El juicio entra, entonces, en su etapa final. Las dos primeras semanas de junio son dedicadas a los campos de exterminio, según el orden cronológico de su entrada en funcionamiento: Chelmno, Belzec, Sobibor, Maïdanek, Treblinka, Auschwitz, esos campos donde los nazis gaseaban a los judíos y quemaban sus cadáveres en gigantescos crematorios. Esa evocación marca el punto culminante del proceso, porque, si bien la historia está plagada de masacres, los centros de “puesta en muerte” —según la expresión del historiador norteamericano Raul Hilberg— constituyen una innovación del nazismo.
La audiencia setenta y tres, que cierra esta segunda fase del proceso, se dedicó al testimonio de Shalom Cholawski, un judío que había combatido en los bosques con los partisanos, y al de Aharon Hoter-Yishai, oficial de la Brigada Judía, que había estado en contacto con los sobrevivientes después de la debacle alemana. Y así se cerraba el anillo que iba de los campos a Eretz-Israël , ‘la Tierra de Israel’.
Antes de entregarle la palabra a la defensa, Hausner solicita que se tome en cuenta una parte de la transcripción de las entrevistas grabadas de Eichmann con el periodista nazi holandés Sassen, que el fiscal ha logrado obtener, algunas de cuyas hojas han sido incluso corregidas por la mano del propio acusado. Gracias a Bettina Stangneth, conocemos la historia de esos registros y su derrotero. Allí se produce una última batalla procedimental entre el fiscal Hausner y Servatius, abogado de Eichmann. Finalmente, el tribunal decide aceptar como evidencia solo las páginas que, en sus márgenes, tienen notas y correcciones del puño de Eichmann. El resto de la transcripción es rechazada.
El proceso entró, entonces, en receso durante una semana para dar tiempo a Eichmann y a Servatius de preparar la defensa.
Hasta ese momento, Eichmann no ha tomado la palabra, de acuerdo con las reglas de un proceso inspirado en la legislación anglosajona. Solo había hecho escuchar su voz, salida de un magnetófono muy al principio del juicio, para declararse “no culpable en el sentido de la acusación”, fórmula que había elegido para contestar a los quince cargos en su contra. La que sí estuvo muy presente a lo largo de todo el juicio fue su boca, que, esporádicamente, se crispaba en un rictus nervioso al que los presentes intentaban en vano atribuir algún sentido. La mayoría de las veces, durante los testimonios, el acusado permanece impasible. Escribe mucho, sobre todo, cuando se presentan documentos que llevan su firma. Ha llegado el momento de que Eichmann, como testigo de su propio juicio, responda a todas las acusaciones. Y esa fase del proceso dura desde el 20 de junio (audiencia setenta y cinco) hasta el 24 de julio (audiencia ciento siete).
El 7 de julio, el procurador Gideon Hausner inicia el contrainterrogatorio. La sala de audiencias nuevamente desborda. Es un gran momento, como lo había sido en Núremberg el contrainterrogatorio de Göring a cargo del fiscal Jackson. Haïm Gouri señala que la sala le recordó los primeros días del proceso: periodistas, ministros, diplomáticos. La atmósfera era “solemne y pavorosa”54.
Mientras unos y otros —el periodista, el filósofo, el historiador…— buscaban y seguirían buscando la clave que les permitiera entender la psicología del “genocida”, por retomar un término que se popularizó con el genocidio de los tutsis por los hutus, Eichmann erigió conscientemente una barrera contra todo cuestionamiento que pudiera irrumpir en la esfera de las emociones, los sentimientos o las ideas. Para él, esos temas no concernían a la justicia. Gideon Hausner apeló a toda su autoridad, su energía y su combatividad para hacer que Eichmann reconociera que se sentía culpable. El acusado le hizo frente sin bajar la cabeza. Es durante ese contrainterrogatorio que Eichmann deja ver su personalidad. Según Gouri, “es un hombre fuerte, que lucha sin respiro, que explica, que expone y desarrolla sus puntos de vista: ‘instancias superiores’, ‘destino’, el ‘yo’, para volver infatigablemente al sempiterno ‘cumplimiento de órdenes’”55.
El 8 de agosto, Gideon Hausner empieza su requisitoria, que durará hasta el día 11. El alegato de defensa de Servatius arranca el 14 de agosto. Es la última audiencia, la centésima decimocuarta del proceso.
El 11 de diciembre de 1961, el tribunal se reúne nuevamente para anunciar su veredicto. André Scemama, corresponsal particular del diario Le Monde en Jerusalén, señala que el proceso se retoma “en medio de una indiferencia casi total” y que “tanto la prensa como el público en general apenas se interesan en el mismo”56, porque lo cierto es que el desarrollo del juicio despertó más pasiones que su resultado.
Inmóvil y de pie en su celda de vidrió, Eichmann escuchó las siguientes frases de boca del juez Landau: “Este tribunal lo declara culpable de crímenes contra el pueblo judío, de crímenes contra la humanidad, de crímenes de guerra y de pertenecer a organizaciones criminales”.
El 15 de diciembre de 1961, el tribunal le ordena al acusado ponerse de pie. “Este tribunal condena a Adolf Eichmann, encontrado culpable de sus crímenes contra el pueblo judío, por sus crímenes contra la humanidad y por sus crímenes de guerra, a la pena de muerte”.
Esa sesión fue la más breve del juicio que acababa de terminar: duró apenas dieciséis minutos.
Tras el rechazo de la apelación, solo queda el recurso de un pedido de gracia ante el presidente del Estado hebreo, Ben Zvi. Durante una sesión extraordinaria, el Consejo de Ministros de Israel decide activar al máximo el procedimiento para evitar una campaña mundial a favor del pedido de indulto. El Consejo instruye al ministro de Justicia para que le recomiende al presidente Ben Zvi no conceder el perdón. También le ha solicitado al ministro de Policía, Behor Shittrit, que tome todas las medidas necesarias para que la sentencia pueda ser ejecutada en las cuarenta y ocho horas posteriores a su confirmación.
En efecto, apenas se conoce la condena a muerte de Eichmann, se suscita un debate sobre la pena. Si bien el 90 % de los israelíes eran partidarios de la ejecución, ciertos intelectuales estaban en contra y no eran pocos. Algunos se oponían a la pena de muerte por una cuestión de principios; otros creían que la ejecución de Eichmann iba a redimir de sus crímenes a todos los nazis que seguían vivos, dejándolo como único responsable; finalmente, algunos subrayaban que no había pena adecuada para crímenes de semejante magnitud, ni siquiera la pena capital57. Un reciente documental de Florence Jammot, Une exécution en question (2014), rememora ese debate.
El 31 de mayo, le informan a Adolf Eichmann que el presidente Ben Zvi ha rechazado su pedido de clemencia. Antes de ingresar en la sala de ejecución, volvió a repetir el juramento que todos los miembros del partido nazi pronunciaban cuando se les pedía que abandonaran sus credos: “He vivido creyendo en Dios y muero creyendo en Dios”. A continuación, entró en la sala del cadalso con una calma que impresionó a los representantes de la prensa local y extranjera. Terminados los preparativos, Eichmann exclamó: “¡Viva Alemania! ¡Viva Austria! ¡Viva Argentina! Tres países que amo. Debo obedecer las leyes de la guerra y debo obedecer a mi bandera. Me despido de mi mujer, mi familia y mis amigos”.
Eichmann es colgado en la medianoche del 31 de mayo al 1 de junio en la prisión de Ramleh, en las afueras de Tel Aviv. Sus restos son cremados en un horno especialmente construido cerca de la cárcel y que luego fue desmontado con rapidez. Sus cenizas fueron dispersadas en el Mediterráneo, en mar abierto, más allá de las aguas territoriales de Israel.
Su destino se unió, entonces, al de los condenados a muerte de Núremberg: los nazis no tendrían tumbas para evitar que se convirtieran en lugares de culto.
Читать дальше