Los milagros de Jesús eran una especie de corroboración física de sus labores espirituales como el ungido de Dios y Mesías. Además, esas acciones prodigiosas, que se relacionaban con los discursos y las actividades del Señor, indicaban que el Reino de Dios o de los cielos irrumpía con fuerza en medio de la sociedad y la historia. Los milagros, en efecto, eran parte integral del ministerio de Jesús. No constituían actividades aisladas o secundarias que se realizaban independientemente o al margen de la presentación del mensaje profético y transformador del Señor.
Las narraciones de milagros eran una especie de corroboración de la presencia de Dios con Jesús, que atendía responsablemente las necesidades físicas y los clamores espirituales de su pueblo. En su tarea docente y profética, Jesús incorporó el elemento milagroso como parte de su programa ministerial y espiritual. Y de acuerdo con los evangelistas, el pueblo esperaba de Jesús esas acciones milagrosas. Jesús era visto, en efecto, como el predicador de las sanidades, el agente de las liberaciones y el Señor de las transformaciones.
En nuestra comprensión de los milagros relacionados con Jesús, debemos tomar seriamente en consideración los comentarios y las percepciones que el libro de los Hechos tiene de Jesús y su obra:
Ustedes conocen este mensaje que se difundió por toda Judea,
comenzando desde Galilea, después del bautismo que predicó Juan.
Me refiero a Jesús de Nazaret:
cómo lo ungió Dios con el Espíritu Santo y con poder,
y cómo anduvo haciendo el bien
y sanando a todos los que estaban oprimidos por el diablo,
porque Dios estaba con él.
Nosotros somos testigos
de todo lo que hizo en la tierra de los judíos y en Jerusalén.
Lo mataron, colgándolo de un madero,
pero Dios lo resucitó al tercer día
y dispuso que se apareciera, no a todo el pueblo,
sino a nosotros, testigos previamente escogidos por Dios,
que comimos y bebimos con él después de su resurrección.
Hechos 10.37-41
De acuerdo con el testimonio bíblico, la comprensión de Pedro en torno al ministerio de Jesús era que se dedicaba a hacer el bien; además, el apóstol entendía que el Señor hacía milagros al sanar a todos los que estaban oprimidos por el diablo. ¡Y el bien que hacía Jesús incluía sus actividades de milagros! ¡La bondad teológica del Maestro se manifestaba físicamente en las sanidades que hacía! De esa forma se unían las virtudes educativas y proféticas del Señor a sus intervenciones extraordinarias en la sociedad para responder a las necesidades más hondas del alma humana.
Desde la perspectiva teológica del libro de los Hechos, Jesús unía en su ministerio el actuar con bondad y la acción milagrosa, que eran signos de que Dios lo había ungido con el Espíritu Santo y los había dotado del poder divino. Se fundían, en el programa teológico y misionero del Señor, lo evangelístico y lo profético, lo educativo y lo espiritual, la sanidad física y la liberación emocional. Y esa unión de virtudes personales y poder espiritual prepararon el ambiente para que pudiera llevar a efecto un misterio grato, pertinente y transformador de éxito.
Los milagros en los Evangelios
Para comprender bien la naturaleza de las acciones extraordinarias de Jesús, de acuerdo con los Evangelios sinópticos, debemos definir lo más claramente posible el amplio concepto que constituye lo milagroso . Según la Real Academia Española, un milagro “es un tipo de suceso o cosa rara, extraordinaria y maravillosa”. Para el mundo académico, lo milagroso se asocia a lo extraño, no esperado e inexplicable.
Esa definición básica, sencilla, inicial y general, se puede ampliar cuando el acto extraordinario se relaciona con lo divino. Con esa nueva comprensión, que incorpora elementos religiosos, podemos indicar que milagro “es un hecho no explicable por las leyes naturales, que puede atribuirse a una intervención especial y sobrenatural de origen divino”.
Un milagro, desde la perspectiva amplia de la experiencia religiosa, es un evento que acontece y que no necesariamente responde o puede comprenderse de acuerdo con las leyes conocidas de la naturaleza, según con nuestros entendimientos científicos contemporáneos. Se trata de alguna experiencia personal o natural que rompe los patrones entendibles del conocimiento humano. Y como el hecho o la acción no puede entenderse y explicarse de forma adecuada, según el conocimiento científico actual, se denomina milagro .
En la Biblia, sin embargo, el milagro es lo inhabitual, inexplicado, inconcebible, desconcertante, inesperado y asombroso. Es el acto divino que mueve a los seres humanos a sacar la mirada de sus adversidades y angustias para dirigirla a Dios. El milagro intenta mover la disposición temporal y humana, para relacionarla con la dimensión eterna y divina. El milagro es una manera de poner de manifiesto la especial voluntad divina en medio de alguna situación de crisis histórica, personal o comunitaria.
La palabra castellana milagro proviene directamente del latín miraculum , que describe un hecho portentoso, admirable e inexplicable. El verbo latino mirari se relaciona con acciones de asombro y sorpresa. Desde este ángulo lingüístico, el milagro es una actividad asombrosa que produce en las personas un sentido grato de admiración y aprecio, pues no puede comprenderse o explicarse de forma natural o sencilla.
En hebreo, un término para describir lo milagroso es mopheth , que puede traducirse al castellano como un “signo prodigioso”. Esta última expresión se vierte en griego como teras y en latín como portentum , que pueden entenderse en español como “maravillas, portentos o acciones prodigiosas”. La idea general se asocia con el mundo de lo milagroso, radiante, espectacular y extraordinario.
Para referirse a las actividades milagrosas relacionadas con Jesús de Nazaret, los Evangelios canónicos utilizan varias palabras y expresiones griegas de gran importancia semántica e implicaciones teológicas. El griego dynameis se asocia con los hechos portentosos, las actividades extraordinarias o directa y sencillamente los milagros de Jesús (Mt 11.20-21,23; 13.54,58; 14.2; Mr 6.2,5,14; Lc 10.13; 19.37).
Otra palabra griega de importancia usada en el Nuevo Testamento para describir lo milagroso es paradoxa , que comunica ideas como “maravillas” y “cosas notables o extrañas” (Lc 5.26). También el texto griego utiliza la expresión sémeion , que se asocia directamente con el mundo de los prodigios, las señales y los milagros (Lc 23.8; Jn 2.11,23; 3.2; 4.48,54; 6.2,14,26; 7.31; 9.16; 11.47; 12.18,37; 20.30).
En el Evangelio de Juan, para aludir al ministerio milagroso del Señor, se utiliza una doble expresión griega émeia kai terata , que se ha traducido tradicionalmente como “señales y prodigios” (Jn 4.48). Además, es posible que la expresión griega, que se ha vertido tradicionalmente al castellano como “hacer el bien” o euergetón , esté también relacionada con el mundo de lo milagroso asociado a las actividades educativas y misioneras de Jesús.
Esas palabras hebreas, latinas y griegas nos ubican en el ámbito de lo especial, de lo extraordinario, de lo milagroso, de lo prodigioso… El milagro, desde esta perspectiva multilingüe y multicultural, y también desde una comprensión teológica, es un tipo de intervención sobrenatural en la historia, el mundo, la sociedad, el cosmos y los individuos; que contribuye positivamente a la afirmación, comprensión y celebración del poder divino. Lo milagroso es el encuentro de lo divino y lo humano que propicia la sanidad, liberación y resurrección de alguna persona. Y esos actos milagrosos son también mensajes, enseñanzas y signos de las virtudes divinas que llegan para satisfacer las necesidades humanas.
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