… en el transcurso del verano de 1941, dice el veredicto, se establecieron los planes para la “Solución final” del problema judío en Europa. Esa “Solución final” significaba el exterminio de los judíos que, según había predicho Hitler a principios de 1939, sería una de las consecuencias de la guerra. A esos fines, se creó una sección especial de la Gestapo bajo las órdenes de Adolf Eichmann, jefe de la sección 4B de dicha fuerza policial 9 .
En la época en que Eichmann fue capturado en la Argentina, todavía se sabía poco sobre la “Solución final”. Hay que hacer un esfuerzo especial para situarse mentalmente en los últimos años de la década de 1950, cuando solo unos pocos pioneros —Léon Poliakov, Raul Hilberg, H. G. Adler y Gerald Reitlinger— escribían la historia de un hecho que todavía no tenía nombre para el gran público. En sus libros, sí aparece el nombre de Eichmann. Para entonces, ya se habían realizado numerosos juicios, según las leyes de los países donde se habían cometido los crímenes o frente a tribunales militares de los Aliados, en la Unión Soviética, en las zonas de ocupación británica, norteamericana, francesa y en muchos otros países. En noviembre de 1945, frente a un tribunal internacional reunido en Núremberg, se inició el enjuiciamiento de los grandes dignatarios nazis, seguido de otros doce juicios. Pero, si bien esas jurisdicciones abordaron la aniquilación de los judíos, no terminaron de aislarlo como un fenómeno aparte de los crímenes generales del nazismo. Y cuando la década de 1940 llegó a su fin, también terminaron esos procesos. Eichmann dejó de ser objeto de atención, excepto para algunos “cazadores de nazis”, cuyo representante más conspicuo era Simon Wiesenthal10.
Hoy sabemos mucho más de Eichmann, sobre todo, gracias a la biografía que le consagró David Cesarani11 y a la obra ya mencionada de Bettina Stangneth. Pero, en el momento en que fue arrestado, lo conocíamos mucho menos. Eichmann había nacido en 1906 en la ciudad renana de Solingen, Alemania, pero, en 1914, su familia se instaló en Linz, en la Alta Austria. Creció en un entorno familiar Völkisch , vale decir, una mentalidad conservadora, nacionalista, pero sin militancia ni fanatismos. Adolf Eichmann recibió una educación escolar mediocre: escuela primaria en Linz, secundario técnico, Instituto Federal Superior de Electrotecnia, Mecánica y Construcción. El Día de Pentecostés de 1933, lo despidieron por razones económicas de su primer trabajo, como representante de la petrolera norteamericana Vacuum Oil Company. Ya se ha hurgado vanamente hasta el cansancio en la infancia y juventud de Adolf Eichmann en busca de algún dato que ayude a comprender su rol en la destrucción de los judíos.
Un día de 1932, en una cantina de Linz, Eichmann asiste a una reunión del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP). Allí se encuentra con el hijo de un amigo de su padre, Ernst Kaltenbrunner, líder del nacionalsocialismo de la ciudad, que lo invita a unirse al partido12. Un currículum vítae escrito por Eichmann deja constancia de que se unió al partido (n.° 899895) y prestó juramento a la SS el 1 de abril de 1932 (n.° 45326). Tenía treinta y seis años.
Tras la capitulación alemana, Eichmann se esconde en el interior del país y se ocupa de borrar minuciosamente todos sus rastros como preparativo para su escape a la Argentina, donde se instala en 1950 bajo el nombre de Ricardo Klement13. Dos años más tarde, se reúnen con él su esposa y sus tres hijos, que, en la Argentina, seguirán usando el apellido Eichmann. A partir de ese momento, los servicios secretos de la flamante República Federal de Alemania (RFA) conocen el paradero exacto de Adolf Eichman, lo que no significa que tengan la intención de tomar acciones contra él. En 1955, nace Ricardo Francisco, el cuarto hijo de Eichmann.
En su nuevo país de residencia, Eichmann frecuenta los círculos de los antiguos nazis, que estaban convencidos de que pronto regresarían al poder en Alemania. En su libro, Bettina Stangneth reconstruye en detalle la vida de Ricardo Klement en la Argentina, sobre todo, a partir del hallazgo y análisis de sus múltiples escritos dispersos por el mundo y de los setenta y tres registros de audio de las entrevistas que le concedió al nazi holandés Willem Sassen. Allí Eichmann se revela como un antisemita furibundo, un hombre de acción, dinámico y ambicioso, un fanfarrón que se jactaba de su trabajo en pos de la erradicación de los judíos de Europa, y cuyo único remordimiento era no haberlo consumado.
Fue por azar que el procurador general alemán, Fritz Bauer, se topó con la pista de Eichmann. Lothar Hermann, un socialista sobreviviente del campo de concentración de Dachau, había emigrado a la Argentina junto con su hija Sylvia. Fue Sylvia la que conoció allí a uno de los hijos de Eichmann y se lo presentó a su padre, que así descubrió la verdadera identidad de Ricardo Klement. Y Hermann le escribió al fiscal Bauer.
Socialista y desplazado por el régimen nazi de su cargo de juez, por ser judío, Fritz Bauer había abandonado Alemania tras pasar nueve meses en un campo de concentración. Estuvo un tiempo en Dinamarca y luego en Alemania. Tras la promulgación de la Constitución de la República Federal de Alemania (1949), Bauer decidió volver a su país y consagrarse a buscar castigo para los criminales del nazismo. En Alemania, su rol es bien conocido, como lo testimonia el importante instituto de investigaciones creado en 1995 en Fráncfort del Meno y que lleva su nombre. (Ronny Loewy, a quien está dedicado este libro, fue director del programa de Cine del Holocausto, en el seno de dicho instituto14). En Francia, su nombre y su labor recién se conocieron en 2014, gracias a la película La conspiración del silencio , de Giulio Ricciarelli. Entonces, Fritz Bauer decidió avisarle a Israel, porque sabía que, si presentaba un pedido de extradición ante la Argentina, Eichmann se enteraría de inmediato: en ese momento, la burocracia alemana y, sobre todo, el Ministerio de Relaciones Exteriores estaban plagados de funcionarios exnazis.
Durante más de dos años, las pesquisas del Mossad para localizar a Eichmann se habían caracterizado por una seguidilla de torpezas, mala suerte y de fracasos que revelaban falta de seriedad y poca voluntad política para encontrarlo. Porque lo cierto es que el Estado de Israel quería dar vuelta la página y nunca se interesó en la búsqueda de los antiguos nazis. A fines de 1959, Fritz Bauer viaja a Israel para convencer personalmente a Haïm Cohen, ex ministro de Justicia y asesor legal del Gobierno, de la importancia de enjuiciar a Eichmann. Durante una reunión que mantienen Fritz Bauer, Haïm Cohen, Isser Harel, jefe del Mossad, y uno de los espías, Zvi Aharoni, se toma la decisión de que este último viaje a Buenos Aires para, por fin, ocuparse seriamente de Eichmann. Quienes participaron de la captura y secuestro de Eichmann, el 11 de mayo de 1960, ya han relatado el desarrollo de los hechos en numerosos libros y documentales15.
La decisión de secuestrar a Eichmann para juzgarlo en Israel solo podía ser política y no habría podido tomarse sin el aval del jefe de Gobierno, Ben-Gurión. Es legítimo preguntarse el porqué de una decisión semejante. En los escritos de los políticos israelíes y de los involucrados en el proceso, los efectos y las expectativas, a veces, parecen mezclarse. ¿Sería acaso para “recordarle a la opinión pública mundial quiénes son los que planean la destrucción de Israel y quiénes son sus cómplices, conscientes o inconscientes”, como escribe Ben-Gurión16? ¿O para contrastar el heroísmo de los israelíes actuales con la supuesta pasividad de sus mayores? ¿Avergonzar al mundo por haber abandonado a los judíos a su suerte e incentivar a las grandes potencias a dar su apoyo al flamante Estado de Israel? ¿Reducir cierta brecha generacional o entre israelíes de diferentes orígenes? En pocas palabras, crear un relato nacional que fuese común al conjunto de los israelíes: “Uno de los verdaderos grandes momentos de la unificación fue la captura y el proceso de Adolf Eichmann”17.
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