Las narraciones de milagros en los Evangelios se relacionan directamente con las acciones de Jesús —y también de algunos de sus discípulos. En esos relatos, el Señor responde a algún problema mayor o alguna adversidad seria que afecta a los individuos, los grupos y la naturaleza. Y ante un desafío formidable, los evangelistas presentan a un Jesús lleno de autoridad espiritual y poder divino que es capaz de superar esos infortunios de salud física y emocional, y vencer las complejidades y los problemas en la naturaleza.
Para los evangelistas cristianos, Jesús no solo era rabino, maestro y profeta, sino taumaturgo, que es la expresión técnica que describe a una persona que hace cosas prodigiosas, maravillosas y milagrosas. Y las sanidades divinas sin intervenciones médicas y profesionales se incluyen en el mundo de la taumaturgia. Esos milagros de sanidades se explican desde la perspectiva de las intervenciones sobrenaturales de Dios en medio de la historia humana, a través del ministerio profético y pedagógico de Jesús.
Los problemas a los que el Señor responde de forma milagrosa y sobrenatural son de doble índole: de salud física, emocional y espiritual, y de superación de varios desafíos físicos y meteorológicos. La dinámica general para responder a esas adversidades es directa y clara. Tradicionalmente traían ante el Señor —o se encontraban en el camino— alguna persona enferma, poseída por espíritus o muerta, o debía enfrentar situaciones de la naturaleza que podían detener su paso firme para cumplir la voluntad divina. Ante esos desafíos físicos, mentales, espirituales y cósmicos, respondía con autoridad y virtud para superar la crisis y la adversidad.
El énfasis teológico de los evangelistas al presentar las narraciones de milagros es destacar que el Señor atendía con sentido de prioridad a la gente en necesidad. Además, esos relatos eran maneras de indicar que Jesús respondía a los reclamos reales de las personas. De singular importancia es comprender que los milagros no eran parte de un programa de relaciones públicas o algún esfuerzo de mercadeo del programa misionero de Jesús.
Los milagros respondían de forma elocuente a las necesidades más hondas e íntimas de las personas y las comunidades. Formaban parte de la labor profética, docente y transformadora de Jesús en la Palestina antigua.
Milagros en el Antiguo Testamento
Una lectura cuidadosa de la Biblia hebrea, o el Antiguo Testamento, revela que los milagros se manifiestan mayormente y de forma destacada en períodos específicos (véase Apéndice A). Esas acciones especiales de Dios se asocian a momentos en la historia donde hay revelaciones divinas significativas y singulares, y necesidades humanas apremiantes. Esta amplia comprensión teológica contribuye positivamente a la percepción de que lo milagroso se relaciona con acciones divinas con significado y mensajes. Los milagros son esencialmente signos y mensajes divinos en medio de las realidades humanas.
Aunque las intervenciones extraordinarias de Dios son constantes en la historia bíblica, hay tres períodos donde lo milagroso parece que toma auge y se manifiesta con frecuencia. Y esos períodos de importancia bíblica son los siguientes: la época de Moisés y Josué; el período de Elías y Eliseo; y durante el ministerio de Jesús de Nazaret.
Esos tres períodos agrupan gran parte de las narraciones bíblicas de los milagros. Desde la perspectiva teológica, esos períodos también fueron fundamentales en la historia de la salvación y requerían una serie de intervenciones divinas que superaran las teofanías tradicionales del período de los patriarcas y las matriarcas de Israel.
El estudio de la Biblia hebrea muestra que un singular momento donde los milagros y las acciones prodigiosas jugaron un papel protagónico es el período que va desde la liberación de Egipto hasta la conquista de Canaán. Esos años han jugado un papel determinante en la historia bíblica, pues incluyen no solo la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto, sino la revelación de los Diez Mandamientos y la presentación de la Ley a Moisés y al pueblo; la afirmación del Pacto de Dios con el pueblo elegido; el establecimiento del culto al Señor que se reveló en el monte Sinaí, como el único Dios verdadero; y finalmente, la conquista de la Tierra Prometida.
En este período es que se encuentran las siguientes manifestaciones milagrosas de parte de Dios: la revelación a Moisés de la zarza ardiente (Éx 3), milagros que afirman la misión de Moisés (Éx 3—4), la vara que se convierte en serpiente y las diez plagas de Egipto (Éx 7—12), el cruce extraordinario del mar Rojo (Éx 14), y la provisión de alimento y agua al pueblo en medio del desierto (Éx 16; Nm 1; Éx 15.17; Nm 20). Además, en este singular período de la historia bíblica, se manifiestan los castigos enviados por Dios a los israelitas desobedientes (Lv 10.2; Nm 11.16; 16.21); el paso extraordinario del río Jordán para llegar a la Tierra Prometida (Jos 3—4); la caída espectacular de los muros de la ciudad de Jericó (Jos 6); y el singular milagro cósmico respecto al sol en la batalla de Gabaón (Jos 10).
En efecto, el período de liberación y conquista está lleno de acciones divinas que no pueden explicarse fácilmente desde las ciencias naturales. Fue un tiempo especial de revelación divina que necesitaba esta serie de narraciones de milagros que confirmaran de forma concreta la voluntad de Dios. Ante desafíos históricos formidables, se manifiesta el poder divino de manera especial, portentosa y milagrosa.
El recuento de estos milagros tenía una importancia teológica especial. Dios se había revelado a Abraham y le había prometido una tierra de paz y seguridad, fuera de la antigua ciudad de Ur, conocida como “de los caldeos” (Gn 12). En las narraciones del Pentateuco, la promesa al famoso patriarca llega a su cumplimiento y se transforma en realidad. Y las narraciones de milagros divinos en este período eran una especie de corroboración teológica de lo que sucedía desde la perspectiva histórica.
El segundo período de gran importancia teológica, desde la perspectiva de las narraciones de los milagros divinos en la historia, se puede asociar con la vida y las acciones de los profetas Elías y Eliseo. En este período el gran desafío no provenía del faraón de Egipto ni de gobiernos extranjeros; el problema real era la atracción que sentía el pueblo hacia las divinidades cananeas. El problema se complicaba aún más, pues ese gran desafío de idolatría estaba tolerado, permitido y hasta propiciado por la monarquía de Israel. Y entre esas divinidades cananeas está el muy famoso Baal.
Para responder de forma vigorosa a esas tentaciones idolátricas, que eran incentivadas por la casa real israelita, Elías y Eliseo llevaron a efecto una serie importante de milagros que tenían como objetivo claro demostrar la superioridad del Dios de Israel en contraposición a las tradicionales divinidades cananeas. El mensaje subyacente en los milagros es que el Dios de Israel es poderoso para manifestarse a su pueblo y las divinidades cananeas, como Baal, no tienen la capacidad de intervenir en medio de la historia humana.
Relacionados con este dúo importante de profetas, las narraciones bíblicas incluyen como 20 milagros, que van desde intervenciones divinas en las dinámicas cotidianas, como la multiplicación de la harina y el aceite (1Re 17.14-16), hasta la manifestación del poder de Dios de manera extraordinaria y especial, con la resurrección del hijo de la viuda (1Re 17.17-24). A esos milagros debemos añadir la manifestación del fuego de Dios en el altar (1Re 18.30-38), la oración por lluvia que fue contestada (1Re 18.41-45), el fuego que cayó del cielo (2Re 1.10-12) y la purificación del agua en Jericó (2Re 2.21-22).
Читать дальше