Sylvie Lindeperg - El momento Eichmann

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En 1960, el criminal nazi Adolf Eichmann, uno de los arquitectos de la «Solución final» que dio origen al plan del exterminio en masa del pueblo judío, fue descubierto en Argentina y llevado a Israel para ser enjuiciado. Este famoso juicio, que se hizo con Eichmann dentro de una jaula de vidrios blindados, impactó mundialmente porque: -Fue contado por la prensa, la radio y la televisión. -Se presentaron públicamente los crudos relatos de los testigos vivos del horror. -Expuso a nivel internacional la magnitud del Holocausto. -Finalizó con la sentencia de muerte de Eichmann en la horca. Este libro analiza por primera vez el proceso del juicio con su correspondiente cobertura mediática mundial. Un hecho hasta ese entonces sin precedentes, que convierte a esta causa en un evento fundador. Este es
El momento Eichmann, que marcó un antes y un después en la historia de la humanidad.

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La construcción de la acusación

La distancia tomada hacia el Eichmann judicial no implica, sin embargo, una adhesión al punto de vista de la acusación “que, al convertir a Eichmann en símbolo de todo el sistema de persecución nazi contra el pueblo judío, en un símbolo tanto de actividad como de pasividad (…), no hace más que cumplir su rol” (Théolleyre, Le Monde , 13 de mayo de 1961). Las diversas maneras de ver a Eichmann tienen su réplica en la forma en que es descrito Hausner: sobrio, sin demagogia ni grandilocuencia según Pottecher70, confuso, demasiado cargado, insulso y aburrido según Théolleyre ( Le Monde , 14 de abril). Para Gouri, en el contrainterrogatorio a Eichmann, a Hausner se lo ve torpe y lento frente a las escapatorias del acusado, mientras que, para Scemama, demuestra un empeño y una constancia admirables para atrapar a Eichmann en sus redes ( Le Monde , 18 de julio).

Todos parecen estar de acuerdo, por el contrario, en cuanto al vínculo difuso o inexistente entre el acusado y muchos elementos del acta de acusación, por un lado, y entre el acusado y algunos de los testimonios, por el otro, lo que da lugar a numerosos llamados al orden de los jueces. Incluso en el seno del propio Gobierno de Ben-Gurión, habían surgido críticas por la ampliación de cargos contra Eichmann ( The New York Times , 22 de julio). Mientras que Arendt y Mulisch se indignan por la utilización injusta, por no decir inhumana, del juicio de un hombre con el objeto de escribir la historia71, Théolleyre “comprende, sin embargo, que la acusación tuvo que citar a esos testigos en el marco de un proceso que se pretendía histórico para el Estado de Israel”: “Hausner y sus asistentes lograron su objetivo: en primer lugar, que los jóvenes de Israel se interesaran por un sufrimiento que nunca conocieron (…). Y a continuación mostrarles todo aquello que había hecho posible ese sufrimiento” ( Le Monde , 5 y 13 de mayo).

Se toma conciencia de que Eichmann ya no es “la figura central del juicio, sino la masa de las víctimas” ( Témoignage Chrétien , 14 de julio de 1961). Frente a esos relatos que “exceden los límites de lo imaginable”, la dificultad de los cronistas está en escuchar y elegir entre las historias de los sobrevivientes, cuyos testimonios son “alucinantes”, como el de Léon Weliczker Wells cuando tuvo que buscar su propio cadáver72 ( Le Monde , 4 de mayo) o el de los atroces dilemas que les planteaban los nazis: las “tarjetas de vida” permitían salvar a dos personas por familia, así que el jefe de familia se veía obligado a elegir a quién sacrificar ( Libération , 5 de mayo). Del mismo modo, la obligación de llenar los trenes convertía el suicidio —que dejaba una vacante— en un “dilema de conciencia, ya que, al intentar escapar a su propia suerte, uno no hacía más que precipitar la de otro” ( Le Figaro , 10 de mayo).

Algunos periodistas señalaron la emoción que embargaba a los presentes en la sala, cuando el relato de Georges Wellers sobre los niños de Drancy “hizo llorar hasta al intérprete a cargo de la traducción” ( Le Monde , 11 de mayo de 1961). El verdadero acontecimiento ocurre en la platea, donde los periodistas van siendo paulatinamente reemplazados por los israelíes, “en una sala llena que escucha, tensa, cansada de que la hagan callar” ( Le Monde , 4 de mayo). Debemos a Gouri comentarios de notable agudeza sobre la transformación de la audiencia y la toma de conciencia en la sociedad israelí sobre la existencia de los sobrevivientes de los campos, todos esos que no conservaban de sus familias más que una vieja foto amarillenta. Théolleyre presta, igualmente, atención a las diferencias sociales entre los testigos resistentes que viven en los kibutzim y los “sobrevivientes a pesar de ellos mismos” que han retomado vidas urbanas y burguesas ( Le Monde , 5 de mayo).

Las crónicas también se ajustan a las estratificaciones sociales y a las tensiones políticas del interior de los guetos. Así, “los judíos alemanes de vieja cepa, imbuidos de su superioridad sobre sus correligionarios de otros países (…), torturados por una hambruna atroz (…), se abalanzaban sobre cualquier basura mientras se trataban mutuamente de Herr Doktor y Herr Professor (Scemama, Le Monde , 14 de mayo de 1961). Los aspectos más trágicos quedan expuestos a través del relato de Abba Kovner. Wittenberg era el jefe de la resistencia del gueto de Vilna: los nazis exigían su rendición, amenazando, de no conseguirla, con liquidar a la población; los judíos le rogaron que se entregara, algo que finalmente hizo, tras entregarle a Abba Kovner su revólver ( Le Monde , 6 de mayo). En cuanto al rol de los consejos judíos, es un tema abordado a través de los testigos y del juez Halévy, “obsesionado por esa colaboración de algunas víctimas con sus verdugos, que a todas luces reprueba y que intenta vanamente comprender” (Théolleyre, Le Monde , 12 de mayo). La prensa en su conjunto prefiere no sumar culpa a la culpa y habla de “ayuda forzada” ( The New York Times , 10 de abril) o informa de un “incidente que estalló como un barril de pólvora, con toda la sala de pie para escuchar a un hombre que gritó en húngaro: ‘¡Ustedes ayudaron a los alemanes! ¡Mi familia fue aniquilada por su culpa! ¡Ustedes salvaron a sus amigos!’” (Scemama, Le Monde , 26 y 27 de mayo).

La crónica judicial como género filosófico

Habría que meterse en el detalle de los textos y de las audiencias para afinar el análisis, precisar los registros, las elecciones de escritura, más o menos subjetiva o explicativa, elocuente o sobria, emotiva o imparcial, empática o irónica. Habría que seguir el recorrido de los cronistas y las variaciones de su mirada en función de sus pasados, ya sea en la resistencia, como en el caso de Kessel, de deportados, como Théolleyre, o también de su relación personal con el judaísmo y con Israel. Sin hacer plena justicia a su riqueza, podemos, sin embargo, subrayar que esas crónicas pertenecen a un mismo género, al que teorizan de manera más o menos explícita. Con su relato de las audiencias a lo largo de los días, la especificidad de esas crónicas es la de esclarecer la constitución de las apariencias judiciales. ¿Qué quiere decir?

Para empezar, las crónicas dan cuenta de la diversidad de perspectivas sobre el proceso, adoptando el registro (geo)político, sociológico, histórico o jurídico, a los que conjuga o enfrenta. Esas crónicas echan luz sobre la pluralidad de las partes, sobre la acusación y sus múltiples testigos, la defensa, los jueces y, aún más allá, sobre todos esos actores secundarios sin los que el proceso no habría tenido lugar, como los guardias y los traductores. Pluralidad de puntos de vista, pero no cacofonía: los fenómenos judiciales tienen sus reglas explícitas e implícitas. Las crónicas del fuero penal explican las categorías y procedimientos que delimitan y estructuran la presentación de los cargos, las pruebas y el desarrollo de las audiencias. Describen, por añadidura, las reglas implícitas de la puesta en escena judicial, con sus roles, sus suspensos, sus tensiones dramáticas y sus rituales. Tanto Hausner cumple con su papel cuando agiganta y ensombrece el retrato del acusado como lo hace Servatius cuando lo minimiza y adulzora, con ayuda de Eichmann.

Más específicamente, las crónicas expresan subjetividades perceptivas y emocionales: fechadas y firmadas, reemplazan al autor en un lugar, una platea, una atmósfera. A diferencia de los historiadores, de los juristas o de los investigadores, los cronistas expresan y descifran sus afectos y los del público presente. A veces, la emoción embarga a la platea por el relato de las víctimas. Las crónicas son también más indirectas, moldeadas por nuestras esperanzas y nuestras decepciones. Eichmann parece, entonces, más mediocre de lo que se esperaba de un Nerón o de un monstruo de Odilon Redon. Pero todas las pruebas lo demuestran: “Nunca se juzga a Satán” (Joffroy). Hay muchos Eichmann: el de los historiadores, el de la acusación, ese más complejo, el de la defensa. Y también están los efectos que tiene sobre el público: “insoportable”, “ridículo”. Esos calificativos hablan menos de Eichmann que de las emociones de una audiencia que, harta de tantas vueltas y tergiversaciones, espera en vano que Eichmann se arrepienta o se quiebre (Kessel, Gouri). La emoción también es tema del juicio, esa emoción anglosajona que prevalece en Jerusalén, “fría, objetiva (…), donde reinan los hechos (…) y siempre dispuesta a ignorar la elocuencia” y sus trampas (Théolleyre, Le Monde , 13 de abril de 1961).

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