La lectura de las narraciones de milagros en el Antiguo Testamento descubre su importancia teológica. Esos relatos de milagros son afirmaciones teológicas ante los grandes desafíos que enfrentaba el pueblo. En primer lugar, el cautiverio en Egipto y las políticas del faraón impedían a los israelitas servir al Señor de forma adecuada. Además, las tentaciones que le presentaban a los israelitas las divinidades locales de Canaán se constituyeron en un problema muy serio y existencial para el pueblo, que ya estaba en la Tierra Prometida.
Ante esos dos grandes desafíos históricos, las narraciones de milagros juegan un muy importante papel teológico. Estos relatos ponen de relieve el poder de Dios, además de indicar que el Señor está atento a las necesidades de su pueblo. Y ese gran marco teológico es el contexto general de las narraciones de milagros que se incorporan en el Nuevo Testamento.
Jesús de Nazaret vivió en una sociedad cautiva por las políticas del imperio romano y en un mundo religioso enclaustrado en una serie compleja de leyes, ordenanzas y mandamientos. Esa sociedad necesitaba de la intervención extraordinaria de Dios, y en medio de esas dinámicas políticas, religiosas, sociales y económicas, Jesús de Nazaret anuncia la llegada del Reino de Dios o de los cielos. Y junto a su mensaje liberador y salvador del Reino, se unieron las narraciones de milagros. Esos relatos son afirmaciones teológicas firmes y claras de que Dios acompaña y apoya a Jesús en su necesaria e indispensable gestión profética, educativa y transformadora.
El concepto de milagro en la historia
La comprensión de lo milagroso ha cambiado en la sociedad a través de la historia. A medida que el conocimiento y las ciencias naturales han ido en aumento, el concepto de lo que constituye un milagro tradicional ha variado. Inclusive, en algunos foros académicos, en diálogos seculares y hasta en algunos círculos religiosos, la realidad y las expectativas de lo milagroso y excepcional en la vida, con el tiempo, ha pasado a un segundo plano.
De forma paulatina, el deseo de vivir lo trascendental y extraordinario de las actividades milagrosas de Dios fue decayendo. Al llegar a la sociedad contemporánea, respecto a las percepciones de lo milagroso, se manifiestan dos claras tendencias polarizadas: una teología que niega rotundamente la existencia y las manifestaciones de lo sobrenatural y milagroso; y otra comprensión teológica de lo prodigioso y especial, que entiende que hay espacio en la vida moderna para ese tipo de manifestaciones divinas, que no necesariamente son comprensibles, de acuerdo con el entendimiento contemporáneo de las ciencias naturales.
Desde el medievo, especialmente desde la llegada y el desarrollo de la Reforma Protestante, la Revolución Francesa y la Ilustración europea, la comprensión y aceptación de lo milagroso ha sido revisada de forma cuidadosa, además de ser fuertemente cuestionada. Mientras en el período post bíblico, los milagros eran entendidos en círculos eclesiásticos, como una especie de prueba irrefutable de la existencia, la presencia y el poder de Dios, con el tiempo esas acciones prodigiosas del Señor se convirtieron en simbología, y hasta comenzaron las dudas de la realidad de lo milagroso en las narraciones evangélicas. Se desarrolló el pensamiento de que lo que no puede suceder el día de hoy, tampoco pudo haber sucedido en la antigüedad.
Los teólogos de la Ilustración europea, y sus discípulos históricos y culturales, intentaron responder al escepticismo relacionado con las reflexiones críticas sobre la vida, los mitos y la religión. Comenzaron a explicar los milagros en la Biblia, especialmente los que se relacionan con las narraciones de Jesús de Nazaret, desde una perspectiva simbólica, racional y científica. Algunas de esas explicaciones todavía perduran en varios círculos académicos contemporáneos.
La narración de lo milagroso en las Sagradas Escrituras es la interpretación teológica y mesiánica de algún hecho o actividad, que no necesariamente tiene explicaciones naturales. Se trata de relatos bíblicos que desean afirmar el poder divino y demostrar la autoridad y el mesianismo de Jesús.
De los milagros del Señor solo tenemos los recuentos de los evangelistas, que tenían un muy claro y firme propósito teológico: anunciar que Jesús de Nazaret era el Mesías prometido por Dios, que tenía la autoridad, el poder y la virtud de hacer milagros.
Si los milagros son hechos y acciones que no responden necesariamente a las ciencias naturales, para desechar la posibilidad de lo milagroso en la historia, primero debemos comprender bien todas las leyes y todos los procesos que gobiernan el universo y la vida. Y llegar a esa comprensión plena de las leyes naturales que rigen las funciones del cuerpo humano y las actividades atmosféricas, es un ideal noble y grato, pero con muy pocas posibilidades de ser alcanzado en la actualidad.
Indicar, por ejemplo, que se tiene ese tipo amplio, completo y absoluto de conocimiento científico es una arrogancia magna, que descalifica a quien lo crea y lo diga. Aunque las investigaciones científicas son muchas, y con bastantes logros importantes y apreciados, no podemos asegurar a ciencia cierta que nuestro análisis y nuestra comprensión de las dinámicas subyacentes de las actividades atmosféricas y las reacciones biológicas y emocionales del cuerpo humano sean completas y plenas.
Desde la perspectiva bíblica básica, los milagros, especialmente los que están relacionados con las intervenciones sanadoras de Jesús de Nazaret, son hechos y acciones que, cuando se analizan a la luz de la fe, se transforman en signos de esperanza, amor y misericordia divina hacia alguna persona que sufre dolencias físicas, emocionales o espirituales. Lo milagroso, especialmente las sanidades, son parte del proyecto de Dios para la humanidad, pues pone claramente de manifiesto el compromiso y la capacidad divina de acompañar a su pueblo aún en momentos de dificultad mayor.
El fundamento principal de este tipo de definición de lo milagroso, desde una comprensión religiosa, no es el rechazo a las leyes de la naturaleza, entendidas o por descubrir, sino una afirmación de la capacidad divina, y específicamente de Jesús, de responder a los cautiverios más serios del cuerpo, el alma o el espíritu humano. Desde la perspectiva teológica, los milagros son formas de demostrar el compromiso de lo eterno en el tiempo, de la relación de lo divino y lo humano, de la intimidad del poder del Eterno en medio de la historia. En efecto, las narraciones de los milagros en la Biblia son parte esencial de la historia de la salvación.
Esa comprensión del milagro, como signo divino que manifiesta el poder de lo sobrenatural en la historia humana, nos permite analizar las narraciones de los actos portentosos de Jesús en los evangelios con amplitud teológica y afirmación intelectual. Las sanidades, liberaciones, resurrecciones y acciones en la naturaleza incluyen mensajes que afirman la llegada del Reino a la historia en la figura de Jesús de Nazaret.
En el estudio de las narraciones de milagros no solo hay que explorar el hecho o acontecimiento, sino hay que revisar y analizar la importancia de esa acción milagrosa en el programa teológico y pedagógico amplio de Jesús de Nazaret. En efecto, el milagro es también enseñanza y mensaje en torno al Reino de Dios o de los cielos. Los milagros de Jesús son signos elocuentes de la irrupción del Eterno en medio de la historia de la humanidad.
Analizar lo milagroso, en general, y las sanidades, en particular, únicamente desde la perspectiva científica o médica, no hace justicia al propósito teológico de las narraciones bíblicas que, en el caso específico de Jesús, se encuentran en los Evangélicos canónicos. El propósito básico de los evangelistas cristianos era afirmar y compartir el mensaje del Reino que anunciaba el Señor. Tenían una muy clara finalidad evangelística y misionera, no eran presentaciones científicas o médicas de las enfermedades ni de las condiciones climatológicas.
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