Al juez Landau le toca la tarea de desgranar uno a uno los quince cargos de la acusación36. A continuación, como ocurre en tantos procesos, viene una larga batalla procedimental que dura una semana entera. El 17 de abril, el juicio está en condiciones de comenzar, con la pregunta ritual que rige todo proceso bajo derecho anglosajón: “¿Se declara usted culpable o no culpable del primer cargo?”, inquiere Landau, presidente del tribunal. A las quince preguntas, por cada una de las imputaciones, Eichmann responde con la misma fórmula utilizada por algunos de los acusados de Núremberg: “No culpable en el sentido de la acusación”. Es la primera vez que la voz de Eichmann se escucha en la sala.
Gideon Hausner se puso, entonces, de pie para pronunciar un largo alegato de apertura que quedó grabado en la memoria de los israelíes contemporáneos de aquel proceso:
Jueces de Israel, a la hora de pararme frente a ustedes para introducir la acusación, no estoy solo. A mi lado, en estas horas, en esta hora, en este lugar, se levantan seis millones de acusadores. Pero ellos no pueden pararse sobre sus propios pies ni señalar con dedo acusador al hombre sentado en su celda de vidrio, ni pueden gritar “ ¡Yo acuso! ”, pues sus cenizas están amontonadas en las colinas de Auschwitz, dispersas en los campos de Treblinka y los ríos de Polonia, y sus tumbas están diseminadas a lo largo de los caminos de toda Europa. Su sangre clama, pero sus voces no pueden ser oídas. Tomaré entonces la palabra en nombre de ellos y desarrollaré la más inaudita de las acusaciones.
Y así, a lo largo de diez horas, Hausner relata, en once capítulos, la tragedia de los judíos entre 1933 y 1945, en Alemania y en todos los países caídos bajo su dominio. Le atribuye a Eichmann un rol central y lo describe en términos que Hannah Arendt habría podido apreciar: un burócrata asesino, que mataba con una palabra, con una firma, con un llamado telefónico. Para Hausner, en esas primeras instancias del proceso, Eichmann era, por lo tanto, “un criminal de escritorio”, aunque también habría matado con sus propias manos a un niño judío de Budapest, que había querido robar cerezas de su jardín. Solo sobre el final del juicio, cuando Hausner solicita la pena de muerte, el Eichmann que asesinaba dando órdenes desde su escritorio se convierte en “una bestia sedienta de sangre”.
Hausner insiste sobre el silencio del mundo, sobre el hecho de que el exterminio judío no estaba ligado a ningún acto de guerra. Al detallar el rol que había cumplido Eichmann, Hausner pasa revista a la persecución de los judíos en toda Europa y rinde homenaje a los países que habían protegido o intentado proteger a sus judíos, como Dinamarca, los Países Bajos y Suecia. Se detiene, particularmente, en el caso de Hungría. Luego evoca los centros de exterminio, las atrocidades en Chelmno y Belzec, la fábrica de muerte de Auschwitz. Así dejó trazado Hausner su plan para el proceso. A partir de entonces, se sucederían los testigos y las presentaciones de pruebas documentales, según un orden y lógica preestablecidos. Nada parece librado al azar. Y arranca con el cuadro de la vida judía que había sido devorada por la Catástrofe —significado literal de Shoá en hebreo—, descrito al detalle por el gran historiador Salo Baron, titular de la primera cátedra de Historia Judía en Estados Unidos37.
Los primeros testigos son los de antes de la Catástrofe. Están ahí para relatar la persecución desde 1933, fecha del ascenso de Hitler al poder, hasta el desencadenamiento de la guerra en Alemania, en Austria después de su Anschluss —su ‘anexión’—, en Checoslovaquia después de su desarticulación como consecuencia de los Acuerdos de Múnich.
¿Cuál había sido el rol de Eichmann en la primera persecución de los judíos en Alemania, la que comenzó con la llegada de Hitler al poder?
Tras perder su trabajo el Día de Pentecostés de 1933, Eichmann recurre a Ernst Kaltenbrunner, quien le aconseja que vaya a Alemania a enrolarse en la flamante brigada de la SS conformada por austríacos. Y es lo que Eichmann hace. Pasa por varios puestos en la SS, antes de ofrecerse como voluntario en el Sicherheitsdienst (SD), el servicio de inteligencia y seguridad de la SS, dirigido por Reinhard Heydrich. El 1 de octubre de 1934, es nombrado sargento y trabaja en el cuartel general de la SD en Berlín, en el número 102 de la Wilhelmstrasse. El SD era una unidad pequeña, encargada de espiar y vigilar a ciertos círculos, como los francmasones, y de elaborar una política antisemita. Y es cuando está estudiando a los francmasones que Eichmann llama la atención de un personaje que, según él, lo formaría. Edler von Mildenstein era un apasionado de la temática judía y sionista, había viajado por las colonias judías de Palestina y dirigía un pequeño servicio encargado de informar sobre los círculos judíos. El documental israelí The Flat (2011), de Arnon Goldfinger, devela los íntimos lazos que mantenían antes, pero también después de la guerra, sus abuelos maternos judío-alemanes, los Tuchler, que se instalaron en Palestina después de la llegada de Hitler al poder, con los Von Mildenstein. En 1933, ambas parejas realizaron juntas su primera visita a Palestina, ya que una posible “solución al problema judío” en Alemania habría sido expulsar a todos los judíos del país.
Los dominios a cargo de Eichmann incluyen la Organización Sionista Mundial, el neosionismo y la ortodoxia. El agente Eichmann pone gran interés en su trabajo: aprende rudimentos de ídish y de hebreo, lee El Estado judío , de Theodor Herzl, entre otras obras, redacta un manual sobre cuestiones sionistas y expone sobre el tema frente a los comandantes de la SS. En 1936, es nombrado Oberscharführer , el segundo rango más alto entre los suboficiales, y, en 1937, es ascendido al rango de oficial de la SS. Ese mismo año, viaja a Palestina con su superior jerárquico, Herbert Hagen: son autorizados a desembarcar en Haifapor apenas veinticuatro horas.
El trabajo de Eichmann en Berlín entre 1934 y 1938 es una típica labor de inteligencia que lo pone en contacto con los dirigentes de organizaciones judías, sobre todo, sionistas. Había sido muy difícil encontrar testigos de esa primera etapa de Eichmann, que duró hasta el inicio de la guerra. El primero en comparecer fue Benno Cohn, a quien se había pedido que identificara a Eichmann cuando llegó a Israel. Cohn había logrado emigrar a Palestina en marzo de 1939 y pertenecía al primer grupo de testigos, los de antes de la Catástrofe, señalaba el escritor y poeta israelí Haïm Gouri. Aaron Lindenstrauss, otro miembro de la Organización Sionista de Berlín y emigrado a Palestina en 1939, también había tenido contacto directo con Eichmann, al igual que el testigo siguiente, Franz Meyer. Ellos estaban entre los dirigentes sionistas convocados por Eichmann en Viena y dieron testimonio de lo que fueron esos encuentros.
El testimonio del viejo militante sionista Franz Meyer, que sucedió a Fleischmann en el estrado, fue particularmente interesante porque vinculó las actividades de Eichmann en Berlín con las del propio Meyer en Viena. Durante todos esos años, que van del ascenso del nazismo al poder hasta el momento en que Franz Meyer logra emigrar a Palestina, mantuvo contactos con los diferentes funcionarios de la Gestapo que vigilaban a los círculos judíos y asistían a sus reuniones. El propio Meyer fue convocado al palacio de la calle Prinz Eugenstrasse, donde conoció a muchas otras personas cuyos nombres ya había olvidado. Allí conoció a Eichmann, a quien vio en numerosas ocasiones a partir de 1936 y 1937. A juzgar por el testimonio de Meyer, la actitud de Eichmann cambió radicalmente en 1938, después del pogromo conocido como La Noche de los Cristales. De ser un funcionario relativamente correcto Eichmann mutó a un “hombre que daba el aspecto de un señor con poder sobre la vida y la muerte, ¡que nos recibía con una arrogancia, con una vulgaridad! Nos hacía quedar parados. ¡Ni nos dejaba acercarnos a su escritorio!”.
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