Sin mucho tiempo que perder y ya en el despacho del regente del psiquiátrico, dispuse, en tanto que se sentaba ante la cámara, un simple set de entrevistador y entrevistado para dar comienzo sin dilaciones al interrogatorio que preparé en el camino.
La verdad, me indisponía, en agónica sensación, el infausto y lúgubre inmueble al que no haría mucho tiempo habían estremecido los gritos imposibles de acallar, lanzados por enfermos sometidos a choques eléctricos, o los lamentos y forcejeos bañados en llanto de rebeldes en camisa de fuerza, enfrentados a perversos y gigantes enfermeros por negarse a tragar las pastillas que a diario los convertían en dóciles imbéciles.
Los tiempos habían cambiado, es cierto, y con ellos los tratamientos para los enfermos mentales, pero las que parecían seguir intactas eran aquellas locaciones cargadas de vibraciones pesadas y sombras intramurales, en las que el dolor y la confusión aún jugaban a las escondidas.
Influencers en peligro
—Lo que sucede, amigo periodista, es que ciertos trastornos mentales, especialmente la ansiedad y la depresión, son causas principales de morbilidad en la sociedad actual. En coincidencia con esta verdad comprobada por la Organización Mundial de la Salud, se nos pone de presente el fenómeno creciente de la nueva y empírica profesión que asumen en redes sociales cantidades enormes de personas deseosas de ser tomadas como influencers.
»Cómo no entender —continuó el director sin que mediara una nueva pregunta— la avalancha de personas que se lanza a este caudal mezclado con todo tipo de escombros, si el empleo es cada vez más escaso y si a partir de veinte mil seguidores, y a veces menos, ciertos comerciantes consideran exitosas algunas cuentas y se deciden a contactar a los dueños para que promuevan sus productos. Así los erigen en nuevas figuras dentro de ese mercado, y aquí es cuando lo grave comienza.
—¿Y de qué cantidad de personas estamos hablando, director?
—Pues la OMS garantiza que al menos trescientos cincuenta millones de personas en todo el mundo viven en estado depresivo. Mi estadística, parcial por supuesto, se conocerá cuando junto con el personal médico que me acompaña logremos segmentar a los influencers de los demás pacientes, y esto es algo que podría tardar algún tiempo.
»Lo que sí puedo decir ahora a la opinión pública es que, en la medida en que pasan los meses, crece la cifra de personas que llegan aquí en estado crítico luego de haber intentado segar su vida. Hoy estamos al borde de la saturación de nuestra capacidad. No quiero imaginar la dimensión real de este problema y el drama familiar y comunitario ocasionado por aquellos atormentados que sí cumplen su cometido de quitarse la vida.
»De los que aquí se internan, invariablemente obtenemos durante los primeros días de tratamiento un relato en el que describen, llenos de miedo, su impedimento emocional de mantenerse alejados de las redes sociales. Nos hacen un retrato del derrumbamiento de su seguridad personal cuando advierten que pierden seguidores. Pero quizá la perturbación de la que nos es más difícil sacarlos es la que se presenta cuando reciben comentarios negativos que juzgan su proceder y critican los contenidos que subieron a sus cuentas».
El director quiso mostrarse sincero al mencionar, en tono de confesión, que tanto su cuerpo médico como él mismo aún tratan de comprender los efectos de estas formas de interacción social. Los justifica, dice, que el uso de las redes sociales es un hábito relativamente reciente. No obstante, ya tienen claro que el tiempo dedicado a estas tiene que ver con la temporal y gratificante sensación de estar aislándose del mundo real. Un escape que más pronto que tarde contribuye al desarrollo de serios trastornos mentales.
La victima Gentile
No fue difícil admirar a Ángela Gentile por aquellos días en que la conocí. Si bien pertenecía a ese ejército de nuevos comunicadores a los que convenció el mundillo de los medios de que no son dignos de una paga justa hasta no haber regalado como practicantes un par de años su trabajo, también es cierto que escapaba de esas filas obsecuentes mediante una actitud, ahora rebelde, de encontrar información de interés para la opinión pública fuera de la que su computador le ofrecía.
Fue en ese anhelo que se acercó una y otra vez a este dinosaurio de cincuenta y tantos años, habitante de un cubículo un par de filas delante del suyo, en busca de algo de contexto histórico, reciente o no, que diera credibilidad a su nota, próxima a ser lanzada por esa infinitud de autopistas de la red de internet, trazadas con la intención expresa de enlazar en todas direcciones al planeta.
Mi aprecio por aquella novata del oficio periodístico a quien calculé estaría entre los veintitrés y los veintiséis años, dueña de una belleza de las que se revelan y cautivan con pausa y elegante discreción, fue mayor un día cualquiera en el que, luego de proporcionarle la información que estuve en capacidad de brindarle, me hizo su confidente. Exultante de orgullo, aunque con ciertos temores, creyó premiarme con el privilegio de enterarme primero que a los demás que pronto no volvería por aquella colmena parecida a un call center en la que junto con otros setenta colegas desarrollaba la práctica del periodismo profesional de televisión.
Decepcionada profundamente de no ser testigo presencial de los hechos que conmueven a una sociedad, tal como imaginó y estudió que los comunicadores obtenían la información que escribían y publicaban, renunciaba al canal internacional de noticias para irse a recorrer América del Sur, caracterizada como una intrépida influencer con poder de seducirnos a sus seguidores bajo el encanto de videos, fotos y textos breves con los que narraría las aventuras de una aguerrida e independiente viajera latinoamericana.
Alabé su valor. Fui sincero cuando le dije que la admiraba, pero no lo fui tanto al asegurarle que le iría maravillosamente en virtud de la confianza que se tenía y de las capacidades que había demostrado en el oficio de la comunicación.
La Gentile alzó vuelo
Dudé de su éxito porque sabía que, aun si alzaba el vuelo, pronto aterrizaría en la pista poco ensoñadora de la realidad. La experiencia con mi programa de crónicas me había dejado la enseñanza de que eso de viajar todo el tiempo, lo que sin duda fue mi sueño desde niño, traía consigo una carga abrumadora de cansancio, lo mismo que cierta sensación insufrible de destierro que en forma traicionera se convertía en nostalgia, sin contar con que lo que en un principio resultaba alucinante, como era conocer gente distinta, extraña o adorable, colmar el paladar con nuevas y variadas exquisiteces y dormir en tinieblas distintas noche tras noche, pasaba de ser una increíble aventura a transformarse en tediosa condena.
Pero la Gentile iba a aborrecer este tipo de augurios. La decantada experiencia impregnada con el veneno del escepticismo, descargada por un colega veterano, no iba a ser bien recibida. Creí que mis predicciones, emitidas en el justo momento en que apenas se disponía a enfrentar la primera y sesuda partida de ajedrez que implica hacer un ligero equipaje de mochilera para una travesía que enfrentaría todos los climas, podrían ser entendidas como el criterio malaleche de un periodista aguafiestas.
Suramérica. El cono gigante decorado por las blancas crestas de las montañas andinas, sofocantes desiertos, selvas de humedad explosiva, lagos sin fin y glaciares que ya no pararán de derretirse hasta acabarse, esperaba a ser descubierto, por millonésima vez, por estos ojos almendrados y ensoñadores de una influencer dueña de atributos evidentes: uno sesenta y ocho de estatura, larga cabellera ensortijada y castaña, cintura delgada, caderas torneadas. Su encanto, ella lo sabía, terminado en la sutil caída de unos muslos de espléndida firmeza, torneados por las exigencias de la natación regular y el voleibol escolar y de liga.
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