. No lo encontró nunca. Entonces dijo al muchacho:
—Sigues mal en aritmética, jovencito.
Pensar que le tocaría aprenderse de nuevo los números fue fatal para niño Henry: las arrugas se acentuaron para siempre sobre su cara, ya nunca recobró un aspecto infantil. Tal vez esa cara de niño-viejo que lo acompañó el resto de la vida y que le ganó el eterno apodo del Armadillo, con que lo distinguieron en la región, se hubiera desvanecido si alguien viene a contarles que al domingo siguiente el pato fue encontrado sobre el atril de la iglesia del pueblo, donde cayó muerto después de atravesar herido casi la mitad de la Mesa de Jéridas y hacer trizas un vitral, pero ya para ese entonces el bisabuelo tenía rotas sus relaciones con los santeros y mantenía cerrados y sordos los oídos a cualquier noticia que viniera de allí.
—De los santeros prefiero no saber nada —decía simplemente.
Por aquel tiempo sus tierras, todavía olorosas a retama y a pomarroso silvestre, atraían toda clase de animales salvajes y singulares especies. Al anochecer los osos salían de sus madrigueras, desatrancaban las puertas de las cocheras y cenaban en las canoas servidas para los lechones. Tigres descomunales rugían a veces en los solares, un extraño orangután americano se enamoró de Celia, una de las hijas, y se pasó a vivir en la copa de un árbol cercano. La familia toleró en calma su proximidad hasta cuando le dio por desentejar la casa una noche de luna llena. La paciencia del bisabuelo llegó a su fin, salió al patio y lo corrió a escopetazo limpio.
En las temporadas de verano se trabajaba de sol a sol. Los pastos empezaban a secarse con mortífera celeridad y el ganado perdía peso de hora en hora y sucumbía en menos de una semana. Todas las mañanas, mucho antes del alba, el bisabuelo montaba en su caballo palomo y arreaba el rebaño de un lado a otro, buscando las últimas manchas de guinea y de yerbabuena. En ocasiones, unos estancieros se cruzaban con otros. Los que iban escuchaban de boca de los que venían la infausta noticia de que en el lugar adonde se dirigían ya no quedaba hierba de ninguna clase. El verano se convertía en un polvoriento trajinar sin descanso que acababa con la muerte de los animales.
Cierta mañana, en medio del apuro de una de tales contingencias, una de las reses dio en abrirse de la manada. El bisabuelo no toleraba esta clase de indisciplina: le cerró el paso, le recostó el costado de la cabalgadura, le azotó el lomo a punta de sombrerazos, le aplicó todos los protocolos del buen vaquero, pero no consiguió volverla al redil, porque siempre se le evadía. Estaba observándola con rabia y fijeza para tenerla entre ojos y castigarla a la primera ocasión, cuando descubrió, entre asombrado y acobardado, que se trataba de un tierno puma que había madrugado a cortejarle las vacas. Era el momento exacto de hacerse recetar unos anteojos, aparejo que nunca en la vida aceptó usar por considerar que unos vidrios encima de las narices le traerían mala suerte con las mujeres.
Alguien trancó mal el portillo una noche de tormenta y una vaca rabona huyó a los primeros truenos. Pascual Liborio, Luis María, Alberto, Demetrio y Daniel la persiguieron el día siguiente sin lograr apañarla. Al atardecer le presentaron al viejo los lazos rotos. “Déjenla”, declaró resignado, “ese animal debió ver al diablo”.
Se pensó que pronto se tranquilizaría y vendría a juntarse con las demás, pero acabó por desgaritarse y se salvajizó de tan mala manera, que solo ocasional e inusitadamente se la volvió a ver. Unas veces sus cachos partían el llano resaltando entre los pastos altos y garbosos, otras embestía a las mujeres que iban a bañarse al pozo del Penitente, otras atacaba a los arrieros que cruzaban inocentes el camino real. Si un vaquero se aproximaba escondía el morro en el pastizal, disimulando las astas en el filo de las espigas. Desde la silla del caballo se la veía como una oscura catapulta a punto de dispararse. El viejo tenía reservada la última bala de su legendario Gras de la guerra de los Mil Días para matarla y beneficiar su carne, pero siempre encontró una excusa para no hacerlo.
—Tal vez le encontremos un destino —alegaba meditabundo.
—Pero ¿qué puede hacerse con semejante fiera? —replicaba Briceida, que no había podido volver a baño—. ¿Qué puede hacerse sino esperar que empitone a alguien?
Total, una mañana pasó por allí una cuadrilla de toreros bufos que venían a templar sus engaños en las próximas ferias. La vaca empitonó al enano banderillero.
El nombre de este hombrecito era Epimenio Garbanzo. Le fue tan mal que se quedó a vivir en el pueblo.
III
Cerca de la casa del bisabuelo y en sus mismos predios vivía el tío Víctor, su único hermano vivo. Eran muy unidos, eran compadres y cada uno tenía su burro. Esos burros dieron en armar unas descomunales furruscas peleando a mordiscos por encima de las cercas que los separaban, los dos hermanos se la pasaban levantando estantillos caídos y claveteando alambres, hablando a pujos con la boca llena de grapas.
“Buuurrrrooosssjijueeepuuuercas”, se les oía rezongar con enorme esfuerzo, arriesgando a tragarse una de las puntillas.
Aparte de eso, los burros no trabajaban. Cada que les colocaban la carga encima se daban mañas para tirarse al suelo y revolcarse sobre bultos y petacas. Finalmente decidieron venderlos. El compadre Víctor pidió a un caminante que pasaba trescientos pesos por el suyo, y lo entregó en doscientos ochenta, pagaderos en treinta días. El caminante se llevó el burro. El bisabuelo Samuel pidió ciento cincuenta y dio el suyo en cien, peso sobre peso. Cuando los dos hermanos volvieron a juntarse, comentaron el negocio. El compadre Víctor vociferó, verdaderamente ufano: “¡Qué negocio tan malo el suyo, compadre! Yo vendí el mío en doscientosssooochentapesos”. El número no le cabía en la boca.
—¿Y se lo pagaron? —preguntó el bisabuelo.
—No, pero me lo pagan el mes que viene.
La frase se convirtió en el chiste de la familia y en el apodo del pobre viejo. Cuando los sobrinos lo veían venir, cabizbajo y meditabundo, pensando en su burro y en su plata, decían a media voz: “Me lo pagan el mes que viene”. Mes tras mes, el tío repetía la misma historia, las risas eran cada vez más insolentes. Hasta Briceida, muy recatada por lo común en sus gestos y comentarios, había empezado a divertirse de lo lindo a costillas del pobre. Al fin el tío aceptó su fracaso y declaró lleno de filosófica resignación, frunciendo los hombros:
—¡El único consuelo que me queda es que lo vendí lo más caro que pude!
Punto más, punto menos, así fueron sus negocios durante toda la vida. Sus tierras, que en un principio eran tantas como las del bisabuelo, se fueron diluyendo como se diluyó el burro en una serie interminable de negociaciones estúpidas de salga lo que saliere, y a la larga quedó tan pobre que la muerte lo encontró en una choza de bahareque, en medio de varias generaciones de parientes que acudieron a despedirlo desde diversos lugares, esperanzados en que algo se hubiera salvado del desastre.
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