TJ Klune - Heartsong. La canción del corazón

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Heartsong. La canción del corazón: краткое содержание, описание и аннотация

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Robbie Fontaine ha ido de manada en manada toda su vida, formando lazos temporales para mantenerse cuerdo. Pero todo lo que siempre ha deseado es ser amado y encontrar un lugar al que considerar su hogar. Hasta que un brujo le abrió las puertas a la manada de Caswell, donde lo convirtió en el segundo de la Alfa Michelle Huges y le dio, por fin, un lugar al que pertenecer. Sin embargo, ahora todo se siente tan… vacío.
Lobos extraños colman sus sueños con cantos de manadamanadamanada y la luna le implora que regrese a casa. Pero hay cosas más importantes de las que ocuparse: los Bennett se yerguen sobre ellos como una amenaza, y no permitirá que su furia arrase con Caswell. Pero ¿cuál es la verdad? ¿Quién es el traidor y quién el traicionado? ¿Por qué se siente tan perdido?
EN TU CORAZÓN AÚLLA UNA CANCIÓN Y SOLO ELLA SERÁ CAPAZ DE MOSTRARTE EL CAMINO.

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Y era mejor que así fuera.

Desde afuera, Caswell, Maine, era nada. No había ninguna autopista importante en kilómetros. La única manera de saber que Caswell tenía un nombre era un cartel viejo junto a una carretera de dos carriles, sostenido por dos postes negros con la pintura saltada. En letras doradas decía “BIENVENIDOS A” y en blanco sobre negro, “CASWELL”. Debajo, se leía “FUND. 1879”. Abajo de todo, había un dibujo pequeño de un árbol con una granja y un silo de fondo, a lo lejos.

Cualquier persona que llegara a Caswell (generalmente, de casualidad), se encontraría con viejas granjas y calles sin una sola señal de tránsito. Había un almacén, un restaurante con un centelleante letrero de neón que decía “BIENVENIDOS”, una gasolinera y un vetusto cine que pasaba películas de otros tiempos, más que nada largometrajes de monstruos en blanco y negro granuloso.

Eso era todo.

Pero era mentira.

Nadie vivía en las granjas. Había personas que trabajaban en el almacén, en el restaurante y en la gasolinera, e incluso en el cine.

Pero nadie se quedaba en Caswell.

Porque justo a las afueras del insignificante pueblo se encontraba el lago Butterfield.

Lo rodeaban muros altos por todos los costados; la piedra tenía al menos metro y medio de ancho y estaba reforzada con acero.

Detrás de esos muros había un complejo.

Y allí residía la manada más poderosa de Norteamérica, y quizás del mundo.

Yo no vivía en el complejo. Me hacía sentir electricidad en la piel. No me gustaba.

Junto al lago Butterfield estaba Woodman Road, una calle de tierra y grava. Al final de Woodman Road había un portón metálico. Y, cruzando el portón, en lo profundo del bosque, había una casita.

No era gran cosa. En otro tiempo, había sido ocupada por los leñadores que cortaban los árboles hasta mediados del siglo veinte. Tenía dos dormitorios. Un baño pequeño. Un porche con dos sillas. La cocina servía para dos hombres, y eso era todo. No más que eso.

Era suficiente.

La mayor parte del tiempo.

Heartsong La canción del corazón - изображение 15

Había días en los que necesitaba la tranquilidad. Estar lejos de todo el mundo.

Días en los que me transformaba y corría por la reserva de vida silvestre, sintiendo la tierra húmeda debajo de las patas y las hojas golpeándome la cara. Seguía hasta que no daba más, hasta que los pulmones me ardían en el pecho y la lengua me colgaba de la boca.

Me perdía en lo profundo de la reserva, lejos de los colores y sonidos del complejo. Lejos de los otros lobos. Lejos de los brujos. Incluido Ezra. Él entendía.

Me desplomaba a los pies de un árbol antiguo, de costado, el pecho agitado. El instinto me llevaba a ese lugar, y me revolcaba en el pasto, de espalda, dejando que el sol me calentara la panza. Los pájaros cantaban. Las ardillas correteaban y aunque podía perseguirlas y comerlas, solía dejarlas en paz.

Tenía una relación extraña con los árboles.

Mi madre me había dejado en uno, instantes antes de que mi padre la asesinara.

Tenía seis años.

Heartsong La canción del corazón - изображение 16

Los recuerdos son extraños.

Si me preguntaran lo que hice hace solo un año, es probable que no me acordara, salvo que alguien me ayudase.

Pero recuerdo tener seis con una claridad sorprendente.

Algunos de esos días, al menos.

Destellos brillantes, instantes que me hacían hormiguear la piel.

Recuerdo una manada. Éramos seis. Había una Alfa, fuerte y amable. Me ponía la nariz contra el pelo y me olfateaba.

Estaba su compañera, una mujer mayor que, cuando se reía, echaba la cabeza hacia atrás y se la tomaba entre las manos.

Otra mujer se llamaba Denise. Era bella y silenciosa. Cuando se movía, apenas parecía tocar el suelo. Una vez, le pregunté si era un ángel. Me alzó y me hizo cosquillas. Su compañera era una mujer negra con dientes blancos y centelleantes y una sonrisa pícara. Tenía una huerta. Me dio tomates y los comimos como si fueran manzanas, con el jugo y las semillas chorreando de las barbillas.

La otra era mi madre. Se llamaba Beatrice. Y era la persona más poderosa de mi mundo. Dormíamos en la misma habitación. Me susurraba a la noche y me decía que estábamos a salvo, que no tendríamos que volver a escapar. Que podíamos tener un hogar. Que nunca dejaría que nada malo me sucediera. Le creí. Era mi madre.

No entendía por qué nos escapábamos o desde hacía cuánto tiempo. Había noches en las que dormíamos en un auto viejo en el que ella rezaba antes de encenderlo: “Vamos, por favor, Dios, dame solo esto”.

Giraba la llave y el motor petardeaba y petardeaba y luego se encendía, y ella chillaba de placer, golpeando las manos contra el volante, y me sonreía de oreja a oreja mientras me decía: “¿Ves? Estamos bien. ¡Estamos bien!”.

Denise nos encontró durmiendo en el auto junto a un camino de tierra, escondidos en un bosquecillo.

Mi madre me despertó al apretarme contra su pecho. A través del parabrisas vi a una mujer extraña sentada en el piso, frente al auto.

Nos saludó con la mano.

–Loba –susurró madre.

El auto no arrancaba.

No emitía sonido.

La mujer extraña nos miró ladeando la cabeza. Habló en voz baja, pero mi oído era agudo, y la escuché.

–Está bien. No voy a lastimarlos –dijo.

Estábamos en el territorio de otro lobo.

La mujer nos llevó a la Alfa, en una cabaña vieja que tenía dos chimeneas.

Mi madre me mantuvo cerca suyo.

Los ojos de la Alfa brillaron, rojos.

Mi madre tembló.

–¿Tienen comida? Tenemos hambre –dije yo.

–Sí. Creo que sí –sonrió la Alfa–. ¿Te gusta el pastel de carne?

No sabía qué era el pastel de carne. Se lo dije.

La sonrisa se desvaneció.

–¿Por qué no probamos a ver si te gusta? Si no, podemos preparar otra cosa.

Me gustó muchísimo el pastel de carne. Me pareció que nunca había comido algo tan rico antes. Comí hasta que me dolió el estómago.

La Alfa se alegró.

Nos quedamos.

La primera noche, mi madre durmió enroscada alrededor de mí.

–¿Qué te parece, cachorro? –susurró, besándome la cabeza.

Bostecé. Estaba cansado, y dormir en una cama por primera vez en un largo tiempo se sentía bien.

–Sí –confirmó ella–. Pienso lo mismo.

Pasaron los días. Las semanas.

–¿El padre? –preguntó la Alfa.

Yo dibujaba en la mesa de la cocina. Me habían dado montones de crayones. Había marcadores, también, pero estaban casi todos secos porque les faltaban las capuchas.

–Cazador –susurró mi madre con la voz estrangulada–. Pensé que era… Pensé que él era mi…

Alcé la vista y vi que lloraba. Lo sentí al fondo de la garganta. Había un olor amargo en el aire, como si algo estuviera podrido.

No reconocí qué era.

Más adelante lo sabría.

Era vergüenza.

Antes de que pudiera acercármele, la Alfa se levantó y la abrazó. La abrazó con fuerza y le dijo que entendía.

El olor amargo se desvaneció después de un rato.

Tuvimos meses. Meses en los que nos quedamos quietos y parecía que habíamos encontrado nuestro lugar. Éramos como un árbol, nuestras raíces crecían en la tierra y se fortalecían con el paso de los días. Nuestra cama empezó a oler a nosotros. Daba gusto.

No duró.

Ardió todo.

Me desperté por el olor, y no era vergüenza.

Era fuego.

Los lobos aullaban.

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