Algunos lobos me ignoraban, pero estaba acostumbrado. Ocupaba una posición que ellos creían inmerecida, dado el poco tiempo que había pasado allí. Me importaba una mierda lo que pensaran. Contaba con la confianza de la Alfa de todos y de su brujo, y eso era todo lo que importaba.
Pero la mayoría eran amables. Pronunciaban mi nombre como si estuvieran felices de verme, como si yo importara. Respiré el aire del complejo y del bosque, oí a los lobos moviéndose a mi alrededor, el día apenas comenzaba. Era como siempre había sido desde mi llegada a Caswell. Animado, con muchas partes trabajando juntas.
Había una casa apartada de todas las demás, entre los árboles. Los niños no se le acercaban. La mayoría de los adultos tampoco. Era una casa normal, con persianas verde oscuro y el revestimiento pintado de blanco. Pero estar cerca de ella me hacía sentir bajo el agua, y me hacía estornudar.
Un lobo estaba frente a la casa, apoyado contra la puerta, los brazos cruzados sobre un pecho imponente. Me saludó con la cabeza.
–Robbie.
–Ey, Santos. ¿De guardia de nuevo?
–Cuestión de suerte –afirmó, entrecerrando los ojos.
–Parece que siempre estás de suerte, entonces.
–Alguien tiene que hacerlo –se encogió de hombros e indicó con la cabeza en dirección a la puerta–. No es difícil. El tipo apenas puede moverse. Siempre y cuando no lo tenga que lavar después de que se caga encima, no tengo problema. Hay trabajos peores.
Las protecciones alrededor de la casa me hacían hormiguear la piel y picar la nariz. No sé cómo Santos soportaba estar tan cerca de la barrera mágica. Un código, una especie de botonera metafísica de la cual solo algunos tenían la combinación, levantaba la barrera. La mayoría no entraba sin Ezra, e incluso entonces, entraban y salían lo más rápido posible. No te quedabas a pasar tiempo con el prisionero. Los monstruos debían permanecer bajo llave por el bien de todos nosotros. A pesar de eso, sentía curiosidad por él, por lo que había hecho. Muy pocas personas lo sabían. Yo no era una de ellas.
–¿Habla?
–Sabes que no –Santos negó lentamente–. Totalmente vacío. Ni siquiera sabe quién es, menos dónde está.
Santos tenía una expresión extraña en el rostro. No era de maldad, pero sí desagradable.
–¿Por qué te interesa?
–No sé… No me interesa –respondí, frunciendo el ceño.
–Por supuesto que no –repitió, con una mueca despectiva. Le caía mal a Santos–. ¿No tienes que estar en otro lado? Ezra pasó hace un largo rato, lo que quiere decir que estás llegando tarde.
Largué un insulto.
–No sé por qué no me esperó.
–Sabe cómo eres por la mañana.
–Ya, ya. Sigue así, Santos. Veremos cuán lejos llegas.
–Por supuesto, Robbie –se rio, burlón.
Me despedí saludándolo con la mano. Eché otro vistazo a la casa por encima del hombro. Me pareció ver movimiento en una de las ventanas, pero me dije que era solo un juego de luces y sombras.
La casa más grande del complejo era una cabaña de dos plantas con un largo porche cubierto que daba al lago. Las ventanas estaban abiertas para dejar pasar el aire fresco. Subí las escaleras al porche; la madera crujía bajo mis botas. Dudé por un instante antes de abrir la puerta.
El interior de la cabaña era amplio. Un fuego ardía en el hogar y los lobos se movían con rapidez por la planta baja. Algunos me echaron una mirada, pero la mayoría me ignoró. Estaban ocupados, y la Alfa de todos prefería que fuera así.
Subí la escalera que conducía al primer piso; me aparté hacia la baranda cuando una mujer que conocía de vista bajó corriendo. Me sonrió al pasar, pero no se detuvo. La casa era ruidosa y siempre estaba en movimiento, con gente yendo y viniendo.
Llegué al final de la escalera. A mi izquierda, cinco puertas conducían a dormitorios y baños. A mi derecha, había un armario y una puerta de doble hoja que llevaban a la oficina. Sentí algo fuerte pulsar dentro de mí. Me empujaba hacia la puerta de doble hoja.
Ella sabía que yo estaba allí, aunque la sala estuviera insonorizada.
Era parte de ser la Alfa de todos. Le pertenecía, y ella siempre podría encontrarme.
Llamé antes de abrir la puerta.
Ezra estaba sentado en una silla frente a un gran escritorio. Había una silla vacía junto a él. No se volvió a mirarme, pero sentí que su magia me envolvía. Me deleitaba en esa sensación mucho más que en la de ella. Me parecía que ella lo sabía, pero nunca hablamos al respecto.
Y allí, sentada detrás del escritorio, estaba la Alfa de todos.
Michelle Hughes juntó las manos frente a ella.
–Llegas tarde, Robbie –dijo.
COMPLETA REBELDÍA/ LOBITO
Durante nuestra huida, con los cazadores persiguiéndonos con una persistencia escalofriante, mi madre hizo todo lo posible para mantener la normalidad.
A veces, nos podíamos permitir un motel barato. Siempre estaban sucios y olían mal, pero ella decía que debíamos estar agradecidos por las cosas pequeñas.
Algunas noches se quedaba conmigo, se ovillaba alrededor de mí y me susurraba al oído.
Me hablaba acerca de un lugar donde seríamos libres. Donde nos transformaríamos y sentiríamos la tierra bajo nuestras patas sin temer a que nos lastimaran. Me contó que había un rumor sobre un lugar, lejos, muy lejos hacia el oeste, donde lobos y humanos vivían juntos en armonía. Se aman, me susurraba, porque eso es lo que la manada debe hacer.
Y me contaba otras historias, cositas que me hacían doler.
Acerca de su abuelo, que había sido dulce y amoroso. Siempre le daba frutas confitadas cuando nadie los miraba.
Acerca de la primera vez que se transformó y vio el mundo con los tonos de lobo. Acerca de los errores que había cometido, y que no podía enojarse mucho porque esos errores me habían traído a ella.
Me decía que, en un mundo perfecto, mi padre nos amaría. No le importaría lo que éramos. Que no la habría usado y que, cuando yo nací, las cosas habrían sido distintas para él.
–No es posible saber cómo funciona la mente de los hombres –me decía, con la voz tan amarga que podía saborearla–. Te dicen cosas y te las crees porque no tienes idea.
Me estiraba y le decía que no llorara.
A veces, hasta me hacía caso.
–Perdón –murmuré mientras cerraba la puerta detrás de mí–. Me atacó un grupo de cachorros.
–Parece que les caes bien –se rio Ezra.
–Gracias por esperarme –le dije, parándome junto a su silla y dándole una palmada en el hombro.
–Te dije que te levantaras. No es culpa mía que seas perezoso –alzó una ceja.
–Y no es culpa mía que tu idea de la mañana implique levantarse antes de que salga el sol. No estás bien.
–Encantador –replicó Ezra–. Un ejemplo perfecto de discriminación por edad.
Miró a Michelle.
–¿Ves con lo que tengo que lidiar? –le dijo, sonriendo.
Ella no le devolvió la sonrisa.
Ezra era su brujo desde hacía años. Cuando se había convertido en la Alfa de todos, él la había acompañado. Había sido él quien me había ido a buscar y me había traído de vuelta a Caswell. Su relación me resultaba confusa. Todos los brujos de lobos que había conocido antes tenían una relación casi simbiótica con su Alfa. Ezra y Michelle parecían llevarse bien, pero tenían un pasado que yo no conocía. Quería preguntarles, pero nunca lo hice. En parte, porque no quería arruinar lo que yo tenía por sacar a la luz recuerdos de los que evidentemente no querían hablar.
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