Sylvie Lindeperg - El momento Eichmann

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En 1960, el criminal nazi Adolf Eichmann, uno de los arquitectos de la «Solución final» que dio origen al plan del exterminio en masa del pueblo judío, fue descubierto en Argentina y llevado a Israel para ser enjuiciado. Este famoso juicio, que se hizo con Eichmann dentro de una jaula de vidrios blindados, impactó mundialmente porque: -Fue contado por la prensa, la radio y la televisión. -Se presentaron públicamente los crudos relatos de los testigos vivos del horror. -Expuso a nivel internacional la magnitud del Holocausto. -Finalizó con la sentencia de muerte de Eichmann en la horca. Este libro analiza por primera vez el proceso del juicio con su correspondiente cobertura mediática mundial. Un hecho hasta ese entonces sin precedentes, que convierte a esta causa en un evento fundador. Este es
El momento Eichmann, que marcó un antes y un después en la historia de la humanidad.

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En 1938, Eichmann obtiene un nuevo ascenso: ya es Untersturm führer , subteniente. En marzo, poco después del Anschluss , Eichmann, enviado a Viena, adquiere su “especialización”, ya que, cuando “el Reich de mil años” anexa Austria, también hereda, con horror, a sus judíos. Así que era necesario convertir ese territorio en Judenfrei , ‘libre de judíos’, obligándolos simplemente a irse. Pero el procedimiento de emigración era muy engorroso: cada candidato debía presentar numerosa documentación oficial, referente a todos los aspectos de su vida, desde la salud hasta el pago de impuestos. Para simplificar el proceso, el 26 de agosto de 1938, el Reichskommissar Josef Bürckel, responsable de la reunificación de Austria y el Reich, crea la Oficina Central para la Emigración Judía. La dirección de la oficina estaría a cargo de Heydrich, y el encargado de organizarla sería Eichmann, que, por entonces, estaba bajo las órdenes de Stahlecker, inspector de la Gestapo y de la SD. Las instituciones de la comunidad judía podrían seguir funcionando normalmente siempre y cuando apoyasen la emigración. “Tuve la idea de una cinta transportadora”, explicó orgullosamente Eichmann durante su interrogatorio. “En un extremo se colocaba el primer documento, seguido de todos los siguientes, y en el otro extremo uno recibía el pasaporte, que caía en un canasto”. Una verdadera producción en cadena. El judío que entre en la Oficina de Emigración va perdiendo todo lo que tiene de ventanilla en ventanilla y, al final, recibe un pasaporte. Cosa suya será encontrar un país que lo reciba…

En Viena, Eichmann madura y también es probable que haya cambiado. Da muestras de sus dotes de organizador y profundiza su conocimiento de las organizaciones judías. Su éxito —en seis meses, unos cincuenta mil judíos, una cuarta parte de la colectividad en Austria, abandona el país— lo convierte en el especialista por antonomasia en temas judíos. Y en marzo de 1939, cuando los alemanes entran en Praga, Heydrich, naturalmente, le encomienda a Eichmann que repita allí el exitoso trabajo que hizo en Viena. Después llegará Berlín. Pero los tiempos cambian. Toda solución migratoria se vuelve inviable por el cierre de fronteras de los países que podrían haber acogido a los judíos.

Y se desata la guerra. La invasión de Polonia, su vertiginoso desmantelamiento. Una parte del territorio polaco pasa a ser soviético; la otra es anexada al Reich. Lo que queda es un Gobierno general, que pronto quedará a cargo de un incondicional de Hitler, el jurista Hans Frank. ¿Qué podía hacer el Reich con todos esos judíos que habían quedado en sus manos? En septiembre de 1939, Eichmann está presente en una importante reunión convocada por Heydrich, quien marca la diferencia entre “el objetivo final”, todavía distante, y el objetivo que debían cumplir de inmediato: básicamente, poner a todos los judíos en guetos. Al mismo tiempo, Eichmann y Stahlecker pergeñan una solución territorial: instalar a los judíos en una reserva, al sur de la ciudad polaca de Radom, en la región de Nisko. Hacia allí comienzan a deportar a algunos miles de judíos, sobre todo, desde Viena, Praga y Stettin. Pero a Hans Frank lo enfurecía que la Oficina Central de Seguridad del Reich, la RSHA, dispusiera de “su” territorio, así que el proyecto de Nisko, “un completo fiasco” según Arendt, fue abandonado en la primavera de 1940. Y los judíos que sobrevivieron a las duras condiciones de vida del lugar fueron repatriados.

Así fue como el proyecto de la “reserva” fue relegado por otro, que era iniciativa del ministro de Relaciones Exteriores, pero que a Eichmann lo entusiasmaba tanto que llegó a atribuirse su autoría: transferir a los judíos a Madagascar, después de la firma de un tratado de paz entre Alemania, Inglaterra y Francia. Ese proyecto también fue abandonado.

La renuncia definitiva a la idea de solucionar el problema judío por vía de la emigración —lograr un Reich Judenfrein , ‘limpio de judíos’, por salida voluntaria o forzada de sus habitantes judíos—, en beneficio de la “Solución final” —el exterminio sistemático de los judíos que estaban atrapados dentro de las fronteras de la nueva Europa hitleriana—, habría marcado un punto de inflexión en la carrera del Obersturmbannführer SS (teniente coronel de la SS), rango al que es ascendido Eichmann en noviembre de 1941 y que nunca superará. O, al menos, eso dijo Eichmann durante su juicio: que había dejado de ser un hombre con iniciativas que hacía un trabajo con el que estaba de acuerdo para pasar a ser un simple funcionario, “un pequeño engranaje”, como solía repetir, que obedecía órdenes a su pesar.

Nada menos cierto. En marzo de 1941, Eichmann fue nombrado al frente de la Oficina IV B4 de la RSHA, que se ocupaba de las evacuaciones y los asuntos judíos. En su carácter de jefe de esa oficina, participaba de importantes reuniones, en especial, la Conferencia de Wannsee del 20 de enero de 1942, cuya convocatoria y minuta redactó.

El 28 de abril de 1961, el juicio a Eichmann entra en una nueva fase: ya no se habla de emigración, sino de asesinato. Ese día, “el tribunal escucha el primer murmullo de los muertos sin voz”38 de boca de Ada Lichtman, primer testimonio sobre el exterminio de los judíos en Polonia. Su declaración introdujo una cesura en la estructura y la naturaleza mismas de los testimonios. Los testigos anteriores (exceptuando el muy simbólico caso de Grynzspan) se habían referido a Eichmann, sus historias tenían relación directa con él, y se apoyaban en numerosos documentos probatorios que habían sido incorporados a la causa. Pero con Ada Lichtman la función misma del testimonio cambia: el testigo ya no es requerido para dar prueba de la culpabilidad del acusado. Ella está ahí, como los que la siguen, para contar su historia, para recordar el nombre de los que murieron y la forma en que los asesinaron. “El horror se instaló inexorablemente”, señaló Jean-Marc Théolleyre el 3 de mayo de 1961 en el diario Le Monde . Además de Lichtman, muchos otros dan testimonio del horror. Del horror de los fusilamientos masivos que realizaban los Einzatzgruppen , que sintió Léon Weliczker Wells, convertido en eminente médico en Estados Unidos, a quien le encargaron, junto con otros cuarenta detenidos, el cavado de las fosas, la extracción de los cadáveres, el apilado de las piras, la quema de los cuerpos, el triturado de los huesos, la recuperación de todo objeto de valor que pudiera encontrarse aún entre las cenizas para borrar todos los rastros. Ante ese testimonio, el fiscal Hausner le hace a Weliczker Wells una pregunta, la misma que ya le había hecho a Jacob Gurfein39 y con la que insistirá varias veces a lo largo del proceso hasta rendirse: “¿Por qué no se resistió?”. Y, al igual que los otros, Weliczker Wells respondió:

Al principio, todavía teníamos a alguien que perder, todos teníamos familia y no queríamos causar su perdición. Lo que pasó después, en 1943, es que ya no teníamos apego por la vida, habíamos perdido a nuestras familias y lo único que podíamos esperar era una vida de torturas, y eso era más insoportable que la muerte. Ya no queríamos vivir 40 .

“¿Por qué no se rebelaron?”41, preguntará nuevamente el fiscal a otro testigo, el doctor Bejsky, convertido en juez de paz en Jerusalén y de cuyo testimonio se comentaría en los pasillos que representaba “el punto culminante, que elevaba el proceso a cimas inigualables”42. Imperturbable, en su relato, Bejsky intentó explicarse y explicar por qué no ofreció resistencia:

Para empezar, debo reconocer que hoy, diez años más tarde, yo tampoco puedo describirles ese sentimiento de terror. Hoy ya no siento ese miedo y no creo ser capaz de describir aquel terror escalofriante, que hacía perder todo poder de reacción. Por otra parte, siempre estaba la esperanza de que la guerra algún día terminaría. (…) Además, en caso de escapar, ¿escapar a dónde? Al lado nuestro había también un campo con mil polacos, que también eran ejecutados cada tanto. Ellos tenían a sus familias a pocos cientos de metros de ese campo, y, sin embargo, no recuerdo un solo caso de fuga de uno solo de esos polacos, que sí tenían adónde ir. ¿Dónde íbamos a ir nosotros, los judíos?

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