Esperamos, con este libro, mostrar a los lectores que el Grupo de Investigación Nuevo Pensamiento Administrativo avanza en las preocupaciones en busca de un pensamiento organizacional, y que se aferra a corrientes intelectuales que ensayan a comprender lo que determina la crisis de lo social y lo humano en nuestros tiempos. Esto implica continuar creando reflexiones que se rebelen frente al pensamiento de aquellos que consideran ineludible la erosión de la dignidad humana –como si fuera una fatalidad– en la permanente desterritorialización moral que impone el mercado.
En esta oportunidad el grupo de investigación ha invitado como co-editor al profesor Héctor L. Bermúdez, porque considera que su trabajo ha permitido ampliar la difusión del pensamiento que busca movilizarse en torno a deconstrucciones ortodoxas que paralizan, en medio del declive de la dignificación de la humano-organizacional.
William Rojas Rojas
Profesor. Grupo de Investigación Nuevo Pensamiento Administrativo
Universidad del Valle
Héctor Bermúdez.
Profesor. Grupo de Investigación Comportamiento Humano Organizacional
Universidad de Antioquia
1. EL TIEMPO, LAS GENERACIONES, LAS ORGANIZACIONES Y EL TRABAJO
Fernando Cruz Kronfly
Se pretende demostrar que no es el simple paso del tiempo la causa principal de las líneas que separan las generaciones. Hubo épocas históricas en que el tiempo parecía estar quieto y la humanidad vivía inmersa en tradiciones inamovibles. Pasaban siglos y las generaciones solo se diferenciaban por las edades pero no por su modo de representarse el mundo. Los padres legaban a sus hijos sus mismas cosmovisiones y modos de pensar y de vivir. Y la voz hegemónica de Dios estaba detrás de la quietud del mundo y el orden establecido. Pero hubo un momento en la historia de Occidente en que el tiempo se puso en marcha y empezaron a modificarse las representaciones del mundo. Detrás de estas transformaciones y nuevas velocidades estuvo la economía, la ciencia y la técnica, las cuales produjeron un cambio en la mentalidad y el modo de representarse el mundo y vivir. Es decir, un nuevo tipo de subjetividad. Se pretende, entonces, demostrar que la línea de separación, cada vez más profunda entre las generaciones, no la produce el simple paso del tiempo, sino el advenimiento de nuevas subjetividades, entendidas como modos de representarse el mundo, y desde allí nuevas formas de actuar y de vivir.
Hubo una época en que el tiempo era una embarcación a remo en un mar sin término. Los días, los meses, los años y los siglos parecían estar quietos. La moda, señala Lipovetski, no consistía en la velocidad innovadora de lo mismo, sino en vestirse siempre calcando la manera de hacerlo de los antepasados. La agricultura se repetía a sí misma en los procedimientos y los artesanos trabajaban cantando en los talleres, con el fin de producir justo lo necesario para presentarse a las ferias locales a intercambiar sus productos en diferentes formas de trueque. La velocidad de las caravanas de los mercaderes que iban de feria en feria, digamos de Florencia a Gante, con sus pies polvorientos, no superaba los diez kilómetros diarios, y nadie se preocupaba de aquella lentitud que, además, ningún comerciante veía negativamente, como algo posible de ser modificado. El mundo tenía el ritmo de las cosas sabiamente dispuestas por Dios. Todo alrededor se suponía gobernado desde afuera del mundo humano, por una especie de voluntad, intención e inteligencia extra-mundana que sabía lo que hacía, por qué lo hacía y, ante todo, cómo lo hacía. Acerca de esta especie de destino los seres humanos nada podían hacer.
La subjetividad humana derivada de esta manera de ocurrir el tiempo, no se preocupaba más de lo debido de las cosas de este mundo, porque el destino humano consistía, ante todo y por sobre todo, en salvar el alma. Este era el proyecto esencial. Crear riqueza y apegarse a ella y a lo material, equivalía a un desvío de lo fundamental y a un evidente alejamiento de Dios. El dinero era definido como el “excremento del demonio”, y la ganancia en los pequeños intercambios y trueques ocurridos de las ferias era vista como un desequilibrio inmoral. En el siglo XIII, Santo Tomás, en su obra Del gobierno de los príncipes , considera inconveniente a los ojos de Dios, el comercio o intercambio de objetos del cual se derive una ganancia a favor de alguno de los intercambiantes en las ferias.
Paralela a esta mirada y voz monofónica del dogma sobre lo humano y sus asuntos, hacia el siglo XIV, y al ritmo de las ferias, empieza a observarse una dinámica comercial de relativa importancia. Este mundo encarnaba a su modo la ambivalencia humana, pues, mientras el comercio y la ganancia eran mal vistos a los ojos de Dios, y las monedas sonaban en las alforjas de los comerciantes como la sucia ebullición del estiércol del demonio, iba naciendo de este proceso una nueva clase social, diferente de la basada en la nobleza de los linajes y apellidos. Esta nueva clase social, de origen plebeyo en términos sociológicos, terminó por crecer y por consolidarse en paralelo con la aristocracia.
1.3 LOS PRELUDIOS DEL RENACIMIENTO
Estamos en los preludios del denominado Renacimiento, período en el cual empieza a surgir y consolidarse lo que Alfred Von Martin, en su estudio de caso sobre Florencia, denomina como una “nueva mentalidad”. Esta nueva mentalidad, que se desarrolla en paralelo con la mentalidad tradicional que venía de la denominada Edad Media en descomposición, empieza a representarse el mundo de una manera absolutamente diferente. Sobre todo, y de manera fundamental, aunque no única, el mundo económico y la generación de riqueza. Dicho de otro modo, el mundo económico, científico y técnico del Renacimiento da origen a un nuevo tipo de subjetividad. Entendida esta nueva subjetividad, entendida esta como un nuevo tejido de representaciones del mundo en las cuales se instalan a vivir los hombres y mujeres del Renacimiento, y desde donde actúan y deciden redefinir sus existencias. Nace entonces en el Renacimiento, entendido como una ruptura aguda de paradigmas y cosmovisión del mundo una nueva generación humana con la cual empieza en Occidente la modernidad mental.
Veamos:
Pico de la Mirandola abre un capítulo de confianza en la razón humana, en cuanto inteligencia capaz de construir un mundo humano con relativa autonomía frente a la inteligencia divina. Esta inteligencia o razón intramundana, puesta en marcha por los seres humanos, se supone capaz de fundar un mundo humano a su medida. Un mundo de pensamiento, de acción y de construcción humana, paralelo al divino. La Razón subjetiva humana toma confianza en sí misma y he ahí un componente sustancial del Renacimiento. Maquiavelo piensa la política por fuera de la mano de Dios, que quita y pone a su antojo príncipes y reyes. Descartes refunda la filosofía desde la tabula rasa que se propuso, para decir “pienso, luego existo”. Leonardo Da Vinci recupera a María Magdalena como el apóstol brazo derecho de Cristo y compañera suya. De la mano de un telescopio hecho con las uñas, y guiado por la matemática, Copérnico rompió el paradigma geocéntrico de siglos, donde el tiempo no pasaba linealmente como tiempo histórico, sino míticamente en busca del origen, y, como dice Thomas Kuhn, copernizó la mirada sobre el mundo, y el cielo de antes empezó a ser espacio. Gütemberg puso en marcha la imprenta y permitió la lectura individual y solitaria; la lectura ensimismada que fortaleció la maduración del principio de individuación. Cervantes puso a caminar a don Alonso Quijada, no hacia el bien y la salvación de su alma, sino hacia el azar y la casualidad del mundo, con lo cual dio origen a la novela como un nuevo género literario de la modernidad. Shakespeare hizo que Hamlet hablara consigo mismo, de tal manera que a través de este hablar interior se auto-transformara y descubriera parte sustancial de la compleja condición humana. Montaigne, al escribir sobre sus propios puntos de vista y no acerca de los puntos de vista de la tradición sagrada, fundó el ensayo como género. Y, a propósito he dejado de últimos a Calvino y Lucero, reformadores religiosos, tema del cual se ocupa el sociólogo Max Weber en su demostración sobre la relación existente entre el desarrollo y consolidación de la modernidad capitalista y la reforma moral que Calvino y Lucero se propusieron y lograron.
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