–Ven aquí –dijo Michelle y, casi como si recién se le ocurriera, añadió–: Por favor.
Rodeé el escritorio y me detuve junto a una vieja biblioteca repleta de libros y tomos que contenían la historia de los lobos. No quería parecer ansioso. Aún estábamos conociéndonos, pero teníamos tiempo. Cuando la conocí, me había parecido fría y calculadora. Me llevó un largo tiempo ver más allá de eso. No era una fachada, sino más bien la consecuencia de ocupar la posición que ocupaba. Una vez que veías más allá de la fachada, era una buena Alfa.
Y ella confiaba en mí.
Me había dado un hogar.
Estaba en deuda con ella.
Se puso de pie y yo ladeé la cabeza para exponer mi cuello. Sus ojos ardieron rojos mientras me pasaba un dedo por la garganta. Su aroma era especiado e intenso.
–Ezra me ha contado que has vuelto a soñar –dijo en voz baja.
Lo miré con odio antes de bajar la vista hacia ella. Era una mujer baja, delgada y pálida. Pero no me engañaba, ni siquiera cuando la vi por primera vez. Era más fuerte que cualquiera de los otros Alfas con los que me había cruzado. En parte, era por ser la Alfa de todos. Y también era por su linaje. Si nos enfrentáramos, no sería una pelea justa. Podía dominarme sin esfuerzo.
–No… –sacudí la cabeza–. No fue nada. Solo un sueño.
–Pero es el mismo –sus dedos tamborilearon sobre el escritorio.
–Supongo que sí –admití a regañadientes.
–¿Y qué concluyes de eso?
–Nada. Es… algo de antes, quizás.
–No puede volver a lastimarte –su expresión se suavizó–. Lleva muerto mucho tiempo, Robbie. Los lobos que te encontraron se ocuparon de ello. Esos cazadores han dejado de existir.
–Lo sé –dije, con sinceridad–. No se preocupe. Estoy bien.
Le sonreí para tranquilizarla. Ella no parecía convencida.
–Me dirás si vuelve a suceder.
–Por supuesto.
–Bien. Gracias, Robbie. Eres un buen lobo. Puedes sentarte.
Sentí el calor del elogio de mi Alfa. Volví al otro lado del escritorio y fulminé a Ezra con la mirada por abrir la boca cuando no debía. Ya hablaríamos al respecto. No podía permitir que Michelle dudara de mí.
Ezra me ignoró, como solía hacer.
Me dejé caer en la silla junto a él. Ezra me pateó el pie; suspiré al enderezar la espalda y juntar las manos sobre la falda.
Michelle se sentó frente a nosotros. Alzó su tableta del escritorio y tipeó en la pantalla.
–Tengo una tarea para ti. Fuera del pueblo –me echó una mirada fugaz y bajó la vista a su tableta–. Fuera del estado, de hecho.
Eso me llamó la atención. Generalmente, cuando me enviaba a algún lado, solía ser a unas pocas horas de auto de Caswell. Había extensiones de la manada por todo Maine, lobos que trabajaban en el estado, en su mayoría en las ciudades más grandes como Bangor y Portland. Vivían en grupos pequeños y trabajaban con humanos que no sabían qué eran, en particular con aquellos que ocupaban posiciones de poder en los gobiernos locales. Cuando llegué había cometido el error de llamarlo su programa político , y me había corregido de inmediato. No tenía un programa, explicó. Simplemente quería expandir la influencia de los lobos. No entendía por qué tenía necesidad de hacer eso, dado que nadie pretendía enfrentarse a ella. ¿Y por qué lo harían? Por algo era la Alfa de todos. Y aunque su palabra era irrevocable, no era absoluta. Ella escuchaba a su manada, prestaba atención a sus preocupaciones y temores. Si podía ayudarlos, lo hacía.
Al principio, me parecía que los lobos le tenían miedo.
Al principio, yo le tenía miedo.
Pero existe una línea muy delgada entre el temor de la admiración.
–¿Lo dice en serio? –intenté contener mi entusiasmo.
–Él cree que estás listo –asintió, inclinando la cabeza hacia Ezra.
–Lo estoy –quizás no tendría que gritarle, después de todo.
–Entonces, considéralo como una prueba. Veremos si tiene razón.
–Creo que suelo tenerla –dijo Ezra, suavemente.
La piel alrededor de los ojos de la Alfa se tensó brevemente. Me pregunté de qué estarían hablando antes de que yo llegara.
–Ya lo veremos, ¿verdad? Hay una manada en Virginia. Es pequeña: una Alfa y tres Betas. No hemos sabido nada de ellos en unos meses.
Fruncí el ceño.
–¿Cazadores?
Sacudió la cabeza con lentitud.
–No que yo sepa. Más bien… un desacuerdo acerca de cómo deberían hacerse las cosas. Necesito que les dejes claro que líneas de comunicación abiertas son indispensables para la supervivencia de nuestra especie. Es imprescindible, en particular en estos tiempos difíciles, que nos apoyemos los unos a los otros, todo lo posible. Te he enviado el archivo.
Extraje el celular del bolsillo y pulsé la aplicación Dropbox para descargar el adjunto. La primera página era una fotografía. La Alfa estaba en el medio. Sonreía. Era más joven de lo que esperaba. Podía ser estudiante de secundaria. Sostenía un letrero que ponía “¡VENDIDA!” en letras brillantes. Detrás de ella, había una casa venida a menos que lucía casi inhabitable.
Junto a ella había tres hombres. Dos eran jóvenes. El otro tenía la edad suficiente para ser el padre de la Alfa, pero no se parecían en nada. Él era negro. Ella era blanca. Todos sonreían.
El resto del archivo contenía información acerca de la manada. Tenía razón. La Alfa era joven, acababa de cumplir veinte años. No me podía imaginar tener un poder semejante a esa edad. Leí que su madre se lo había legado al morir el año anterior.
–¿No tiene brujo? –pregunté, leyendo las notas.
–No –respondió Michelle–. Nunca tuvieron el tamaño necesario para necesitar uno. Su madre era amiga mía. Amable. Paciente. Dispuesta a trabajar por el bien de la manada. Su hija es testaruda. Sé que bajará cabeza con la motivación adecuada.
–¿Cómo murió la madre? –quise saber, alzando la vista.
–Un accidente de coche. La hija estaba en el auto con ella, pero no sufrió heridas graves. El poder de Alfa pasó a ella. Ha sido… difícil desde ese momento. Pero cuando se es tan joven, es normal que se le ocurran ideas acerca de cómo deben funcionar las cosas. No ha estado en contacto y, al parecer, ha cortado las comunicaciones con nosotros.
–Quiere ser independiente –dije, volviendo a la fotografía. Lucían felices–. No puede culparla por eso.
–No lo hago –replicó cortante Michelle, y sentí la tensión de su voz, el trasfondo de Alfa–. Pero existe una diferencia entre la independencia y la completa rebeldía. Así se hacen las cosas, Robbie. Lo sabes. Tiene su propia manada, sí, pero todos los lobos están bajo mi mando.
Lo sabía. Había casos atípicos, por supuesto, lobos que intentaban esconderse del alcance de la Alfa de todos. Y si no tenían un Alfa propio, corrían el riesgo de convertirse en Omegas, de perder la mente en el lobo y olvidar que alguna vez habían sido humanos.
Y si las cosas llegaban a eso, solo se podía hacer una cosa.
Siempre era rápido. O eso me habían dicho. Nunca había visto matar un Omega.
No quería verlo jamás.
–Quizás olvidaron reportarse –dije–. Ya sabe cómo son las cosas. Están distraídos viviendo sus vidas. Sucede.
No sabía por qué estaba insistiendo con eso. Quizás porque entendía el deseo de ser libre, de no tener nada que te atara.
–Veremos –apuntó Ezra.
–¿Veremos?
–Por supuesto, querido –aclaró, mirándome–. No piensas que te dejaría ir solo, ¿verdad?
Pensé que sí. Y aunque una parte de mí se sentía aliviada ante la idea de tenerlo conmigo, otra parte deseaba un poco de independencia también.
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