En paralelo a los preparativos del juicio, también se organiza su mediatización, operación en la que juega un rol crucial Teddy Kollek, jefe de gabinete de Ben-Gurión. El juicio tendría lugar en el Beit Ha’am, la Casa del Pueblo, en Jerusalén, un centro cultural que acababa de ser construido y que incluía una sala de espectáculos con capacidad para setecientas cincuenta personas. Hannah Arendt fustiga a quien “concibió un auditorio así, que debe haber tenido en mente un teatro, con su orquesta, sus palcos, su escenario y sus puertas laterales para la entrada de los actores”26. Tenía razón. Pero olvidó, sin embargo, que la sala donde se desarrollaría el proceso no estaba destinada a seguir siendo una sala de justicia, sino una verdadera sala de espectáculos.
A diferencia de la ciudad de Núremberg, ocupada en 1945 por los norteamericanos, Israel no tenía un palacio de justicia con capacidad para albergar al significativo número de personas que quería presenciar el juicio, y la sala de la Casa del Pueblo recuperaría su misión inicial no bien terminado el proceso. Actualmente, solo una placa conmemora que allí tuvo lugar aquel hecho judicial.
Se creó una comisión interministerial presidida por David Landor, director de la Oficina de Prensa del Gobierno, cuya función era mantener informado al ministro de Justicia de todo lo concerniente a eso que hoy llamaríamos “la comunicación”. Una segunda comisión, de la que también formaban parte David Landor y Teddy Kollek, tenía a su cargo la asignación de los lugares disponibles. Una pequeña cantidad se reservaba para los diplomáticos (cuarenta y cinco, en los palcos), para los representantes del Ministerio de Justicia, los sobrevivientes de cierta celebridad, como Simon Wiesenthal, los representantes de las asociaciones o centros de investigación, como la Biblioteca Wiener de Londres o el Centro de Documentación Judía Contemporánea de París, para diversas personalidades israelíes, juristas y para los delegados de países extranjeros, entre ellos, numerosos alemanes. En su gran mayoría (cuatrocientas cincuenta), las butacas situadas frente a la orquesta quedaron reservadas para los periodistas israelíes o extranjeros, a quienes se les asignaron veinticinco plazas más en los palcos. “Es la mayor concentración de periodistas que jamás se haya visto”, comentaba un asistente al primer día del proceso27; el doble que en Núremberg, estimaba Joseph Kessel: “Donde, sin embargo, pudimos ver en el banquillo de los criminales de guerra a Göring y Ribbentrop, al mariscal Keitel y a Kaltenbrunner, jefe de la Gestapo”28.
Es que el proceso a Eichmann es esa cita obligada a la que la flor y nata del periodismo y de los intelectuales quiere asistir. Hay algunos, como Joseph Kessel, que ya habían “cubierto Núremberg”, donde habían cumplido un rol, como el fiscal norteamericano Telford Taylor. Y otros que se habían perdido Núremberg: “Como comprenderá, tengo que cubrir este proceso, porque no pude asistir al juicio de Núremberg, nunca he visto en carne y hueso a esta gente y, probablemente, sea la última oportunidad que tenga”29, escribe Hannah Arendt. En el subsuelo, se instala una sala de prensa con teletipos, teléfonos y circuito cerrado de televisión. Todos los días, se reparte entre los periodistas una copia poligráfica en cuatro idiomas (hebreo, alemán, inglés y francés) con la minuta del proceso, así como un resumen de una docena de páginas en ídish 30. La Voz de Israel, la radio nacional, tiene el beneficio de poder grabar íntegramente el proceso judicial. El proceso será filmado en su totalidad.
Todos esos elementos —una idea política fuerte, un relato narrado de manera potente y original por los propios testigos, una mediatización bien pensada— hicieron de ese proceso un hecho fundacional y lo convirtieron, como lo señala Susan Sontag en 1964, en una de las obras de arte más interesantes y emocionantes de los últimos diez años, ya que se trataba, ante todo, de un gran acto de compromiso a través de la memoria y de la reactualización del duelo, por más que se hubiera revestido de las formas del procedimiento jurídico y de la objetividad científica31. Algunos sentirán que esa afirmación, justamente, carece de objetividad. De hecho, durante y después del proceso, hubo muchas opiniones críticas, sobre todo, en cuanto al rol y la persona del fiscal Hausner.
Los preparativos duraron casi un año. Además de la recolección de documentos y selección de testigos, implicaron un largo interrogatorio a Eichmann a cargo de Avner Less: doscientas setenta y cinco horas íntegramente grabadas en magnetófono, seis volúmenes de transcripciones por un total de tres mil quinientas sesenta y cuatro páginas, cada una de ellas corregida y refrendada con su firma por el propio acusado. A eso hay que sumarle una memoria personal redactada por Eichmann a pedido de Less, que cuenta con ciento veintisiete páginas. El juicio debía iniciarse el 11 de abril de 1961 en la Casa del Pueblo de Jerusalén, que acababa de ser terminada y transformada en una ciudadela que los hierosolimitanos apodaron Eichmanngrad .
Algunos elementos sobre el desarrollo del proceso
Llega la tan esperada apertura. El ujier grita: “¡De pie!”. Eichmann se levanta de su silla, y, por la puerta lateral del estrado, ingresan los miembros del tribunal del distrito de Jerusalén —el juez Landau y sus asesores, Benjamin Halévy e Isaac Raveh—, el procurador Gideon Hausner y sus fiscales adjuntos, Jacob Robinson, Gabriel Bach y Jacob Baror.
Los tres jueces son yeke , como se denomina a los judíos alemanes. Los tres eran cincuentones, habían estudiado Derecho en Alemania y habían emigrado a Palestina antes del inicio de la guerra. Hannah Arendt no repara en elogios hacia esos hombres que provienen del mismo mundo que ella. En una carta a Karl Jaspers, Arendt describe a Landau “de rostro muy blanco e incisivo”32, como “¡un hombre extraordinario!, modesto, inteligente, muy abierto (…). Lo mejor del judaísmo alemán”33, el mismo al que pertenece ella. Arendt señala que, “en ningún momento”, el comportamiento de los jueces es “teatral. Sus movimientos no son para nada estudiados. La atención, sobria pero intensa, que le dedican al proceso es natural, visiblemente tensa cuando escuchan relatos de sufrimiento”34.
Gideon Hausner, para con quien Arendt no tiene palabras demasiado duras, pertenece a la misma generación que los jueces. Había nacido en 1915 en la entonces Lwow, en la región de Galitzia, actualmente Leópolis, Ucrania. Hausner había llegado a Palestina precozmente, en 1927, donde estudió Derecho y Filosofía. En mayo de 1960, al momento de la captura de Eichmann, acababa de ser nombrado procurador general. A pesar de sus múltiples tareas, Hausner decidió encabezar personalmente la acusación contra Eichmann. Su fiscal adjunto, Gabriel Bach, el benjamín del equipo, un abogado de unos treinta años, había estudiado Derecho en Gran Bretaña y acompañó todo el trabajo de la Unidad 06. El otro fiscal, Jacob Baror, procurador de Tel Aviv, tenía cuarenta y cinco años. Dos fiscales más se sumaron al equipo: el procurador general adjunto, Tvi Terlo, y Jacob Robinson, el mayor de todos, que no hizo uso de la palabra durante el proceso. Robinson era la conexión con Núremberg, donde había sido uno de los adjuntos del fiscal norteamericano Jackson. Experto en Derecho Internacional, era consejero de la delegación israelí ante Naciones Unidas. Al “formidable Dr. Robinson” (Arendt) le debemos la primera respuesta con argumentos al libro de Arendt, con un meticuloso relevamiento de cada error que contenía y que la filósofa luego corregiría en la segunda edición de su obra35.
Los intereses de Eichmann son representados por el abogado alemán Servatius, que, en Núremberg, había defendido al organizador de los trabajos forzados, Fritz Sauckel. Todos los observadores concuerdan en que había defendido a su cliente con inteligencia.
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