–¿No te necesita aquí la Alfa Hughes? –pregunté con inocencia.
–Ah –sonrió de oreja a oreja–. Estoy seguro de que puede prescindir de mí por un par de días. ¿No es cierto, Michelle?
–Sí –afirmó ella–. Supongo que sí.
–Y no nos iremos mucho rato –continuó Ezra–. Fredericksburg está a un día de auto, si no nos detenemos. Estaremos de vuelta antes de que hayan tenido tiempo para extrañarnos.
Gruñí. Lo adoraba, pero la idea de estar metido en un auto con él durante horas me iba a volver loco. Tenía un gusto musical pésimo.
Se rio como si supiera lo que estaba pensando.
–No será tan malo. Nos dará la oportunidad de tomarnos un descanso. Conocer otros lobos –le brillaban los ojos–. Quizás hasta encuentres a alguien especial.
Maldita sea. Y maldito él.
– No me entregarás a otra loba. No de nuevo.
–Por favor. No te entregué. No es culpa mía que la última haya sido, bueno… exuberante.
–¿Exuberante? –exclamé, incrédulo–. ¡Mató a un jodido lobo y lo dejó frente a la casa!
–Era un lobo pequeño –le explicó Ezra a Michelle–. Probablemente tenía un par de años. De todos modos, impresionante, si lo piensas. Probó su valía, sin lugar a dudas. Cualquiera estaría feliz de tener a Sonari como compañera.
–¡Se metió en la casa y me lamió mientras yo dormía!
–Quería que olieras a ella. No tiene nada de malo.
Me crucé de brazos y me hundí en mi silla.
–Tienes una visión totalmente distorsionada de lo malo y lo bueno. No se lame a la gente que no te lo ha pedido. Y es maestra. ¿Quién sabe qué le estará diciendo a todos esos niños acerca del cortejo?
–Lo tendré en cuenta para la próxima. Permite que un viejo se divierta, Robbie. ¿Es mucho pedir querer verte feliz?
Suspiré; sabía que había perdido. No podía lidiar con él cuando se ponía sentimental, y lo sabía.
–Si pasa, pasa, ¿entendido? Lo sabré cuando sea lo correcto. No quiero forzarlo.
–Sé que no quieres eso. Ahora bien, si eso es todo, me voy. Tengo cosas que hacer antes de que nos vayamos.
–Está bien –asintió Michelle–. Quiero que sigas en contacto mientras estén allí, en caso de que necesiten quedarse más de un par de días. Manténganme informada.
–Por supuesto, Alfa. Robbie, ¿podrías…?
–Robbie se queda.
Eso lo tomó desprevenido. Nos miró.
–¿Perdón?
Michelle tenía una expresión severa.
–Necesito discutir algo con mi segundo.
Parpadeé, sorprendido. Nunca me había llamado así antes. No sabía que era una posibilidad, siquiera. Era cierto que no había ningún otro lobo que pudiera ser su segundo –ninguno que yo conociera–, pero escucharlo en voz alta me daba ganas de aullar de alegría.
–Por supuesto –asintió Ezra, haciendo una reverencia profunda. Se incorporó y me apretó el hombro–. Tengo mucho que preparar. Necesito hablar con un joven lobo llamado Gregory. Es inteligente y voluntarioso, aunque un poco temerario, a pesar de hacer pregunta tras pregunta. Me recuerda a alguien que conozco. Te veo en casa, ¿verdad? Partiremos a primera hora, así que no te quedes hasta muy tarde.
Asentí, apenas lo había escuchado. Me había quedado trabado en segundo .
Cerró la puerta tras de sí y nos dejó solos.
Intenté buscar palabras para mostrar mi agradecimiento, casi vibraba en mi asiento, pero Michelle habló antes.
–¿Eres feliz aquí, Robbie?
–Sí –respondí de inmediato, y era verdad, en su mayor parte.
Me observó por un momento antes de asentir.
–Los sueños que estás teniendo.
–Todo el mundo sueña –dije, revolviéndome en la silla.
–Lo sé. ¿Pero es algo distinto en este caso?
–Soy un lobo. Sueño con lobos. No sé de qué otra manera soñar. Siempre ha sido así –me acercaba a mentir, pero no tanto como para que ella lo notase.
–Eres importante para mí –lo dijo fríamente, como si no estuviera acostumbrada a expresar sus sentimientos. Ah, Michelle se preocupaba por su manada, pero a veces su preocupación parecía… mecánica. Casi superficial.
–Gracias, Alfa Hughes. No la decepcionaré.
–Sé que no lo harás –miró por encima de mi hombro antes de posar la mirada en mí–. Necesito que estés en guardia.
–¿Por qué? –pregunté, confundido.
–Los lobos de Virginia. No… no sabemos qué harán. Qué dirán.
No estaba preocupado.
–Probablemente sea un simple malentendido. Se arreglará fácil.
–Tal vez –dijo. Comenzó a tamborilear los dedos sobre el escritorio de nuevo, un hábito que me parecía originado por nerviosismo–. Pero si no lo es, haz lo necesario para protegerte. Espero que regreses entero. Mantente cerca de Ezra. No te alejes de su vista.
–¿Hay algo que debería saber?
Negó con la cabeza.
–Mantente atento, ¿entendido? Eso es todo.
Me puse de pie con ella. Me sorprendió al dar la vuelta al escritorio y tomar mis manos en las de ella. Sus ojos se llenaron de rojo, y la tranquilidad se apoderó de mí. Era relajante, estar allí con ella. Una parte de mí se resistía ante lo fácil que era, pero sabía cuál era mi lugar. Era un lobo Beta. Necesitaba un Alfa.
La necesitaba a ella.
–No hace falta que se preocupe por mí. Sé cuidarme.
Sonrió, pero no con la mirada.
–Sé que sabes. Pero eres mío. Y no me tomo esa responsabilidad a la ligera.
La dejé de pie en medio de la oficina.
Cuando salí de la casa, el día era luminoso. Esperaba que el invierno estuviera ya de salida, por fin. El aire aún estaba fresco, pero el sol calentaba.
Pensé en ir a casa, pero no estaba listo para encarar a Ezra. Seguía un poco enojado con él por hablar con Michelle de mí a mis espaldas. Sabía que lo había hecho porque se preocupaba, pero me molestaba de todos modos.
Y la idea de estar encerrado con él durante un largo trayecto en auto tampoco ayudaba.
En vez de dirigirme a casa, dejé el complejo y me dirigí a la reserva.
Los árboles frondosos bloqueaban la mayoría de la luz solar. Aún quedaban manchones de nieve en el suelo. Me detuve en el límite del bosque, ladeé la cabeza y escuché sus sonidos. Rebosaba de vida. A lo lejos, pastaban unos ciervos. Las aves cantaban, cantaban y cantaban.
Crucé un viejo camino de tierra que casi nadie usaba.
Estaba solo.
Estiré las manos por encima de la cabeza e hice crujir mi espalda.
Necesitaba correr.
Dejé la ropa y mis gafas en unos arbustos cerca del camino. Hundí los dedos en la tierra, e inhalé y exhalé lentamente.
Comenzó en mi pecho.
El lobo y yo éramos uno.
La primera vez que me transformé, sentí el dolor más grande que había sentido en la vida. Estaba al borde de la pubertad, y sentí que mi piel se prendía fuego. Grité durante días, a pesar de que se me quebró la voz y me quedé ronco, seguí gritando.
Los lobos con los que estaba no eran manada, pero se le acercaban. Me cuidaron aunque no era de ellos. El Alfa me sostuvo contra su pecho y me apartó el pelo empapado de sudor de la frente.
–Encuéntrala –me dijo, en un gruñido–. Encuentra tu atadura, Robbie. Encuentra tu atadura y aférrate a ella con fuerza. Deja que te envuelva. Deja que te lleve a tu lobo.
–No puedo –le grité–. Por favor, que pare, hágalo parar.
Me sostuvo con más fuerza y sus garras se hundieron suavemente en mi piel.
–Sé que duele. Sé que es así. Pero eres un lobo. Y te transformarás. Pero antes de que lo hagas, debes encontrar el camino de vuelta.
Читать дальше