Como lo señalan los extractos de prensa antes citados, la mayoría de los periodistas no asistieron más que al principio del proceso y de la defensa de Eichmann, y escapaban de las audiencias ordinarias. Por el contrario, los corresponsales de Le Monde , de Libération , de Témoignage chrétien ( TC ), de The Guardian y del Times siguieron las audiencias día a día. Pottecher65, Gouri y Kessel66 publicaron sus crónicas en forma de libro. Las que solo aparecieron en la prensa quedaron en la sombra o en el olvido, incluso cuando se cumplieron cincuenta años del juicio, y representan un filón mayormente inexplotado. Por su brevedad, el presente artículo no pretende ser exhaustivo ni sistemático y se limita esencialmente a la prensa en inglés y en francés67.
Esas diferentes crónicas condenan el antisemitismo y el nazismo, concuerdan sobre la legitimidad del proceso y los derechos de la defensa. Esa relativa coincidencia contrasta con la prensa egipcia, que refuta drásticamente la legitimidad de Israel y del juicio en sí68, o con la prensa de los países comunistas: el diario soviético Pravda denuncia el juicio como una farsa burguesa y un trapicheo político (28 de abril de 1961), mientras que el diario húngaro Nepszabadsag critica ferozmente a Israel por la generosidad y la clemencia con la que tratan a Eichmann, en comparación con el salario promedio que recibía un obrero israelí (2 de mayo de 1961).
Desde la perspectiva de una mirada contemporánea, esa cobertura de prensa fue de una enorme perspicacia. La mayoría de los asuntos que fueron tema de debate e investigación fueron extensamente tratados y recordados: la opción entre jurisdicción nacional e internacional, el equilibrio entre la acusación y la defensa, el lugar de los documentos y los testimonios, el de los testigos víctimas, las relaciones entre justicia e historia, entre derecho y (geo)política, el rol social, político y pedagógico de los procesos de excepción. Por una parte, muchos periodistas insistieron sobre la insignificancia de un acusado frente a la inmensidad de sus crímenes, sobre lo absurdo de la justicia penal frente a ese tipo de criminales. Por otra parte, los debates que se suscitaron en aquella época sobre la condena a muerte de Eichmann fueron mucho más ricos que los casi inexistentes sobre las penas adecuadas en los tribunales penales internacionales y la Corte Penal Internacional. Incluso se abordaron otros temas, como el rol de antisemitismo en el nazismo, el surgimiento del “criminal de escritorio”, la singularidad del crimen o su comparabilidad, la dificultad de reconciliar la historia de los verdugos con la de sus víctimas, el papel que jugaron los consejos judíos y su colaboración con los nazis.
¿Esas crónicas periodísticas le aportan al caso una luz diferente de la del enfoque jurídico, histórico o documental? Así es, por la forma en la que el criminal es percibido desde el anuncio de su captura. Paris Presse titula “La bestia está encadenada” (25 de mayo de 1960); The Guardian y Libération hablan de un “criminal sanguinario”, “el más abominable” de todos (24 y 25 de mayo de 1960). Por su parte, en L’Express , Jean Cau critica esa idea de monstruosidad: para él, Eichmann sería la expresión de la racionalidad de un sistema (2 de junio de 1960). En Reforme , Pierre Boissier ve en Eichmann no una anomalía, sino la manifestación de un sistema legal y político, en perfecta adecuación con el orden social, que mataba a los judíos como moscas y con total tranquilidad de conciencia (2 de junio de 1960). The Guardian resalta la tierna apariencia de Eichmann, que le permitió fugarse y pasar desapercibido en la posguerra (8 de junio de 1960). Días antes del inicio del proceso, el tono es el mismo: La Gazette de Lausanne habla de un meticuloso funcionario del exterminio (6 de abril de 1961); Le Monde lo describe como un pequeño burgués, buen esposo y padre de familia, un “técnico de la Solución final” (8 de abril de 1961), y, en L’Express , Badinter habla de un ingeniero infatigable que obedecía y ejecutaba órdenes dentro de una visión jerárquica (6 de abril de 1961).
Con el inicio del juicio, el 11 de abril de 1961, la temática del “ingeniero de la muerte (…) fabricado por un régimen” (Maurice Bitter, Combat , 11 de abril) es implantada explícitamente sobre aquella descripción física de un “hombrecito enclenque y deslucido” ( The New York Times , 11 de abril), que es la percepción dominante, por más que Madeleine Jacob vea en sus ojos el fulgor de las cámaras de gas ( Libération , 13 de abril). Ni un Nerón, ni un Nabucodonosor, ni un superhombre: Eichmann se revela como “un monigote colosal” ( Témoignage Chrétien , 21 de julio), que se diferencia “de los grandes villanos de la historia o la leyenda” para encarnar “a un nuevo asesino: el burócrata asesino”, que no ejerce la violencia directamente por mano propia ( Journal de Genève , 14 de abril; Le Figaro , 19 de abril). Ese nuevo tipo de asesino se caracteriza por su mediocridad, su normalidad y sus virtudes sociales: hombres “muy comunes, burgueses normales, metódicos, con todas las virtudes comúnmente elogiadas en nuestra sociedad: devoción al trabajo, regularidad, puntualidad, obediencia” ( Journal de Genève , 14 de abril). En su edición del 11 de abril, Stuttgarter Zeitung invita a los alemanes a reflexionar sobre las circunstancias que hicieron que seres normales se convirtieran en asesinos, y Eichmann es el prototipo “del hombre corriente, del burócrata de pocas luces, (…), una persona sin existencia propia que siempre estuvo al servicio de la autoridad” (reproducido por Chronique étrangère el 20 de mayo).
¿Qué significa esa normalidad? Al comparar a la República Federal de Alemania con la República Democrática Alemana (RDA), L’Humanité la relaciona con la primera, simbolizada por la presencia de Hans Globke en el gabinete del canciller Adenauer (16 de diciembre de 1961). En un sentido más amplio, esa normalidad sería una expresión de la modernidad, en la que Eichmann es el paradigma del hombre sin atributos, anónimo, intercambiable. Edmond Beaujon se preguntaba si el juicio a un hombre, a un régimen político, no era el juicio al alma moderna en sus aspectos más temibles, a la fragmentación, la abstracción, la esquizofrenia propias de ese hombre que llamaban normal ( Journal de Genève , 14 de abril de 1961). Según Beaujon, Eichmann es el hombre de la burocracia del que ya había teorizado Max Weber en Economía y sociedad , vale decir, de un funcionamiento deshumanizado “que logra eliminar por completo el amor y el odio de toda actuación oficial, mientras que todo lo puramente personal, irracional y emocional escapa a ese cálculo”. Es el triunfo de una racionalidad calculadora y abstracta, exacta y previsora: “Eichmann era un excelente contable, y poco importa que lo que contabilizaba fuesen muertos desde el momento en que realmente se hace abstracción de la cosa contabilizada, o sea la vida humana. Solo se cuenta bien en la abstracción”.
El burócrata es, por lo tanto, “un ser heterónomo por excelencia, a quien se le ha retirado su autonomía desde la infancia, y cuyo criterio de valor moral depende de su sumisión al grupo”. El burócrata simboliza “la inexistencia personal y la compartimentación del pensamiento. ¿Por qué las virtudes de ese funcionario perfecto conducen al crimen? Porque son virtudes confinadas, que carecen de la capacidad de ingresar en un campo de visión que les permitiría comunicarse con el conjunto de las cosas”. Hasta Madeleine Jacob, que, con una escritura más emotiva, expresa su disgusto por “la bestia malhechora”, considera que “la marca distintiva de ese personaje congelado dentro de su caja y obtuso de mente es la imbecilidad” ( Libération , 19 de abril de 1961).
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